Cultura política: timón de la democracia
La vida en sociedad suele navegar entre aguas turbulentas. La interacción social, intensa y diversa, genera tensiones económicas, culturales y políticas que, si se acumulan, pueden desembocar en conflictos capaces de amenazar la estabilidad democrática.
Allí es donde la cultura política se vuelve un barómetro clave para medir el estado de nuestra convivencia.
Almond y Verba definen la cultura política como el conjunto de orientaciones, valores y conocimientos que los individuos poseen respecto de los objetos y fenómenos políticos.
Esta noción integra dos dimensiones inseparables: por un lado, los elementos estructurales del sistema político, que suelen ser asumidos como legítimos y pocas veces cuestionados; y, por otro, la esfera de la vida política cotidiana, en la cual la ciudadanía ejerce sus derechos, demanda resultados y evalúa el desempeño del poder.
Así, la cultura política refleja el grado en que se comprenden y respetan las reglas del juego democrático, así como el valor que se otorga a los principios esenciales que la sostienen: igualdad, libertad y pluralismo. De estos pilares surgen valores como la transparencia, la participación, la tolerancia, el diálogo y la solidaridad, que fortalecen la legitimidad del sistema político.
Para los fines de nuestro argumento, su estudio obliga a mirar nuestras raíces históricas y experiencias colectivas pues la cultura política constituye el significado compartido de la política: la definición del “nosotros” frente al “ellos”, siguiendo a Schmitt. En ese terreno simbólico, la política deja de ser mera administración y se convierte en disputa por sentidos, identidades y poder.
Lo cierto es que, cuando las reglas son aceptadas, la sociedad mantiene cohesión y gobernabilidad. Pero cuando la distancia entre gobernantes y gobernados se agranda, la desconfianza erosiona las instituciones y propicia la conflictividad.
Una cultura política débil es antesala de la inestabilidad. Por eso podemos decir que la cultura política es el timón del barco, y el estadista, el capitán que debe guiarlo entre mareas turbulentas.
La evidencia reciente en Bolivia confirma esta premisa. La Fundación Konrad Adenauer advierte una crisis institucional expresada en bajos niveles de confianza y una polarización que condiciona la forma de entender la democracia. Cuando la adhesión al sistema depende del vínculo coyuntural con el gobernante de turno, la legitimidad se fragmenta y se vuelve volátil.
En este contexto, el nuevo Gobierno enfrenta un desafío mayor al estrictamente económico o administrativo: transformar una cultura política basada en el enfrentamiento, la desconfianza y la personalización del poder.
La gobernabilidad no se asegura solo con votos ni acuerdos circunstanciales, sino con instituciones creíbles y ciudadanos que se sienten parte del sistema. Representar es escuchar, pero gobernar es cumplir.
El gobierno de Paz Pereira debe demostrar que la política puede ser un servicio al bien común y no una pugna permanente. La ciudadanía exige resultados y respeto, no nuevas versiones del caudillismo. El éxito dependerá de la capacidad para reconstruir la confianza entre instituciones y sociedad, dejando atrás la lógica del “ellos contra nosotros” y asumiendo la pluralidad como una riqueza democrática.
Porque sin una cultura política democrática, ni el mejor programa de gobierno podrá sostenerse en el tiempo. La cultura política es el suelo fértil donde crece el árbol de la democracia; y el hombre de Estado –junto con la ciudadanía– es el jardinero encargado de cuidarlo para que florezcan justicia, libertad y prosperidad.
Si descuidamos ese suelo o permitimos que la maleza de la intolerancia lo invada, lo que se pone en riesgo es nuestra propia convivencia democrática.
El autor es docente investigador de la Facultad de Ciencias Jurpidicas y Políticas de la UMSS
Columnas de EDGAR FERNANDO FLORES PÉREZ




















