Jugando con fuego
En términos casi simplistas, podría decirse que el ser humano es en esencia un Frankenstein en miniatura, en alusión al personaje de Mary Shelley, pues nace con una gran capacidad para amar y también con otra, posiblemente mayor, para odiar. ¿De qué depende entonces que los individuos potencien una por encima de la otra? Considerando que el ser humano es en buena medida resultado de su entorno, la experiencia indica que muy probablemente adoptará como filosofía de vida aquella que sea valorada por su grupo de referencia.
Debido a que los seres humanos también somos selectivos por naturaleza, tendemos a asignar valor a aquellas experiencias que confirman sin desafiar nuestro entendimiento de la realidad, cualquiera que ésta sea. Esa particularidad constituye uno de los mecanismos subconscientes de defensa más efectivos y permite bloquear el efecto paralizante de experiencias traumáticas o simplemente incómodas. No obstante, su desventaja principal radica en que desecha información importante y objetiva por el simple hecho de resultar molesta. La educación, por tanto, resultaría determinante en el desarrollo del pensamiento crítico, atributo fundamental en la formación de ciudadanos libres e inmunes al efecto rebaño, del que tanto se aprovecha el populismo.
Retomando la idea, la visión humanista de la sociedad actual se basa en que el hombre es bueno por naturaleza, obviando que la capa de civilidad actual no es más que un barniz que oculta su otra faceta. Los sentimientos de amor y odio, incluso más que cualquier otro impulso humano, tienden a manifestarse de manera explosiva ante el menor incentivo externo, sin mayor consideración por las consecuencias. Por tanto, hay que tener mucho cuidado al momento de fomentar demostraciones púbicas en cualquier sentido, pues pueden fácilmente salirse de control.
En el caso boliviano, el MAS durante sus años en el poder pudo adoctrinar con relativo éxito a grupos humanos completos, bajo la lógica del conflicto de clases, de la opresión y de la inequidad social, siguiendo fielmente la receta cubana. Construyó ante sus ojos una realidad paralela sin sustento empírico, basada principalmente en emociones e ideales utópicos que calaron en ellos y se convirtieron en lo que podría denominarse ahora como su posverdad. Ejemplos representativos de ese adoctrinamiento son los sindicatos de cocaleros del Chapare y las juventudes masistas, en extremo leales al líder, ciegos ante cualquier evidencia que menoscabe su imagen e imbuidos de un sentimiento revanchista presto a explotar ante la menor excusa.
Los conflictos sociales que el MAS viene promoviendo ahora serían, por tanto, el resultado de una concepción social y económica muy particular, que promueve la obediencia incondicional por encima del acuerdo, la revancha sobre la reconciliación y que, en la práctica, atenta directamente contra la cohesión y convivencia pacífica en el país. De acuerdo con la particular concepción de Evo Morales, lo anterior se denominaría “cultura del diálogo”.
No parece verosímil suponer que su cúpula intente por el momento recuperar por la fuerza lo que no supo mantener por la vía democrática, pues le falta el respaldo popular necesario. Sus objetivos parecen ser más concretos. Ya logró la excusa del TSE y que delegara su decisión acerca de aplicarle la sanción de cancelar la personería jurídica del MAS al Tribunal Constitucional nombrado por el Gobierno anterior.
Cuando sectores completos de una misma nación pasan de ser adversarios circunstanciales a enemigos irreconciliables, tal como el nivel de crispación social impulsado por ese partido político parece indicar, la fractura social estaría completa. Ello ha sucedido en innumerables oportunidades a lo largo de la historia, incluso en Colombia para quién necesite de ejemplo cercano. La evidencia de lo que puede suceder en nuestro país está al alcance de cualquiera.
Es preciso reflexionar sobre estas y otras causas que, lenta pero inexorablemente, acercan al país a ese punto de no retorno, a fin de encontrar una solución realista. Si bien las causas pueden tener un origen artificial, las consecuencias serán muy reales, de eso no hay duda. Puede que la violencia abierta llegue a ser evitada en esta oportunidad o incluso en el futuro inmediato, pero cada crisis va debilitando aún más la cohesión social, asumiendo las partes enfrentadas posiciones cada vez más extremas.
Es evidente que se están generando las condiciones para que la naturaleza destructiva que llevamos dentro sea liberada sin freno.
El autor es administrador de empresas y magíster en administración de negocios
Columnas de DANIEL SORIANO CORTÉS



















