Covid y las “curitas” psicológicas
En esta epidemia global no se encuentra “un lugar para ocultarnos” y el futuro se pone delante de nosotros con incertidumbre. Los efectos psicológicos se revelan cada vez más.
Mi interés en este campo es consecuencia de mis años en el movimiento contra las armas y fábricas nucleares cuando, durante los años 80, psiquiatras, psicólogos y asistentes sociales estadounidenses desarrollamos talleres para que la gente pudiera convertir su apatía y negación de la amenaza en un espíritu de acción contra tales tecnologías y/o apelar a la esencia espiritual ante la posibilidad de la muerte masiva.
Ahora, por la pandemia, hemos visto surgir los mismos mecanismos de defensas que nos aquejan antes, durante y después de cualquier desastre. Un trauma es algo para lo que el ser humano, por su evolución desde la época paleolítica, no está preparado. Nuestro sistema nervioso simplemente no está hecho para aguantar tales eventos traumáticos.
La Covid-19 tiene la capacidad –y aparentemente la misión– de matar a una buena porción de la población que se contagia. Es un trauma y no es una sorpresa que presentemos estrategias para defendernos contra el miedo, la incertidumbre y el sentido de impotencia que propone.
La negación de nuestra vulnerabilidad es una forma de dirigir la atención a otra cosa. Hay una multitud de variedades, pero el tema central de cada una es: “esta amenaza no existe” o “existe, pero no me afecta”.
Durante los primeros meses de la pandemia una mujer se obsesionó sobre cada detalle de la Covid-19: compró un traje tan completo que parecía una astronauta en camino a otro sistema solar. Precisamente cuando las autoridades enfatizaban que no dejemos las protecciones básicas, ella botó su traje de doble visera, guantes, botas, etc., y anduvo con su joie de vivre por todas partes, sin barbijo ni atención a la distancia social.
Otro método de defensa es el escape descargando el miedo en otras personas, u otros asuntos que parecen menos amenazadores, incluso aquellos con un tinte de conspiración sin prueba o con evidencias falsas, quizá planteadas en las redes sociales. (Estoy hablando de las creencias que, sin motivo alguno, crecen en el inconsciente de personas, no de las acusaciones conscientes con motivos políticos). “¡Mi refrigerador tiene hongos, tengo que lavarlo cada día!”; “¡mi vecino está robando mi Wifi!”; “¡la alcaldía está guardando en secreto miles de barbijos solo para su uso!”. O, al otro extremo: “La vacuna es nuestra salvadora, ¡vamos a festejar!”.
Además, nuestras psiques pueden optar por un éxtasis aparentemente poco apropiado. En medio de la hiperdestrucción atómica de Hiroshima, en 1945, un profesor universitario perdió su casa, no podía encontrar a su familia y se sitió abrumado de felicidad. El filósofo William James describió su “regocijo” durante el seísmo que devastó San Francisco, California, en 1906: “No sentí un vestigio de miedo; fue un deleite, bienvenido”. Cuando un hombre sospechoso de haberse infectado con el virus estaba esperando los resultados de su prueba, de manera extraordinaria en él, no experimentó ansiedad ni tristeza, sino un sentimiento de glorioso éxtasis.
Estas actitudes de defensas representan solo algunas de las maneras de evitar la plena experiencia del trauma. Tales reacciones son invenciones creadas inconscientemente por la psique frente a un desafío tan difícil, que no se puede procesar. Su creación puede parecer una maravilla o, a veces, casi cómica, pero al mismo tiempo nos pone en peligro.
La pandemia es un desastre sin conclusión definitiva y es necesario que la enfrentemos pensando con claridad. Es un tiempo para procurar tener más consciencia de nuestros impulsos, y en el que se impone tomar decisiones personales y colectivas que, quizá, no respondan a nuestros conceptos de la buena vida.
La autora es psicóloga y escritora, www.chellisglendinning.org

















