Caras vemos, hambre no sabemos
Existe un consenso entre los economistas de que nos sumergimos en una recesión económica generalizada a nivel mundial y, por supuesto, también a nivel nacional. Aunque es pronto para hacer proyecciones exactas de la magnitud de la crisis, puesto que aún existe incertidumbre respecto al curso que tomará la pandemia, existen ciertos datos que dan cuenta de la gravedad de la situación. Según la CEPAL estamos hablando de 215 millones de personas en situación de pobreza, un incremento de 37,7 millones de personas desocupadas en la región y una contracción de hasta un 8% del PIB en América Latina. Bolivia enfrentaría una contracción del PIB de 5,9% en 2020, según el Banco Mundial.
Es evidente que la pandemia no solo ha desnudado las desigualdades de la sociedad, sino que las ha acentuado: la brecha digital y las dificultades en la educación virtual, el acceso a servicios básicos y abastecimiento de la canasta familiar, el acceso a servicios de salud, las brechas de género y la distribución de las tareas de cuidado, la desigualdad de ingresos y de condiciones laborales, el acceso a medidas de bioseguridad, etc. Caemos en cuenta, una vez más, que no todos estamos en las mismas condiciones y que, por tanto, hacer frente a la pandemia resulta más difícil en tanto no encaremos dichas desigualdades.
La vulnerabilidad e inestabilidad del mercado laboral que, además es mayoritariamente informal, se ven reflejadas en miles de personas que han quedado sin ingresos ni empleo de un día al otro. Una crisis de esta envergadura afecta negativamente a la gran mayoría de los agentes económicos (salvo unos pocos sectores beneficiados) y somos testigos de que la mayor parte de la población carece de las condiciones para “quedarse en casa” y suspender sus actividades, ya que, para subsistir debe generar sus recursos a diario.
Estas condiciones del mercado laboral derivan indiscutiblemente en restricciones económicas severas en las familias. Debido al incremento del desempleo, estamos presenciando cómo muchos hogares se hacen pobres y cómo el pobre se hace aún más pobre. Nos encontramos en una disyuntiva, sin final acertado, entre evitar un contagio masivo o evitar el hambre en la población. Lamentablemente, pese a los esfuerzos, las transferencias monetarias proporcionadas por el Gobierno no insuficientes para cubrir todas las necesidades de los hogares en todo el periodo de la cuarentena. No es solo indisciplina de las personas el motivo para salir a la calle, es también hambre y necesidad.
Podemos decir con certeza que ni la crisis sanitaria ni la crisis económica acabarán pronto. Por ello, la participación del Estado para salir de la recesión será importante. Se requerirá de su acción para impulsar el crecimiento de la economía y reducir la brecha recesiva, mediante políticas fiscal y monetaria expansivas. Se deberá trabajar en el fortalecimiento del aparato productivo, generar mayores y mejores condiciones para el sector privado, generar confianza en los agentes económicos, de modo que los canales de transmisión actúen más eficientemente y no se vean interrumpidos.
La acción de las autoridades será central para que, a partir de la muy difícil situación que atravesamos, podamos construir una economía más robusta, atendiendo a los sectores marginados, mejorando la calidad de la educación y la salud, fortaleciendo el capital humano y diversificando la economía.
La autora es economista















