1959

Cultura
Publicado el 30/12/2019 a las 16h17
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  ¿Alguna vez intentaron retraerse hasta sus más remotos recuerdos de infancia?

   Estoy seguro que sí.

   De mi parte, cada vez que pretendí el ejercicio me resultó curioso constatar que no podía establecer imágenes del lugar donde nací y donde además pasé los primeros años de mi vida. Por eso todo lo que sé de Uyuni es lo que escuché de mis padres y lo que muestran las fotografías que coleccionaron. También, por eso, me tengo prometido desde mi adolescencia visitar Uyuni, sobre todo después que mi hermano Gerardo me mostrara las fotos del cementerio de locomotoras que las sacó a finales de los setenta. Las imágenes patéticas de un pasado extraviado en el tiempo me certifican el auge industrial que tuvo aquel paraje que, gracias al desierto de sal que lo envuelve, se ha convertido ahora en uno de los destinos turísticos más publicitados del planeta, tan celebre como el Cañón del Colorado.

  Mi madre es quien más me habló de Uyuni; mi padre, casi nada. En realidad mi padre y yo comunicábamos poco y eso simplemente porque ambos teníamos un temperamento discreto y callado. Y digo teníamos, porque yo he cambiado, yo aprendí a comunicarme y creo que dejé de ser el niño y joven tímido y reservado que fui. Al contrario, mis hermanos sabían comunicarse y conversar fácilmente con papá; pienso que ellos recibieron de él muchos más recuerdos de Uyuni.

  Entre todos, Gerardo fue siempre el más locuaz; y, Eduardo, por ser el menor, al ser el más apegado a papá, sabía llevarle la conversación. Eduardo solía incluso bromear con papá, cosa que yo no me permití jamás. En cuanto a mis hermanas, no sé. En todo caso, la relación que tuvo papá con ellas fue de bastante cariño y protección; eso en el sentido de cómo los padres entablaban entonces la relación con las niñas. En la época, la idea de la igualdad de sexos era todavía algo muy vago.

 Así, como vengo diciendo, mi padre me dejó pocas noticias de Uyuni, sin embargo lo que no descuidó fue testimoniar su paso por allí; él conservaba un álbum personal con sus fotografías de soltero. De aquella colección, la que me provocaba grandes emociones e interrogantes era una en la cual él y tres amigos o colegas de trabajo suyos se muestran ataviados con gruesas ropas invernales, posando al costado de un jeep. La foto debió ser tomada en un brumoso atardecer, kilómetros adentro del salar. La travesía pionera debe de datar de fines de la década de los cuarenta. No pudo ser antes, pues el jeep en cuestión era del mismo modelo que los estadounidenses emplearon durante la Segunda guerra mundial, es decir un Willys. En el retrato, papá está vestido con una ancha gabardina, larga, cruzada y con cinturón, lleva además un sombrero; tiene la traza más bien de un detective de comics que de un explorador de carne y hueso.

 Bueno, en breve, yo nací en Uyuni por un azar feliz, pues mis padres no eran originarios de allí. Por otro lado, la ciudad había surgido artificialmente, al influjo de la modernidad impulsada por la economía del estaño y el comercio que se generó alrededor de la industria de extracción minera, en la primera mitad del siglo XX. Uyuni era un cruce ferroviario esencial, el eje sobre el cual giraba todo el comercio y la circulación de las mercancías. Las instituciones que le daban vida eran la Aduana, los ferrocarriles, la exBolivian Railways; sin embargo allí también estaban concentradas importantes secciones comerciales de las empresas mineras que controlaban desde Uyuni la exportación de minerales y la importación de los insumos necesarios a la explotación de las minas. En Uyuni se bifurcaba el ferrocarril hacia Antofagasta, en el Pacífico, y hacia la Quiaca, pueblo fronterizo argentino que, en cierta manera, constituía la puerta trasera, la más lejana, que abría a Bolivia el acceso al Atlántico.

 Mi madre fue a trabajar a Uyuni como maestra, ella había egresado de la Normal de Sucre, de donde era originaria y donde pasó toda su infancia y juventud. Al terminar la escuela Normal, los egresados debían realizar el “año de provincia”, requisito necesario para la obtención del Título en provisión nacional. Uyuni estaba ligada por ferrocarril con Sucre, esa era una de las ventajas de instalarse allí. Los jóvenes maestros sin duda buscaban localidades provinciales que les permitiera una vida tranquila y también abrirse un buen horizonte profesional al inicio de su carrera. Otro factor que atraía a los novicios maestros era la dinámica de vida de los campamentos mineros regados en la pampa; cerca de Uyuni estaba, por ejemplo, Pulacayo, un enclave productor de estaño. En aquellos inclementes lugares, las empresas mineras prometían innumerables gangas a los profesores animados a enseñar en las escuelas que mantenían para los hijos de los obreros: pulpería, vivienda, buena infraestructura escolar y facilidad para contar con recursos didácticos, en las escuelas. Uyuni tenía todos aquellos atractivos, porque como ya lo dije, allí estaban las sedes de las empresas que alimentaban el funcionamiento de la economía nacional.

