La construcción social del pique macho
Valeria Soliz Fernández |
Cochabamba está ubicada justo al centro de Bolivia. Es una tierra valluna que a modo de cimientos lleva la sazón de grandes sucesos históricos que, como la papa para el pique macho, son fundamentales para la construcción de lo que es hoy el valle cochabambino. Sus tonos amarillentos, fritos, semejantes al sol de un septiembre radiante o tal vez a las viejas páginas que narran su creación, se envuelven junto al aroma de la carne, la ciudad. Construcciones y estructuras añejas que permiten recordar las historias de la antigua Villa de Oropeza un día de 1810.
Aunque los tiempos cambian y las construcciones con ellas, por detrás de muchas avenidas principales y pequeñas calles, Cochabamba todavía mantiene esbozos de su arquitectura antigua. Algunas con pequeños cambios que van desde una nueva capa de pintura hasta rediseños significativos en la plaza principal o el Cristo de la Concordia. Las construcciones en la ciudad, del mismo modo que la carne picada sobre la papa, son suerte de feria que todas estén en el punto exacto, pues entre casas y edificaciones bonitas se mezclan medias aguas, garabatos y empapelados de trabajos de medio tiempo a 2.800 bolivianos. Son tan comunes que parecen ser parte de la decoración.
Salchichas en rodajas surtidas con carne decoran la papa que incita a que el paladar salive en exceso ante el aroma del apetitoso plato. Rojizas o rosadas, cortadas y fritas son fundamentales a la hora de un buen pique macho. Como las salchichas para el pique, las personas para la ciudad son parte importante de lo que es y de lo que será en un futuro. Compuestas de un sinfín de particularidades y caracterizadas por su diversidad, las acciones de cada ciudadano se reflejan en la situación diaria de la ciudad y construyen la esencia del lugar.
La cebolla es un ingrediente infaltable. Siempre metida en las sopas, en los ajís del segundo, la encontramos hasta en las ensaladas de un k’allu mañanero y no podía faltar en la cima del pique. En el orden de las cosas, podemos decir que los políticos son como las cebollas y no porque tengan capas, sino por el gusto o disgusto que nos pueden dar. Estos últimos años, estuvimos probando cebollas algo amargas, mal lavadas e incluso cortadas en trozos desiguales. Entre todos volvimos a escoger una que ahora sí, pareciera estar lista, pero como siempre habrá que probarla en su conjunto con el pique.
A la vista, el tomate tierno de los valles se asemeja a las copas verdes de los árboles que se asoman de esquinas insospechadas. Se ven desde las montañas en bosques y jardineras, en los ríos y lagos, en las flores del campo hasta por el césped que nace entre las grietas de las aceras a veces acompañadas de pequeños plásticos dejados en el lugar. La llamada ciudad jardín, al igual que un buen huevo duro en el pique que es el adorno más rico y diverso del plato, aporta un tono claro y deslumbrante al paisaje.
Su cultura es visible desde su arte, folklore y tradición que siempre se mezclan en coloridas fiestas que asemejan a un buen locoto picoso y escandaloso. En Cochabamba, el picante es un sabor local que se traduce en la esencia alegre y festiva del cochalo. Junto a la chicha y la llajua que todo lo pasa, son infaltables en cada encuentro. Todas las provincias tienen su especialidad, platos típicos y bien servidos por las “cases” que transmiten el amor de nuestras abuelas y madres.
El pique macho, concebido como un plato típico, es un plato casual, de fin de semana o de fiesta con amigos que, además del sabor, lleva los recuerdos e historias con las que se construye Cochabamba. Cada ingrediente refleja esta porción de patria y a sus habitantes en totalidad. Así es Cochabamba, así es la Llajta.























