Un poco de luz
A estas alturas, la humanidad anduvo un largo camino y ya deberíamos haber escarmentado con las duras lecciones de una historia plagada de trágicas guerras, genocidio, despojo, sometimiento y esclavitud.
Pero no. Aún con todo lo que sabemos respecto de lo que nos rodea, nuestra historia y nosotros mismos, siguen perdurando órdenes, instituciones y estructuras que descansan sus pesados cimientos en el ejercicio de la violencia institucionalizada.
El caso de las Fuerzas Armadas, como expresión de los aparatos represivos, es ilustrativo al encarnar lo más patético y brutal de la noción de “patria”: En base a jerarquías abusivas, cebar sumisos y serviles soldados capaces de morir por un constructo abstracto y distorsionado, llámese, “dios”, “el rey”, “la patria”, “la democracia”, “la revolución”, etc., etc.
En ese sentido, aparte de albergar “tradicionales” imaginarios de xenofobia, racismo, machismo, homofobia y otras taras de la peor calaña y de violentar y humillar constantemente a los conscriptos, no es secreto para nadie que parte de los entrenamientos en las unidades de las FFAA pueden incluir la tortura y destripamiento de perros, gatos y otros seres vivos, nada más y nada menos que “simulando” lo que le harían al “enemigo”.
¿Qué clase de psicópatas pueden hallarle “aprendizaje” a eso? ¿Qué tipo de seres humanos se busca formar con estos métodos? ¿Después de presenciar y ejecutar tales prácticas una persona será la misma? ¿Qué tórrido y vomitivo “patriotismo” es ese que invariablemente necesita de un “rival”, de un “otro”, de un “enemigo”, al cual destripar? ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI pervivan prácticas e ideologías como estas?
No es de extrañarse, entonces, que continuemos sometidos por tiranos de peluquín que creen tener el derecho de regar la guerra por todo el orbe, mientras vociferan que su mezquina superpotencia requiere de muros y de “patriotas”. Tampoco es para extrañarse que en Bolivia no faltara la versión “indígena” de esa tendencia, cuando un caudillo aseguró que su gran “escuela” fueron los cuarteles, ante el aplauso acrítico de sus “izquierdistas” acólitos. Y que hoy, una vez más, enclenques y corruptos gobiernos sólo encuentren alguna fortaleza colmando de privilegios a esas mismas instituciones que perpetúan la lúgubre insensatez de una concepción guerrista de la existencia.
Sin embargo, una pequeña luz se asoma en este túnel oscuro: Sacando de los escombros del olvido el viejo sueño de un Servicio Militar voluntario y haciendo valer básicos derechos humanos, José Ignacio Orías es el segundo joven en Bolivia que planteó la objeción de conciencia para no realizar el Servicio Militar, por no concordar con los “principios de guerra, de muerte, de violencia”.
Al no ser escuchado por el “progresista” Gobierno anterior que buscó desestimar su demanda, finalmente la presentó ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que acaba de admitir la denuncia internacional.
¡Bravo! ¡Bravo joven! ¡Al fin una buena noticia! Frente a la violencia, las taras y barbarie arcaicamente institucionalizadas, esperemos que José Ignacio represente a un futuro no lejano, a un Homo sapiens evolucionado, si es que hubiera consoladora evolución alguna.
La autora es librepensadora
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA



















