Bolivia y su espejo enterrado

Columna
BITÁCORA DEL BÚHO
Publicado el 12/02/2026

Bolivia es, quizás más que cualquier otro país sudamericano, el territorio donde la multiplicidad histórica y sociológica de América Latina se manifiesta con mayor intensidad.

El espejo enterrado, del escritor mexicano Carlos Fuentes, fue uno de los ensayos más claros y lúcidos que leí por primera vez, allá, en 1994. Se había publicado para conmemorar los 500 años del primer viaje del navegante Cristóbal Colón a América y, sin duda, tuvo un impacto brutal sobre el análisis de la cultura hispanoamericana, incluyendo, hasta entonces, a los eruditos que repensaban la trayectoria de América desde sus raíces españolas y su combinación indígena.

Fuentes propone que nuestra identidad continental es un espejo oculto bajo capas de tiempo, conquista y mestizaje, un espejo que solo puede recuperarse excavando la memoria profunda. Bolivia, con su geografía vertical, sus pueblos originarios persistentes, sus migraciones incesantes y sus tensiones políticas contemporáneas, representa la metáfora perfecta de ese espejo enterrado: una nación construida sobre imágenes que se superponen, se contradicen y, aun así, conviven en tensión permanente.

En las raíces más antiguas del territorio boliviano se encuentra la matriz andina, compleja y circular, cíclica, donde el tiempo se concibe como espiral y la comunidad se organiza desde la reciprocidad, ayni, la cooperación y la armonía con la naturaleza. Aymaras y quechuas, junto con una amplia constelación de pueblos amazónicos, no constituyen solamente un antecedente histórico, sino la base viva de una civilización que ha sobrevivido a imperios, colonizaciones y modernizaciones.

En Bolivia, el pasado indígena real, no el inventado ni teatralizado por el masismo durante 20 años, no está perdido: está presente, susurrando desde las lenguas originarias, desde las arquitecturas rituales, desde la organización comunitaria que estructura la vida en el altiplano, en las selvas y en el universo afroboliviano. El espejo enterrado tiene aquí un rostro prehispánico que nunca dejó de mirarse a sí mismo, incluso cuando intentaron cubrirlo con otras imágenes grotescas y circenses, desde y con la figura impostora de Evo Morales y todo lo que implicó ese proceso de desinstitucionalización cultural en Bolivia.

La conquista española introdujo una fractura profunda, una división que Fuentes describe como herida y como posibilidad. En Bolivia, esa herida se expresó con crudeza en el Cerro Rico de Potosí, donde la explotación de la plata se convirtió en símbolo de un orden colonial que drenó cuerpos y riquezas, dejando tras de sí una estructura social jerárquica y racializada. Pero la conquista no logró borrar lo anterior: lo cubrió parcialmente, creando capas que no se fundieron del todo. El mestizaje boliviano, a diferencia del discurso armónico que a veces se le atribuye, ha sido conflictivo, desigual y persistente; un mestizaje que no integró plenamente, sino que ordenó la convivencia bajo jerarquías rígidas entre criollos, indígenas y castas intermedias.

Con la independencia, Bolivia vivió un fenómeno que Fuentes observa para todo el continente: la república nació sin desmontar las bases coloniales. Las élites criollas construyeron un Estado que proclamaba igualdad política, pero mantenía prácticas sociales excluyentes. Entre el ideal republicano y la realidad indígena se abrió una brecha difícil de cerrar. Las ciudades, con su vida letrada, hispanizada y aspiracional, convivían con vastos territorios campesinos organizados según lógicas comunitarias, no liberales. Bolivia se convirtió, durante más de un siglo, en la coexistencia tensa de dos mundos que raramente dialogaban entre sí.

Fue el siglo XX el que empezó a agrietar ese espejo bipartito. La Guerra del Chaco, dolorosa e inútil en sus motivaciones territoriales, mezcló en el frente a hombres de todas las regiones, lenguas y clases sociales. Allí nació un cierto reconocimiento mutuo, una experiencia compartida que reveló la diversidad boliviana como algo palpable, no abstracto. Más tarde, la Revolución Nacional del 52 intentó integrar esas multiplicidades bajo un proyecto modernizador: se abolió la servidumbre, se instauró el voto universal y se reformó la estructura agraria. Sin embargo, esta integración fue parcial; transformó la ciudadanía, pero no eliminó del todo las jerarquías simbólicas que seguían situando lo indígena en el margen.

