De sobrevivientes y privilegios
Nos piden simular ser agresores o víctimas. Bromeamos, pero a todos se nos crispa el cuerpo ante la mano levantada de compañeros o desconocidos. No nos percatamos que sólo a las sobrevivientes se les encoge el alma.
Termina el ejercicio del taller de sensibilización contra la violencia y con una confianza que no es de estos tiempos, una participante comparte la catarata de sensaciones desatada cuando el compañero con el que le tocó trabajar hizo el ademán de golpearla. Le recuerda a su ex pareja, a su agresor.
No lo dice, pero su historia la comprometió en la lucha contra la violencia.
Se cuenta entre las “afortunadas”, porque a decenas les arrebataron la vida, y miles viven bajo un sometimiento que ni siquiera les permite considerar un nuevo futuro.
Historias de ese tipo son cotidianas, pero seguimos poniendo en duda que la violencia tenga un rostro femenino. A veces, muchas veces, ante cualquier postulado reivindicativo, retrucamos, en broma o en serio, que los hombres también sufren violencia, como si las mujeres habrían elegido voluntariamente ser víctimas; como si las leyes, que ayudan pero no son antídotos, significaran privilegios y no visibilizaran, más bien, a una población en riesgo.
Algo debe andar muy mal en las sociedades para que nos estemos disputando ser la víctima.
“Que yo pueda caminar tranquilo por ser varón es un privilegio”, dice parte de un hilo en la red social Twitter que se hizo viral en los últimos días. Llovieron aplausos a su autor, pero también insultos de hombres –y también de varias mujeres– cansados del feminismo, muchos plagados de términos sexistas y obscenos.
«Y me gustaría saber a qué privilegios te referías. Que yo no me he enterado de los privilegios que me dio el patriarcado», le respondió un tuitero, uno de los más “amables”.
Resuena en mi cabeza una frase: “Los privilegios son invisibles para quien los tiene”, mientras un nuevo caso de feminicidio se confirma.
La autora es periodista
Columnas de RAYKHA FLORES COSSÍO


















