La corrupción
La palabra corrupción, en un sentido figurado, significa: cohecho, o sea, soborno; pero, actualmente se la utiliza no solo como el acto de recibir un soborno, sino también como el acto de apropiarse indebidamente de la propiedad estatal, que pertenece a todos los ciudadanos. Está relacionada con actos que comúnmente se definen como deshonestos o indecentes, vergonzosos o inmorales, y de falta de honradez.
Tali Sharot, profesora de neurociencia cognitiva en el departamento de Psicología Experimental en el University College de Londres, dice que “la falta de honradez es una parte integral de nuestro mundo social. Influye en dominios que van desde las finanzas y la política, hasta las relaciones personales. Cuando mentimos para obtener beneficios personales, nuestra amígdala produce una sensación negativa que limita el grado en que estamos dispuestos a mentir”.
La amígdala, inicio del cerebelo, es la parte del cerebro que controla la emociones, “es el lugar donde se cocinan los sentimientos de culpa y vergüenza”. Esa respuesta propia del cerebro, con respecto a la mentira puede ser afectada cuando, constantemente, se vierten grandes o pequeñas mentiras, momento en el que deja de ejercer el control sobre las emociones, y particularmente sobre los sentimientos de culpa provocados por el hecho de engañar, o sea robar mentir y hasta matar.
La corrupción, más que ser un problema evolutivo como afirma el Dr. C. Heintz, es un problema cultural o de educación. No otra cosa significa el hecho de que en grupos tribales de Asia, África, particularmente de la Amazonia, en la América del Sur, se educa a los niños dentro de tres premisas: “no matar, no robar y no mentir”, que han trascendido, culturalmente, hasta el Imperio Inca donde se educaba al pueblo con la trilogía del ama sua (no seas ladrón), ama llulla (no seas mentiroso), y ama kjella (no seas flojo).
Y si ahondamos en los conocimientos transmitidos por la Biblia, y otros textos religiosos, encontraremos los mismos principios morales, en forma de mandamientos, entre los que resaltan el de no matarás, no robarás, no dirás falso testimonio contra tu prójimo, etc.
Por lo visto, si no se influye culturalmente en la formación de la sociedad, y esta es permisiva con estos actos inmorales, la corrupción, en particular, se convierte en un acto que no produce ningún sentimiento de culpa o vergüenza.
Son también actos deshonestos, el hecho de no respetar la luz roja de un semáforo, que apenas dura unos segundos, el estacionar en lugares prohibidos, evadir el pago de impuestos, inventar una excusa para no tener que asistir a una reunión, en la oficina o con la familia, etc. En casos más graves, deberíamos analizar si conviene cometer un acto de corrupción, con el riesgo de que nos atrapen y nos sancionen.
Fuera de los aspectos éticos y morales, involucrados en los actos deshonestos como la corrupción, el hecho de robar o mentir, no solamente involucra a dos o más personas, o al Estado o la empresa, sino que tiene un agravante: casi todos los que roban confiesan que todo lo que roban “les entra por un bolsillo y sale por el otro”. Nada, ni el robo más pequeño, queda sin cobrar, de ahí que surge un dicho tan sabio que dice: “lo mal habido, el diablo se lo lleva”, y es tan cierto, para los robos más grandes como para los pequeños.
La mentira también tiene sus problemas, por eso se dice que: “la mentira tiene las patas cortas”, por lo que no podemos escapar a los efectos de una gran o pequeña mentira, y ni que decir en el caso de cometer el acto de matar, crimen que será sancionado por la justicia.
El autor es historiador
Columnas de JORGE RODRÍGUEZ FLORES


















