Madrugar
Hace ya unos años me acostumbré a madrugar mucho. Suelo levantarme hacia las 4:30 cuando más temprano, o hacia las 6 lo más tarde. Me pongo a la mesa y la computadora con mi gran mate, parte del jardín al frente, con el naranjo que ya va tomando demasiado toda la ventana. Todavía es de noche.
Hasta ese momento, aquí, en la tierra, es de noche, pero arriba el cielo ya se va iluminando. Ese momento en que el jardín aún está oscuro, aunque menos, y en un minuto más lo tocará la claridad.
Bajo el naranjo, sigue oscuro. Pero allá, donde están las cucardas, llega más franca la primera luz.
Como si, entre la noche y el día hubiera una grieta muy delgada (de tiempo y espacio), en la que ambos están presentes, son copresentes el uno al otro por un segundo que ya pasa, y más pájaros se unen al jolgorio de un instante. Ese segundo en que el cosmos se deja sentir y por un instante se percibe, interiormente, que la tierra misma es parte de un juego más vasto. Y empezarán a escucharse autos que comienzan a salir. Habrá taxis buscando al primer cliente.
Como fue noche de lluvia, y está nublado y oscuro, el día demora en presentarse del todo. Cada amanecer es un primer día, como muchas tradiciones lo recuerdan. Por ejemplo en ese viejo documental de los zulús en África, que altos, ataviados con telas y túnicas muy hermosas, se dispersan por las colinas antes de que amanezca y, cuando el sol empieza a salir, cantan, acompañan con cantos su salida, y los hombres con sus lanzas, ellas con sus aretes y pulseras, todos recibiendo al sol como el primer día. Todos los días hacen, o hacían, ese ritual y cantado recibimiento del día.
Madrugar, como ven, tiene sus cosas. Pero es breve. Es esa hora (como mucho), en que ocurre el tránsito de la noche al día pleno.
Y llega el día, con sus nuevas urgencias, sus otras cosas y trajines; como se olvidan los sueños, pronto se olvida también que amaneció.
Columnas de JUAN CRISTÓBAL MAC LEAN E.
















