El costo de la vanidad
MARÍA MENA
Hace cinco u ocho años tenía la costumbre de acudir a un salón de belleza, pero no con la intención de un nuevo corte de pelo o de cambiar mi “look”. Me interesaba el cuidado específico de mis uñas. Me encantaba admirar el arte de las manicuristas con sus innovadores y delicados diseños.
Cada semana acudía a un salón de la calle Bolívar cerca de la UMSS y por el sector de La Cancha. Las manicuristas se demoraban entre 15 y 30 minutos en terminar esos maravillosos diseños. Cobraban entre cinco y 10 bolivianos. Yo siempre escogía los más simples y no pagaba más de cinco bolivianos. Me parecía un precio razonable por un trabajo casi impecable.
Con el pasar de los años fui dejando de lado ese momento de relax, ocio y vanidad y preferí pintar mis uñas yo misma, de la manera tradicional, de un solo color sin más complicaciones . Era más económico, simple y rápido.
Hace menos de un mes, mientras caminaba por la calle Punata, La Cancha, la avenida San Martín y luego la calle 25 de Mayo, me di cuenta de que se abrieron varios negocios dedicados sólo a pintar uña. En cada uno había entre cinco a 10 jóvenes detrás de unos pupitres diseñados exclusivamente para la manicura. Frente a ellas, más de una cliente aguardaba su turno.
Observarlas despertó mi interés por sus diseños. Y terminé por acercarme a uno de esos locales a que pintasen mis uñas. Me senté en un sillón e inmediatamente una joven me extendió un catálogo de diseños que me sorprendió con la variedad que ofrecía. Escogí uno simple, como los que antes acostumbraba. Pregunté el precio y me dijo que ese era uno de los más económicos, que costaba 15 bolivianos, y que el más caro era de 30.
En pocos años, la oferta de servicios de cuidado de las uñas ha crecido, se ha sofisticado, se ha encarecido y mejorado. Todo eso, respondiendo a una demanda consecuente que confirma la buena salud del negocio de la vanidad.
Periodista de Los Tiempos
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