Culto a la personalidad
Una de las facetas atribuibles a gobiernos de corte populista y de tendencia fascista, es el culto al caudillo. La historia nos ha enseñado personajes que construyeron en torno a su imagen y a falsos conceptos de gobernabilidad, una imagen casi adánica. Para estos, el mundo, la creación de las cosas materiales, su conexión con lo espiritual y la sociedad en términos de Estado, comenzaron con su asunción. Fue así con Mussolini, Hitler, Chávez, Castro, e incluso con Evo Morales, de quien un compositor llegó a señalar que era un enviado de Dios.
Una majadería de ese quilate solo pudo urdirse por una mente en la que la imagen del caudillo se sitúa en un escalón superior al razonamiento deductivo que es inherente al ser humano, lo que conlleva la construcción de un aparato donde aquel es el símbolo supremo de la nación y el que detenta, por predestinación, el derecho de perpetuarse en el poder y de gobernar sin límite ni pudor.
Ocurre en Nicaragua, sucede en Venezuela y Cuba, aconteció en la Alemania nazi y en la Bolivia calificada de plurinacional por el MAS y el Podemos español. Y fue bajo ese rótulo –y en torno a un laboratorio social urdido entorno de lo que fue la Asamblea Constituyente– que se fue maquillando el símbolo masista. Incluso fuimos más allá al negar en la CPE al Estado republicano y, con ello, las bases de la democracia liberal que enarbola los principios de alternancia en el ejercicio del poder, separación de órganos del Estado y fortalecimiento del Estado de derecho.
Todo era permisible bajo el falso concepto de que el caudillo estaba más allá de las instituciones y del propio Estado y que, bajo esa licencia, su imagen debía ser reverenciada en plazas, coliseos, avenidas, carreteras y hasta en los alimentos, como una muestra de agradecimiento por su existencia e infinita bondad.
Y cuando, desde este mismo espacio, reclamaba por la conducta pasiva de la gente ante estos y otros muchos casos de caudillismo –que se traducían en la disposición y uso arbitrario de recursos del Estado, asignación de obras sin licitación, invitaciones directas con sobreprecio y un largo etcétera– la contemplación de evidentes síntomas de empoderamiento y de construcción de estamentos sociales a título de la plurinacionalidad, se hacía más dolorosa.
No en vano se incrustó en la Constitución un aparente reto histórico referido a la construcción colectiva de un Estado unitario social de derecho plurinacional comunitario, cuando, en la realidad, nada cambió para el indígena boliviano a quien se utilizó como un instrumento de masas para llenar coliseos y concentraciones.
Como vemos, todo giraba en función del cacique debido a que la filosofía de regímenes de ese corte descansa en alimentar una popularidad en la que cabe el extremo –inimaginable en una sociedad civilizada– de erogar dinero público para construir un museo que recoja sus obsequios, vestimenta y figura. Con semejante predicamento, se introdujeron frases que encumbraban al régimen y al líder, denostando lo que significó la construcción de la república y la institucionalidad que supo sostenerla hasta antes de 2009.
Termino aquí: más allá de patéticas frases que colocaban al universo por debajo del “guía”, el propósito que perseguía la nomenklatura era posicionar ideas que negaban cualquier posibilidad de representatividad que no sea la proveniente de aquel y de su entorno. El “patria o muerte venceremos” buscó una suerte de autoproclamación de una victoria que la revolución de las pititas supo desenmascarar.
Mientras el masismo –y todo aquello que se acomodó en términos empresariales, profesionales y políticos– sostenía como regla el encumbramiento de la figura de Evo en una lógica de culto a la personalidad, la sociedad civil en las calles y alejada de la vorágine del despilfarro de las arcas del Estado, construía una tesis que supo plasmarla civilizadamente: nadie se rinde … nadie se cansa, Evo de nuevo, huevo carajo. El culto fue derrotado.
El autor es abogado
Columnas de CAYO SALINAS





















