Juan y Luis
No vayan a creer que el título plagia João y María esa hermosa canción de Chico Buarque, y menos pensar, ¡Jesús di!, que es una alusión sexual; sin embargo, es también un tristón vals sobre dos amigos cuyo deceso lamento con os olhos banhados em pranto. Debo estar un poco loco que es como me apodaban en colegio, o por lo menos maniático depresivo como efecto de los años, para hilar sobre ellos, pero contemplo la vida como una máscara mitad risa mitad llanto como la define mi sardonia.
Conocí a Juan Demeure Vander cuando él dirigía el Centro para el Desarrollo Social y Económico (Desec). Fue la institución que me acogió después de adjudicarme –solo de tópicos latinoamericanos eran ciento cincuenta postulantes y fuimos elegidos seis– una fellowship (beca) de la Interamerican Foundation (IAF) para realizar la disertación de un doctorado en el Chapare. De inicio admiré la serena paciencia con que acogió mis entusiastas ensoñaciones.
Luego de picotear por aquí y por allá ayudando en su Asociación de Servicios Artesanales y Rurales (ASAR), con la ayuda de un agrónomo cruceño y una socióloga francesa emprendimos el Primer censo demográfico agropecuario de la inmensa región tropical cochabambina que habría de convertirse en la republiqueta coca-cocainera. El Chapare ya estaba salpicado por la viruela cocalera, presidido por una Central (ahora creo que son seis) que agrupaba un número de sindicatos, quizá quintuplicado hoy.
De cuando en cuando volvíamos a la ciudad. En las reuniones con Juanito tal vez contábamos de peripecias de alguna colonia alejada, que seguro era avanzadilla de inexorable penetración campesina sobre la selva intacta; para homenajear a los intrépidos visitantes tumbaban una palmera tal vez de 50 metros de alto y 50 años de vieja, para convidar el cogollo tierno picado con cebollas. Ante mi amigo acallábamos que la tarde anterior, acicalados con el baño vespertino, íbamos con el agrónomo a beber una cerveza fría; una vez la francesa se plantó delante de nosotros y espeto: “¿acaso yo no soy mujer?”, quizá sospechando aventuras varoniles que no ocurrían, tan cansados estábamos. Años después me sorprendió la visita de Juan Demeure. Estaba cerrando la oficina y traía los formularios que yo había diseñado: la negativa de revelar datos de algún dirigente había embrollado la muestra.
El doctor Luis de la Reza me defendió exitosamente en el primer encontronazo en pasillos judiciales: un proceso porque el bisoño empresario, su servidor, había firmado la garantía para importar equipos pesados de Escandinavia, y el socio gringo entró en componendas con la firma contratante y me abandonó. Sin un peso, si tal puede llamarse, “pagué” los servicios legales con el presente de un primoroso revólver Derringer disfrazado de billetera con cuero fino, que un hermano me había regalado.
Con el parco doctor nos atrajo mutuamente discutir sesudos temas históricos. Cruzábamos espadas sobre líos de límites entre Beni y Cochabamba, yo con la consciencia histórica de un girón patrio que, como Bolivia, había perdido territorios por todos lados, él con su culta sapiencia y la experiencia familiar sobre la región. No imaginábamos que el mayor pedazo en disputa –el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (Tipnis)– se lo llevarían los cocaleros, primero con su infame “Polígono Siete” y luego como parte de la republiqueta coca-cocainera actual.
Cuando Luis De la Reza fue invitado a ejercer la presidencia de la Corte Suprema de Justicia en Sucre, fui uno de los muchos que lamentó su negativa, quizá porque se resistía a dejar su Llajta querida, ¿o será que pensaba que corruptos rapaces se vuelven blancas palomas cuando retornan al poder? Recuerdo cuando me increpó que hacía años éramos amigos y todavía no nos tuteábamos. Caballero recluido en su reducto de Chilimarca, lamento no haber compartido más sesiones con él, y extrañaré verle caminando, enhiesto como una palmera, por la avenida San Martin.
Dicen que la verdadera riqueza de una persona son sus amigos. Yo tengo muchas vicisitudes y poca fortuna, pero en Juan Demeure Vander y Luis de la Reza Suárez he perdido a dos joyas que enriquecían mis tesoros. Maldito confinamiento de la pandemia del coronavirus y la inexorable vejez que nos los arrebatan.
El autor es antropólogo, win1943@gmail.com
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