La identidad que dinamita

Columna
LA MADRIGUERA DEL TLACUACHE
Publicado el 31/05/2026

Presumo que, en estos días aciagos, varios han invocado, como coartada a su fundada bronca contra quienes nos bloquean y asfixian en revancha histórica, las palabras a estas alturas ya manidas, de Alcides Arguedas, que diagnosticó a Bolivia como un “pueblo enfermo”.

Arguedas explicaba el fracaso y la inestabilidad, que parecían hacer inviable este país, entre otras razones, por el fatalismo y la carencia de una identidad común.

Esa misma carencia de la que habla con triste claridad el escritor paceño Willy Camacho: “Durante años, el discurso político boliviano –sobre todo desde el ascenso del masismo– convirtió el ‘hermanos bolivianos’ en una especie de mantra nacional. Evo Morales hablaba así, los dirigentes campesinos hablaban así, los sindicatos hablaban así; los interculturales, los maestros rurales, las organizaciones sociales: todos éramos hermanos. El término se volvió una contraseña moral, una forma automática de fingir comunidad, de fingir unidad, de fingir que compartíamos una misma visión de país”.

Solo que, como diría el mismo Willy, a un hermano no se le lanzan piedras en la cabeza, no se le impide trabajar, no se le bloquea el alimento ni el oxígeno; a un hermano pequeño llevado en ambulancia no se le impide el paso para acercarlo a la muerte, a un hermano con síndrome de Down y a otro con autismo no se los golpea, a un hermano no se lo deja desfallecer al grito de “que se muera el enfermo”, a un hermano no se lo masacra hasta dejarlo sin un ojo. Y, por último, no se hacen alfombras con cadáveres de hermanos…

La incapacidad de convivir entre distintas identidades, aun dentro de la misma región, ha vuelto a brotar como pus para recordarnos que seguimos enfermos. Sin embargo, aunque la cura parece sencilla (la multiculturalidad no es exclusiva de Bolivia), algunos prefieren mantenernos en la agonía. El problema, claro, no es que no exista una sola identidad nacional, lo terrible es que no compartamos objetivos similares, que no haya nación.

De ahí que, una vez más, pero con mayor tenacidad, se vuelva a hablar de emancipación (“federalismo, autonomías reales, reforma institucional y descentralización se convierten en necesidades nacionales”, clama un editorial cruceño).

En lugar de verse un futuro –por más remoto–, complementario y unido, pensamos cada vez con más recurrencia en una Bolivia con departamentos demarcados por algo más que simples puestitos que ofrecen api, garapiña o somó.

Muchos celebrarán entonces la liberación del centralismo excluyente y no acatarán más imposiciones de un andinocentrismo cuyas maneras han dejado ver una hilacha déspota (lo que no es andino no es del pueblo, lo que no es autóctono es extraño, quienes no tienen apellidos locales deben ser expulsados, los “q’aras asquerosos” deben ser castigados…). Lo sé, racismo hay en cada rincón, solo que la proscripción de compatriotas no forma parte expresa de todos los programas políticos.

Se busca ahora encontrar las razones del cerco a La Paz, de las movilizaciones sociales, de los bloqueos, y de los ataques a las instituciones y a sus ciudadanos.

La izquierda chic de los pañuelos de ocasión atribuye todo a dos motivos: la desidia del presidente, que “no ha cumplido sus promesas electorales”. Lo que es verdad; pero, ¿no incumplió Evo un mandato expreso e inequívoco? Quienes ahora justifican la rebelión hablaban de golpe en 2019 (cuyos antecedentes estuvieron en el referéndum de 2016).

Imagínense, no obstante, si cada presidente provocara que los descontentos con las promesas irrealizadas hicieran desmanes como estos. El planeta estaría deshecho (inclusive los gringos bromeaban con que lo malo de Trump era que estaba cumpliendo todo lo que había prometido).

Lo segundo: que no se habría incorporado indígenas, obreros maestros rurales, mineros ni a otros sectores en este Gobierno.

Fernando Untoja, liberal aymara, alerta que la política de inclusión se ha transformado en una moral del victimismo. “El poder ya no se legitima por la grandeza, la capacidad creadora o la afirmación de una visión superior del Estado, sino por la exhibición del sufrimiento histórico convertido en capital político”.

Ese victimismo –que es una combinación de supremacía identitaria y la idea de merecimiento de más y mejores derechos– es la principal arma de quienes lideran las marchas y bloqueos estos días; y el sustancioso alimento de la intelectualidad paternalista nacional y extranjera (nadie babea tanto con estos quilombos como los activistas gauchos).

En un post reciente, la reconocida intelectual alteña, Quya Reyna reivindica la figura de Felipe Quispe. Compara la fuerza, la determinación y la inteligencia del Mallku, con la “falta de solidez e inteligencia” de líderes como Nilton Condori o Mario Argollo, a quienes augura un fracaso en esta lucha.

Con una voz autorizada, Reyna habla por El Alto e insiste en que tienen que confrontar al Gobierno, pero que, en los siguientes años deben otorgar legitimidad a dicha confrontación. Con algo de optimismo (pues pese a sus innegables atributos Felipe Quispe no logró proyectarse más allá del Altiplano ni siquiera durante su apogeo 2000-2003), considera que “si esta derecha cae, caerá con todo lo que defiende y con toda la gente que es fiel a su clase”.

Puede que la “derecha” caiga, pero el oriente, que tampoco se libra de las logias identitarias, y que lleva acumulando impulsos centrífugos, no parece estar abierto al retorno de formas de gobierno tan ajenas a las propias, como las que con nostalgia desea buena parte de occidente.

No imagino a un votante de Mamen, JP o Gabriela de Paiva votando por Nilton o por un nuevo Mallku. No por un asunto de raza (necesariamente), sino porque las imágenes de zozobra, escasez, violencia y dolor de estos días, más que nada en La Paz y en El Alto, desalientan hasta a quienes adoramos la ciudad en que vivimos.

 

La autora es abogada

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