El Chapare en cifras, la dimensión del problema
El pragmatismo es una de las características principales de una sociedad exitosa. Entendido este concepto como la selección y aplicación de la mejor alternativa para la resolución de un problema determinado, elementos ajenos, como política o ideología, quedan excluidos del proceso. La teoría, por tanto, es relevante solo en la medida en que permita la identificación, selección y puesta en práctica de la respuesta que genere el máximo bienestar de la sociedad.
Lo anterior es válido para cualquier temática, independientemente de su nivel de complejidad y es aplicable, por tanto, a la producción de droga en el Chapare. Por ello, se hace necesario comprender el problema y su magnitud antes de aventurar propuestas de solución. Los siguientes elementos, sin ser los únicos, son los más relevantes a considerar dada la restricción de espacio:
Bolivia tiene cultura de aculllicu fuertemente arraigada y la demanda tradicional ha sido principalmente satisfecha por la producción de los Yungas. Esa zona tiene una producción actual de 16 mil toneladas/año en una superficie de 14 mil hectáreas, con un rendimiento promedio de 1,2 toneladas/Ha.
En el Chapare existe una superficie sembrada cercana a las ocho mil hectáreas de hoja de coca, con una producción de 22 mil toneladas al año y un rendimiento documentado anual de 2,7 toneladas/Ha.
Como cualquier otro producto agrícola, la hoja de coca tiene zonas óptimas de producción, pues diferentes alturas, temperaturas y tipos de suelo afectan la calidad del producto y, por tanto, su nivel de aceptación. Es precisamente por ello que la región de Chapare, con excepción de los Yungas de Vandiola, jamás se consideró como una zona de producción y solo comenzó a serlo de manera incipiente debido a la aparición del negocio de la cocaína, a fines de la década de 1960.
Tomando como base el Informe de Monitoreo de Hojas de Coca 2018 elaborado por las Naciones Unidas, cada kilogramo de hoja de coca tiene un precio ponderado de $us12,5 en los mercados autorizados. Por tanto, se tiene que las 22 mil toneladas de hoja de coca producidas en el Chapare generan un movimiento anual aproximado de $us 260 millones. Actualmente y según la misma ONU, el 94% de la producción de coca del Chapare se desvía hacia el narcotráfico, lo que significa que $us 245 millones de ese total son pagados a los productores, cada año, directamente por los narcotraficantes.
Ahora bien, con relación a la actividad misma de fabricación de droga, para producir 1 kilogramo de pasta base se requiere en promedio de 125 kg de hoja de coca. Por tanto, considerando las aproximadamente 20 mil toneladas desviadas al narcotráfico cada año, se puede inferir que la producción anual de pasta base en el Chapare es de 160 toneladas.
Considerando también un precio de venta de $us 2.500 por cada kilogramo de pasta base puesto en el Chapare y restando los costos de la materia prima utilizada para su fabricación, se puede estimar un ingreso adicional de $us 160 millones. Por tanto, el movimiento económico anual generado por la producción y transformación de la hoja de coca en el Chapare es de alrededor de $us 400 millones.
Lo anterior equivale a aproximadamente el 1% del PIB de Bolivia y aunque sí constituye una inyección directa de recursos a la economía, genera externalidades negativas muy importantes para el país en su conjunto.
Queda claro que el tráfico de la droga generada en el Chapare es extremadamente rentable y es seguro asumir que los carteles han utilizado y lo seguirán haciendo, todos los medios a su alcance para proteger esa extraordinaria fuente de ingresos. Desde la perspectiva de largo plazo, todo negocio necesita asegurar la provisión continua de su materia prima. Por tanto, es lógico suponer que los carteles lograron lo anterior no solamente monopolizando la compra de hoja de coca, sino también controlando a sus productores.
La historia demuestra que una vez que se ha consolidado, el poder económico busca también copar el poder político como instrumento para garantizar su subsistencia. Aplicando esa progresión natural a la realidad boliviana, es seguro suponer que los carteles internacionales de la droga aprovecharon la estructura sindical existente en el Chapare para infiltrar y eventualmente copar el “instrumento político de la soberanía de los pueblos” del que ésta fue germen.
En ese contexto, solo es posible imaginar la satisfacción de los carteles internacionales de la droga cuando el líder de los cocaleros, bajo su dominio, no solo asumió la presidencia de la República en 2005, sino que se mantuvo gobernando durante casi 14 años. Ese período de “seguridad” indudablemente potenció al Chapare, no solamente como lugar de producción, sino también como centro regional de transformación de pasta base, pues rumores de que Bolivia se ha estado convirtiendo también en país de tránsito y transformación de la pasta base elaborada en el Perú, se han ido acumulando durante los últimos años. Por falta de mayor información, el impacto económico de esta nueva dinámica se excluye del presente análisis.
El reciente cambio de Gobierno y los graves problemas generados en el Chapare como resultado de ello, señalan que en la práctica esta zona opera como un territorio cuasi independiente, donde el estado de Derecho no se aplica y la autoridad efectiva no es ejercida por el Estado, sino por las seis federaciones a través de su “policía” sindical.
Estas federaciones aglutinan 931 sindicatos y cuentan con 50 mil cocaleros afiliados, para quienes aparentemente no existe más país que el Chapare y mayor legitimidad que la suya. Por tanto, con semejante poder de recursos y de movilización a su disposición, no es difícil imaginar las acciones que los carteles podrían tomar para mantener su libertad de acción en esta región, pues los beneficios una vez perdidos se extrañan. Otra alternativa para los carteles es la de intentar continuar la misma modalidad de operación con los nuevos gobiernos. Ninguno de esos escenarios debiera ser aceptable para el país.
Por lo expuesto, resulta inevitable notar que la producción de coca en el Chapare sigue una progresión que eventualmente será inmanejable. Es una bomba de tiempo que debe ser desarmada de manera inteligente y decidida, antes de que nos explote en la cara y cambie de manera irreversible la dinámica social, política y económica del país. Propiciar un cambio de mentalidad y generar una alternativa real y atractiva para los habitantes de esa zona y del país en su conjunto, constituye un reto enorme pero insoslayable.
Algunas propuestas de solución a esta problemática serán desarrolladas en un siguiente artículo.
El autor es administrador de empresas, magíster en administración de negocios
Columnas de DANIEL SORIANO CORTÉS





















