El epitafio de la izquierda
Aquello que alguna remota ocasión escuchamos acerca de que la gente otorgaba su voto a partir de la clase social a la que se pertenece, especialmente en el caso de la izquierda, se diluyó de tal manera que para mí los principales culpables de esto son sus exponentes posmodernos.
Me explico: acuso a los posmodernos, porque estos son los autores de que hayamos abandonado el voto de la izquierda en torno a una agrupación de intereses generales, alrededor de un tipo de hombre más común; a cambio de un voto por varios tipos de personas con particularidades/identidades específicas, a partir del argumento de que estas identidades son “minoritarias” y por tanto necesitan de atención especial: antirracistas, discriminados, feministas, ecologistas, etc.
De esta forma, la izquierda se olvidó de hablar y soñar una causa común que se traduzca en un intento utópico, para pasar a ejecutar, internamente, batallas que se sostienen desde sus trincheras particulares de defensa “progresista” de la civilización.
Los exponentes del posmodernismo no se dan cuenta de que, a pesar de todo, la izquierda abriga ideas por encima de las que defiende la derecha –y no hay por qué escandalizarse del asunto– pero frente al conservadurismo de la derecha, incluso frente a su liberalismo, la izquierda supo traducir mejor su lectura de transformación de las sociedades.
Se podría decir que, de alguna forma, el certificado de nacimiento a la vida pública de las personas viene determinado por la exteriorización de las raíces morales que tiene cada uno, por ejemplo: sus ideas de justicia, libertad, etc.
Lo que generan en la izquierda esas posmodernas batallas de trincheras, es que quienes integran alguna de las posiciones identitarias, se animan a negar la evidencia que no coincide con su esquema cuando la realidad no se ajusta a su esquema de defensa identitaria.
Como tenemos esta dinámica instalada, es más desastroso todavía cuando –desde la trinchera posmoderna identitaria– aquellos se animan a leer cosas de la trinchera opuesta, esto lo digerimos no como algo que podría ser útil para mejorar la posición desde la que se está, sino para reafirmarse en la idea de acusarlos porque se encuentran errados y la trinchera en la que uno se encuentra es la única válida.
Si a los puntos antes mencionados le agregamos el componente del caudillismo en la política, es decir, una identidad más fuerte, entonces tendremos la fórmula completa por la que estamos en el dilema actual de la política.
Por ahora, no creo que salgamos bien parados del asunto, porque las acciones de los activistas que defienden su propia identidad en la política se parecen cada vez menos a un simulacro de debate general, cada vez más a una barra brava de fútbol.
El autor es politólogo y docente universitario
Columnas de MARCELO AREQUIPA AZURDUY


















