La insoportable levedad del ser
Con un guiño a Milan Kundera, hace semanas publiqué un artículo discutiendo la propensión de religiones monoteístas de atribuirse la “verdad”. Cabría preguntarse hasta qué punto, esa representación de “un” solo dios, “una” sola verdad, “un” solo camino, “un” solo libro, etc. ha alimentado la poca tolerancia hacia lo diverso o la primacía del etnocentrismo como eje de relacionamiento histórico entre los humanos, con las consiguientes prácticas de eliminación, explotación y sometimiento del otro.
Lo que nos lleva a una insoslayable sospecha: Hay religiones cuyas divinidades y cultos las delatan como indisimulablemente humanas, por tanto, no es el hombre imagen y semejanza de Dios, sino que Dios se dibuja en entelequia a imagen y semejanza del hombre y su imperfección.
Probablemente esa necesidad colectiva de imputar a divinidades las características homínidas proviene de una desvalida orfandad frente al mayor de los misterios: la muerte. Tal vez por ello los fanáticos religiosos actúan con defensiva virulencia cuando les cuestionas sus dogmas; reaccionan ante el temible recordatorio de la mortandad, de lo efímero, de lo perecedero de la propia existencia. Pero, ¿acaso concurre fe, poder, ciencia, tecnología, subterfugio, sortilegio o embrujo que nos libre de ese destino ineludible?
Todo lo que conocemos del ciclo de la vida nos indica que el orden cósmico se rige por la levedad de las cosas y los seres. Incluso la increíble enormidad de las galaxias cumple su curso y hasta las estrellas se extinguen. Y es a través de la muerte que el animal autoproclamado a imagen y semejanza de Dios se equipara al más “insignificante” gusano, siendo que ambos, infaliblemente, componemos el misterioso tejido donde la finitud es lo que consagra la renovación.
Lo que atinge a otro asunto: somos microbios. De acuerdo con lo que hemos indagado del universo, la Tierra es apenas un punto imperceptible en una grandeza inimaginable. Sobrevivimos gracias al calor de una estrella que es una entre miles de millones de estrellas. Y el sistema solar está ubicado en el extremo de una galaxia que es una entre miles de millones de galaxias. Entonces, ¿qué otra cosa somos, sino microbios, en las escalas de tamaña inmensidad?
Igualmente, es pedante y vano ese humano desprecio y subestimación a las formas de vida que no son las de su especie. Si nos dejáramos de mirar el ombligo, y le prestáramos más atención al entorno que nos rodea, comprobaríamos lo sorprendentes que son las aves, insectos, felinos, árboles, hongos.
En consecuencia, justos y razonables reclamos se pueden manifestar a las religiones en general, particularmente a la matriz abrahámica y, específicamente, al cristianismo. A estas alturas, los interrogantes a ciertos dogmas son innegables. Inclusive los mismos representantes eclesiásticos lo conceden. Sobre algunas de esas interpelaciones, compartí opiniones en artículos anteriores. En esta ocasión, hago énfasis en el exagerado y enfermizo antropocentrismo que suele concentrarse en las mencionadas doctrinas. Esa pretensión de pensarnos como el centro de la creación y, por ende, que el resto de lo que existe se encuentra al servicio del Homo sapiens.
Por mi parte, yo no tengo problema en concebirme como un bicho más, y menos en asumir la vida cual una contingencia maravillosa y enigmática para nuestra pequeñez, lo que permite a mi asombro crecer cada jornada.
Lo que sí me cuesta es aceptar la finitud. Ya lloré y estoy lejos de comprender el fallecimiento de seres extraordinarios con muchas ganas de vivir y demasiado por dar. Se confirma que la muerte no tiene que ver con el merecimiento, la justicia o la probidad. No queda más que admitir la insoportable levedad del ser.
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA


















