Homenaje: Juan Araos, una vida pletórica
Adios al maestro. Cinco exalumnos suyos celebran, en estas dos páginas, el privilegio de haber conocido a “uno de los intelectuales más influyentes que se ha tenido en Bolivia” .
Juan creía que el pensar y el sentir de la filosofía y la poesía eran uno y el mismo
GABRIEL CHÁVEZ CASAZOLA
Poeta
Además de poemas y caligramas dispersos, Juan Araos publicó dos libros de poesía, muy espaciados entre sí.
El primero, Escala real, es un verdadero tesoro, tanto por la singular valía de los poemas allí reunidos —breves, enhebrados por imágenes sutiles y a la vez capaces de sugerir o insinuar múltiples sentidos—, como porque ahora es inencontrable. Fue editado en 1996 por Fundación Patiño en una colección lamentablemente extinta, donde también se publicaron algunos otros títulos hoy esenciales.
Su segundo poemario, La Mariposa Ojo, apareció pocos meses antes de su muerte, en Editorial 3600. Me tocó presentar esa colección de haikus en La Paz en septiembre pasado y así, sin saberlo entonces, pude despedirme de Juan con un abrazo, todavía en medio de la pandemia, y decir lo que pensaba del libro (y de su autor, su haijin) en un texto que está disponible en la red y no vale la pena repetir ni resumir aquí.
Sí quiero —y debo— añadir que hablar de Araos como poeta supone no sólo pensarlo como escritor o como creador de poemas y artefactos visuales, sino también como lector, en el sentido más hondo y borgesiano del término; como traductor, pues volcó a nuestra lengua, con un infrecuente equilibrio de belleza y rigor, fragmentos de los presocráticos, el Poema, de Parménides y el Cantar de los Cantares, entre otros textos; y también, pero no menos importante, como maestro de poesía y de filosofía, capaz de transmitir viva pasión a sus estudiantes por viejos textos escritos en lenguas muertas y de hacerlos —de hacernos, pues tuve la dicha de ser alumno suyo— alumbrar socráticamente sus (nuestras) propias interpretaciones acerca de ellos.
Juan creía, con los griegos, que el pensar y el sentir de la filosofía y la poesía eran uno y el mismo, no dos actos disociados ni opuestos. Recoger esa enseñanza de sus labios, escondidos bajo su proverbial bigote nietzscheano, me cambió la vida una tarde de los tempranos 90 en un aula de la carrera de Filosofía y Letras de la UCB en la avenida Ramón Rivero de Cochabamba.
Siempre que paso por ahí lo recuerdo y ahora lo hago públicamente, mientras, triste aún por su muerte, se lo agradezco.
CÓMO APASIONARSE POR EL CONOCIMIENTO
ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA
Socióloga
Epistemología. Hasta el nombre es un poco enredado, ostentoso, intimidante. Se trata de una compleja disciplina que estudia la filosofía del conocimiento. Se hace preguntas sobre cómo percibimos la realidad, si es posible aprehenderla, si no es una ilusa idea el creer que conocemos un atisbo de un inconcebiblemente enorme universo. Por su grado de abstracción, no es una ciencia fácil de enseñar. Eso, si no eres un erudito poeta como el profesor Juan Araos Úzqueda.
Como el incomprendido Sócrates, un buen filósofo se torna humilde ante el asombro de la vida. Al mismo tiempo, como Aristóteles, un buen filósofo se solaza en la contemplación de la hermosura de estar vivo/a, de la naturaleza, de la majestuosidad de un insecto, de escuchar las olas del mar. Por ello, todo filósofo que se precie como tal es, ante todo, un poeta.
Solamente un poeta tiene la capacidad de transmitir el extravío del empirista Hume, consternado e insomne con la certeza de que el método empírico sólo funcionaba para el presente, ya que la predicción del futuro —fundamental para la ciencia— se basaba en una fe, la fe en la invariabilidad de los fenómenos naturales.
Solamente un poeta puede comprender literariamente una extraña relación del estructuralismo con la locura y llevarnos al mundo de un suicida Wittgenstein, de un doloroso Levi Strauss en medio de la selva indómita o de un Althusser que termina ahorcando a su esposa.
Solamente un poeta trasfiere la desencantada certeza de los hermenéuticos cuando admitían que la “realidad” parece enmarcarse en un determinado contexto histórico y social que suele cegar a los humanos con la vastedad de lo que nos rodea.
