Callar
Desde Sócrates sabemos que es vocación del poder el callar voces disidentes o críticas y más aún si a ellas las mueve el tratar de comprender la realidad de forma honesta y desinteresada. Hoy, por lo menos en este lado del mundo, se supone que no te ejecutan institucionalmente por decir tu opinión, aunque tal acepción la dejo en duda con los casos de José María Bakovic y Marco Antonio Aramayo.
De todas formas, el asunto es que aún en el siglo XXI continúa siendo vocación del poder el censurar las voces que señalan su desigual, corrupto, estafador, abusivo y ecocida tratamiento del bien común y de las instituciones públicas. Eso fue lo que le pasó al comediante Pablo Osorio cuando apuntó el diario abuso de una de las instituciones más importantes del Estado y la respuesta fue más abuso en el intento de callarlo.
Lo más terrible es que cuando se busca censurar a alguien que dice una verdad incómoda, suele recurrirse a la “sacralidad” de las instituciones que se señalan. ¡Cómo vas a referirte a nuestra sacrosanta ciudad como un paraje que huele feo! ¡Cómo vas a decir que nuestro sacrosanto país es uno de los que más deforesta en el mundo! ¡Cómo vas a decir que nuestro sagrado lago Titicaca se está trastocando en un mar de basura! ¡Cómo vas a decir que en Cochabamba la complicidad y la desidia de las sacrosantas gestiones públicas (y la avaricia colectiva) han ido matando las lagunas y hoy tienen en agonía al río Rocha! ¡Cómo vas a decir que mientras las sagradas autoridades lavan su responsabilidad ambiental con demagogia y espectáculos masivos, el Parque Tunari se sigue quemando! ¡Cómo vas a decir que, para ser coherentes con la realidad, nuestra sagrada bandera debería quitar el verde de la naturaleza que representa, para quedarse solamente con el amarillo del oro de los corruptos/as y la sangre de los violentos guerristas!
Pero no, hay que callar para evitarse “problemas”, incluso hay que callar para sortear “enemistades”, hay que callar para que no te cierren puertas. ¿Cuántos/as callan para preservar su trabajo, su fuente de vida? ¿Cuántos/as callan porque se sienten amenazados por el cotidiano despotismo y temen por su familia? ¿Cuántos/as callan por miedo y cuántos/as callan por conveniencia y comodidad?
Y ahora la nueva moda para callar las pocas voces críticas y disidentes es recurrir a un hueco y zalamero discurso que insta a ser “positivos”, a ser “constructivos”, a presentar ideas que no “destruyan”, porque desde esa liviandad de argumentos la crítica y la básica defensa propia frente al abuso de poder son nada menos que “destrucción”. ¡Y para no “destruir”, hay que hacer de cuenta que no nos asaltan todos los días cada vez que imponen un proyecto de inversión pública mal planificado y peor ejecutado y que más de paso vulnera el bien común!
Lindo pues sería hacer de cuenta que no pasa nada, tal vez hasta sea más sano, vivir en una burbuja “positiva”, “feliz” y “vacía”. Sin embargo, ¿dónde nos metemos los/as que no tenemos temple de sumisos/as, llunkus y/o abusivos/as y queremos el vital y básico aire limpio para respirar, la sombra para descansar y el agua limpia para tomar? ¡Eso es exactamente lo que nos arrebatan cada vez que se mal administra el bien común!
Lo paradójico es que en Bolivia somos capaces de linchar y dar un ajusticiamiento horrible a un desventurado ser que por hambre robó una garrafa o una bicicleta. No obstante, cuando se trata de ladrones de cuello blanco que acumulan estafándonos a todos/as, los elegimos como gobernantes, los condecoramos, les hacemos estatuas.
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA















