Agua
El agua tiene un ciclo: evapora esencialmente de océanos, sube a la atmósfera formando nubes que se precipitan como agua, lluvia, nieve o granizos. Una parte, el 23%, se precipita sobre los continentes irrigando la tierra y posibilitando la vida terrestre.
Son 100 trillones de metros cúbicos de agua purificados y distribuidos por año por los continentes. De este volumen dos tercios vuelven a la atmósfera por evapotranspiración, y un tercio permanece líquido, formando manantiales subterráneos, lagos y ríos, que eventualmente, irán llevar agua de vuelta a los océanos, donde un nuevo ciclo se iniciará.
La precipitación todavía limpia la atmósfera que nosotros insistimos en ensuciar y disipa junto con los vientos la energía acumulada en los océanos y en la tierra. Sería inviable substituir con bombas y tabulaciones, ese sistema natural en la tarea de irrigar los continentes solamente la energía necesaria sería gigantesca, que fácil llegaría al valor de teravatios.
Toda esa agua cae sobre la tierra de manera increíblemente regular. Y es justamente esa regularidad que nos permite proyectar estructuras como decir puentes represas cuencas hidroeléctricas sistemas pluviales canales. Y, planear plantío y navegación fluvial, pero ahora tenemos un aumento de energía acumulada en los continentes y océanos, que también precisa ser disipada. Y solo disponemos de los mismos mecanismos para todo eso ahí: los vientos y el ciclo del agua.
En el ciclo del agua ese exceso de energía altera delicados equilibrios destruyendo la regularidad que teníamos hasta este momento. Las variaciones no son extremas, pero la grande regularidad anterior nos dejó mal acostumbrados: construimos ciudades y otras estructuras contando con ellas y dependiendo de ellas. Esas estructuras no prevenían a cada vez con mayor frecuencia, no soportaran esa carga adicional que tenemos que enfrentar.
Tenemos, por lo tanto, tres opciones: volver a la regularidad anterior, aceptar las nuevas circunstancias mitigando sus efectos o finalmente aceptar la destrucción creciente de las estructuras existentes.
De esas tres opciones, la tercera no es aceptable, pues no existe justificativa moral para esa inercia. La segunda nos trae la desigualdad: mitigación beneficiará a quien puede pagar. Resta, entonces, la primera opción. No buscarla implica la progresiva destrucción de las estructuras que sustenta nuestra vida moderna urbana y agrícola.
Columnas de Ángel Velasco Barron/Ing. agrónomo

















