Camino al andar
Pocos caminos conducen a la democracia plena. Gobernar revocando y desconociendo resultados de referéndums no es uno de ellos. Es más: sin dudas es el peor. Gobernar amenazando, tampoco. Practicar alianzas con quienes no ven el país sino su profundo bolsillo, no conduce al puerto feliz. El copamiento absoluto del Estado (“tenemos el gobierno pero buscamos el poder total”) es un delirio que, más pronto que tarde, indica que el peso de la culpa “total” es únicamente del partido de gobierno. Gobernar anulando los sabios contrapesos es tontísimo, propio de una mentalidad totalitaria. No respetar las diversas minorías y más bien reprimirlas hasta aplastarlas, es un síntoma del mal rumbo. Judicializar la política es terrorífico. Remitir al Congreso, apurados, 200 contratos de concesiones mineras para su aprobación en inmediatas 24 horas, obviando fiscalización, claro, lecturas y revisiones, en vísperas, además, del sufragio, es señal definitiva y concluyente de que la democracia que más de un boliviano quiere alcanzar, ha comenzado con los estertores. Se puede morir en cualquier momento.
¿Cuál es, entonces, el camino que conduce a la democracia plena? Es decir: ¿se lo conoce? Sí, porque inclusive está en manuales elementales. Es el camino firme de los principios, los valores y contenidos que enriquecen al ser humano. A su sociedad. Más aún: a su Estado. Cualquier gobierno que dirija y esfuerce su gestión por lograr más y más democracia, se inspira profundamente en estos pilares: principios, valores y contenidos altruistas. No es posible, no lo ha sido, no lo será, construir democracia poderosa y cierta desde la bajeza. Ni siquiera la persona puede lograr sostenerse en pie, cabeza en alto, si es ruin. Con esa conducta flaquea inclusive su familia, su entorno social, su vida misma. El camino a la democracia plena indica algo que ya aprendimos con el poeta: “No hay camino/ se hace camino al andar” y es una máxima que ha de regir por siempre. Antonio Machado era genial.
A Bolivia le urge “hacer camino” hacia la democracia plena. Su ideal es, ahora que tenemos 37 años de experiencia democrática, arribar de lleno al Estado de Derecho para vivir de la mejor manera posible y, si lo llegamos a entender algún día, a nuestra manera. Por eso la urgencia de este tiempo nos impele a reflexionar y sacar conclusiones. ¿Qué ambicionamos? Democracia, está dicho, cada día más democracia, más fuerte y más visible. Para alcanzarla debemos trabajar y trabajar el marco legal hasta que este no esconda atisbo de trampas ocultas como, por ejemplo, las leyes electorales. Ni contradicciones como la Constitución. Ni rémoras tortuosas como tanto decreto facilongo que ya salían volando como enardecidas golondrinas del Palacio Quemado y ahora parecen misiles incendiarios lanzados desde las ventanas altísimas de La Casa del Pueblo. Un gran marco legal que otorgue confianza y esperanza, seguridad a prueba de balas y transparencia. Que nos garantice, en suma, pacífica convivencia y bienestar para todos. Las leyes no lo son todo, por supuesto que no, pero son “casi” todo. ¿O alguien prefiere el garrote del más fuerte? ¿O un país sin ley? Que nadie se extrañe si algunos levantan la mano. La sociedad siempre contiene su porcentaje de sedientos de sangre caliente, lo sabemos. Esto ha sido así en nuestro país y en cualquier otro, en este tiempo o cualquier otro. Bueno, a ese porcentaje, de manifestarse fácticamente, les aplicaríamos la ley.
Urge, decía, caminar cada día el camino de la democracia. Alguna de las gentes que hace política, piensa siempre en aplicar bofetadas a la ley en nombre de sus fines. Ponerla a la vera del camino y cambiar la realidad si es posible cada día. No lo logran sino por el tiempo que dura una pesadilla (un par de segundos, quizás tres). La democracia plena aspira a un marco legal bien hecho, duradero en el tiempo. Universal, sin favoritismos como suele ocurrir. Es decir, todo lo contrario a quienes desean hacer historia con sus bravuconadas. Y puestos en este afán necesitamos que el gobierno sea, sin más vuelta, diariamente democrático. Que se someta, subordine a la ley. Que doble el cuello ante su presencia, eso es. Que no saque cabeza fuera del marco legal. Que no le dé vergüenza declararse, ante todo, un Estado de Derecho (por ahí veo a un escritor que se ríe hasta caerse de la silla). Si se trabaja en ese sentido, es posible pensar en un presupuesto para todos. Casi de inmediato, todo lo demás.
El autor es escritor
Columnas de GONZALO LEMA


