 Otra circunstancia que llevó a mamá a Uyuni fue que allí se encontraba como profesor su hermano mayor, mi tío Enrique. Y hay que decir que un rasgo que distingue a mi familia materna es el magisterio, pues cinco de los ocho hijos de la abuela Candelaria estudiaron en la Normal de Sucre; demás decir que, de los cinco, tres se casaron con profesores. Mamá siempre ha estado orgullosa de su profesión, aunque en la intimidad, y quizás valorando el prestigio que dan los estudios universitarios, le escuché decir alguna vez:

 - ¡Nosotros solo pudimos ser profesorcitos! -Luego añadía-: …Pero tu tío Raúl es doctor y lo ha sido incluso teniendo que alquilarse libros. -Mi tío Raúl era dentista.

  En cuanto a mi padre, el nació en La Paz, donde vivió me parece hasta los quince o dieciséis años. Luego se fue a trabajar a Cochabamba y de ahí a la empresa minera “La Chojlla”, en los Yungas de La Paz. Papá era contador, despachador de aduanas y conocía técnicas de auditoria, pues en Uyuni, cuando comenzó a frecuentar a mamá trabajaba en la Contraloría de la República; luego pasó a la Corporación Minera de Bolivia, la Comibol, al departamento de Aduanas. En la Comibol hizo toda su carrera posterior, hasta su muerte, a los cincuenta y ocho años; murió esperanzado en una jubilación que no pudo disfrutar ni un instante.

  Papá comenzó a trabajar a los doce años, en la Greg, como mensajero. La Greg era una casa comercial, importadora y exportadora, pero también ofrecía servicios administrativos a las empresas privadas y tal vez al Estado. Allí, todavía niño, aprendió la dactilografía y eso le permitió abrirse una carrera de funcionario. Tiene una hermosa foto de su paso por la Greg, él es el único niño en medio de un grupo de oficinistas y secretarias. Él está a un costado y con certeza alguien le dijo que tenga en la mano un banderín con el logo de la empresa. Como no pudo hacer estudios secundarios ni superiores, toda su cultura la adquirió en las oficinas, en los campamentos mineros y ciudades donde trabajo, y en la lectura, le gustaba mucho leer. Además, tenía una redacción y ortografía impecables y claras, de estilo comercial y legal. En casa conservamos aún un diploma que certifica que había seguido un curso de caligrafía Palmer, por correspondencia. También estudio contabilidad por correspondencia y tenía su título librado por un instituto arraigado en Buenos Aires. En los años cuarenta y cincuenta los estudios por correspondencia eran una alternativa para muchas personas que buscaban superación por sí mismos. El hecho que mi padre guardara aquellos diplomas decía mucho de él, de su constancia y perseverancia y de la autodisciplina que llevó para obtener aquellos logros que le sirvieron para mejorar su vida y la de nosotros. Con frecuencia, los escritos de abogado, destinados para trámites notariales, ministeriales o municipales, los realizaba él mismo, así pagaba únicamente a los abogados la firma, para legitimarlos. Era frecuente que los escritos legales los redactase él mismo, según las circunstancias. Y como la lectura era importante en su vida, guardaba con mucho cariño dos ejemplares enormes de las novelas Los miserables de Víctor Hugo y del Quijote; se los había regalado su hermana, la tía Lucy. Esos libros, para mi fueron un misterio, porque estaban bien guardados y lejos de nosotros, como se protegen, de los niños, las medicinas. Papá seguramente no quería que ajemos las hojas o que nos aventurásemos a escribir sobre ellos. Tiempo después mi madre nos recordó que Gerardo aprendió a leer rápido y bien y que de los primeros libros de lectura escolar pasó directo al Quijote de mi padre: muy posible, porque Gerardo, no es porque fuese mi hermano, siempre fue precoz y mostró una inteligencia superior. Gerardo siempre me sorprendió por sus conocimientos y siempre lo admiré por su creatividad. A su lado, siempre me sentí un ignorante; no sé cómo, pero él daba la impresión de estar un paso delante todos en conocimientos teóricos y técnicos. Gerardo no hizo la universidad, pero cuando yo hablaba de filosofía, en mis años de estudiante, o al licenciarme de la carrera, él me interpelaba apareciendo siempre con algo nuevo para hacerme descubrir y a veces con preguntas pertinentes, para mí insolubles.

 Gerardo era el niño de los inventos y experimentos. El tío Raúl, el dentista, el doctor de la familia, lo llamaba Científico loco. Los experimentos más notables que recuerdo: la alarma que anunciaba que alguien entraba en nuestra pieza, primero una célula fotoeléctrica pero que finalmente funcionó con simple contacto. Instaló un servicio de radiocomunicación entre mi casa y la casa de los vecinos, conectando dos aparatos de radio. Una totalmente peligrosa: para extraer el plomo de un proyectil de máuser, hizo explotar los proyectiles calentando el fulminante con una vela. Evidentemente aquel ensayo fue hecho en el más estricto secreto. El plomo partía hacia un cojín de algodón, de donde era recuperado para colocarlo en un cartucho vacío para utilizarlo como parte de un llaver.

 Hasta aquí eso es lo que me evoca Uyuni, el año 1959, el de mi nacimiento, aunque, sin duda, los recuerdos me devolverán siempre a aquella ciudad fascinante, remota y nebulosa de mi primera infancia.

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