Las migraciones internas, sobre todo desde la segunda mitad del siglo XX, modificaron radicalmente el rostro sociológico del país. El desplazamiento masivo del altiplano hacia las ciudades y hacia los llanos orientales dio origen a nuevas identidades híbridas, como la cultura chola urbano-popular, que desafió las categorías rígidas entre indígena y mestizo. Estas movilidades crearon un país nuevo, donde las ferias, el comercio informal, la música mestiza y la estética cholita redefinieron la modernidad boliviana desde abajo, no desde los planes estatales. Se trató de una modernidad plebeya, creadora, ajena a las dicotomías tradicionales entre lo indígena y lo criollo.

Con la llegada del siglo XXI, Bolivia vivió un proceso que puede interpretarse como la excavación más explícita del neocolonialismo: la refundación del país como Estado Plurinacional. La Constitución de 2009 buscó reconocer que la diversidad no era un obstáculo para la unidad, sino su fundamento. Pero esa unidad jamás asomó su rostro claro y franco. Fue utilizado políticamente para sostener a un caudillo que, desde su discurso político, impuso una brecha profunda entre “culitos blancos” y “t’aras”.

La presencia de Evo Morales simbolizó la ruptura social, política y cultural más perversa en la historia del país. Se impuso un discurso beligerante, una pulsión cainita que desembocó en un tinku (encuentro) constante entre regiones, lenguajes, símbolos, signos, usos y costumbres que profundizó, de nueva cuenta, la imagen de un país al que le costó desenterrar, parcialmente, el espejo de su identidad. 

Pero desenterrar el espejo también significó enfrentar nuevas tensiones: las disputas entre identidades indígenas, mestizas y urbanas; el lenguaje áspero y casi insultante entre formas comunitarias y un Estado centralizado; la rivalidad entre un occidente andino políticamente dominante y un oriente amazónico y cruceño económicamente ascendente. Fue el punto de inflexión para hacer de Bolivia, durante 20 años, un país en apronte y altamente polarizado.

Las regiones, en el presente boliviano, no son solo geografías distintas: son proyectos de nación en pugna. El oriente, con Santa Cruz como motor económico, propone una visión de desarrollo más ligada al mercado global, mientras que el altiplano mantiene un imaginario político más comunitarista y nacionalista. En Bolivia, los espejos no solo continúan enterrados: están fragmentados territorialmente, cada uno reflejando una posible versión del país. Esta tensión no es un fracaso, sino un rasgo constitutivo de su sociología. Como sugiere Fuentes, la identidad latinoamericana no es una síntesis armoniosa, sino la convivencia de heterogeneidades que buscan reconocimiento.

Aquí debo incidir en algo que el Gobierno de Rodrigo Paz debe, obligadamente, rectificar y reencausar. Tras 20 años de desequilibrios sociales, económicos y culturales del masismo. Paz debe gobernar con equidad y proporción. Santa Cruz es un polo de desarrollo, sí, pero no hace a la Bolivia entera, es parte de, no el todo. En Santa Cruz está reflejado el crisol boliviano como una suerte de fusión esencialmente cultural y económica. Hay pues, una combinación particularmente especial de idiosincrasias.

En ese afán, a tres meses del Gobierno de Paz, es vital repensar en una Bolivia colectiva. Mirar también al resto del país, desde sus carencias, sus necesidades y sus proyecciones.

Bolivia no es una nación de identidad concluida, sino un escenario donde múltiples memorias e identidades se disputan el presente. Su historia no se lee como una línea, sino como una superposición de tiempos: el indígena originario, el colonial todavía visible, el republicano criollo, el revolucionario modernizador, el migrante urbano-popular y el plurinacional contemporáneo. Todos coexisten, a veces como diálogo, otras como conflicto, siempre como parte de un mismo proceso de búsqueda. El espejo enterrado de Fuentes no es, en el caso boliviano, un objeto estático: es un espejo que se fragmenta y se recompone continuamente, que refleja rostros distintos según quién lo mire y desde qué territorio.

Quizás la mayor riqueza sociológica de Bolivia sea precisamente esa imposibilidad de reducirla a una sola imagen. En su multiplicidad —étnica, cultural, regional, histórica— se revela la esencia de América Latina como un continente de identidades móviles y memorias profundas. Bolivia no debe enterrar más su espejo: lo debe exponer, discutir, lo debe reconstruir. Y en ese proceso, más que definirse, se debe reinventar, redireccionar, demostrando que la identidad no es un destino, sino un movimiento permanente en busca de sí misma.

El autor es comunicador social

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