Mujeres de carne y hueso
La atormentaba pensar que esas penumbras cubiertas de pies a cabeza eran mujeres como ella, mujeres con penas y tristezas como ella, mujeres y madres como ella, mujeres de carne y hueso como ella.
—¡Ah, carajo! —exclamó mientras aún miraba al mundo siempre impasible, a los organismos internacionales eternamente taciturnos y a los políticos usualmente perturbadores.
En el aturdimiento interno que la devoraba había visto la realidad cotidiana del dedo sobre la llaga una y mil veces, no había, sino, que recordar las impertinencias de los unos sobres los otros o las epidemias indeseables que insistían con enterrar hasta las más antiguas descendencias; pero aquella noticia le movía su propia naturaleza, porque era mujer, porque conocía que ésta era otra emboscada del tiempo y otra aventura de la muerte.
Le hizo falta poco tiempo para evocar la rigidez de aquel régimen que obligaba a las mujeres a ocultarse bajo las telas de la injusticia. La pestilencia de los talibanes y de su mano dura forjada con muerte y dolor la indispuso.
Ante la imposibilidad de conseguir mejores recursos acudió a los presagios, aquel parecía un país tan lejano que seguro no justificaba el retortijón intestinal que entonces le anunciaban los naipes. Enmarañada en su memoria estaba una ciénaga carnicera que todo lo devoraba, era la visión del hombre que enterraba a la mujer, era la evocación del Afganistán de hoy.
El frío interior que le trituraba los huesos la embriagaba con la nostalgia de las viejas prohibiciones: no puedes estudiar, no debes trabajar, no vayas a salir. Un confuso sentimiento de ira le conmovió el alma cuando identificó las tormentosas restricciones: oculta el rostro, esconde el cuerpo, avergüénzate de tu alma.
Con un sentido de penitencia recordó las imágenes desesperantes de cientos de vidas tratando de huir de un país que era devorado por el terror, de una nación abandonada por un mundo que otrora lo invadió, maltrató, rescató y atormentó.
El fracaso de la libertad, los desaires injustos de un mundo occidental cargado de políticas blandas, de reuniones inútiles y de considerandos y por tantos, la ahogaron en su soledad.
—Hay cosas que no deberían de tolerarse —pensó entonces la Justicia, precisamente un instante antes de ahogarse en un llanto interminable.
El autor es escritor, ronniepierola.blogspot.com
Columnas de RONNIE PIÉROLA GÓMEZ


