Solamente un poeta nos hacía presentir las ambigüedades y contradicciones de un Marx asolado por la pobreza.
Las palabras del profesor Araos, como en un precioso cuento o una artística película, literalmente nos transportaban. Aún más, de pronto, llegaba la poesía y la clase se tornaba de erudita en mágica entre versos musicales, sin que alguna vez faltara la dulce exaltación por el “inoportuno” trino de un ave que, por supuesto, no podía pasar desapercibido para el filósofo y poeta.
Así eran las clases del profesor Araos. Tuve muchos asaltos en la vida, pero el que más me duele es uno en el que perdí mis apuntes de las clases de Epistemología del profesor Araos, un viejo cuaderno que guardaba como un verdadero tesoro. Más aún ahora que se ha ido. Pero sus enseñanzas quedan en la memoria, en sus escritos, en la infinidad de pensadores que me hizo conocer y amar.
Gracias hasta el infinito profesor Araos.
EL BIGOTE DE JUAN
OSCAR E. JORDÁN ARANDIA
Poeta y filósofo
Era un lunes, cerca del ocaso. Mi gran amigo Carlitos, que estudiaba Filosofía y Letras, me traía novedades: “Hay alguien en la Universidad Católica que se llama Juan Araos y tiene un bigote igualito al de Nietzsche”. Sorprendido, aunque algo incrédulo, decidí ir a corroborar. Quedamos con mi amigo en encontrarnos en la puerta del entonces ISET (Instituto Superior de Estudios Teológicos, donde funcionaba la Facultad de Filosofía) y buscar al dichoso portador del bigote nietzscheano.
Carlitos y yo nos escondimos entre las frondosas plantas del jardín. Nos acurrucamos bien y esperamos. Los seminaristas paseaban por los jardines, con sus libros en mano, estudiando las ciencias divinas, mientras nosotros, a vista y paciencia suya, nos agachábamos entre los arbustos y mirábamos fijamente la puerta por donde se suponía debía salir Juan.
Esperamos por el lapso de una hora, casi sin movernos y sin pronunciar ni una sola palabra. Ni siquiera nos invadía la impaciencia, sólo estábamos allí, agazapados, atentos como un felino antes de saltar sobre su presa. De vez en cuando escuchábamos un cuchicheo y unas risitas. Sabíamos que hablaban de nosotros, pero nada de eso importaba: el bigote, el bigote era lo importante.
Juan trabajaba en una oficina en el primer piso, con una ventana que daba al jardín. Desde nuestro escondite, podíamos ver la luz prendida y así monitorear la ubicación exacta de nuestro bigote, o mejor dicho, del bigote de Juan.
Finalmente, salió. Apuradamente calmado, como siempre; con su paso decidido y a la vez contemplativo; caminando, orgulloso, luciendo su inmaculado bigote cien por ciento nietzscheano. Era verdad, era el bigote de Nietzsche, puro, pleno, expresado en su más grande esplendor. Yo me quedé atónito y miraba a mi amigo, sin poder decirle nada, pero con una profunda gratitud. “¿Viste?”, me dijo. “Gracias, gracias”, le respondía.
De pronto, el instinto de Juan lo alertó. Súbitamente se dio vuelta y su mirada se detuvo exactamente en los arbustos en los que nos ocultábamos. Frunció el ceño, lanzó un gruñido suavito y nos increpó con su acento chileno. Nosotros, avergonzados, todavía ocultos, empezamos a correr, despavoridos, como si el mismísimo diablo nos hubiese pescado. Una semana después, Carlitos, Juan y yo nos hicimos amigos. Gracias a ese episodio decidí estudiar Filosofía y Letras.
Una cosa más, a manera de cierre: de todas las cosas buenas que Juan ha hecho durante toda su vida, creo que la más importante es haber dejado una familia con seres humanos maravillosos. Puedo dar fe de ello.
JUAN ARAOS, AMALGAMA DE FILOSOFÍA Y POESÍA
GABRIELA CANEDO VÁSQUEZ
Socióloga y antropóloga
Partió Juan Araos Úzqueda, mi profesor, uno de los mejores docentes que tuve a lo largo de mis estudios en la Carrera de Sociología de la Universidad Mayor de San Simón. Lo conocí a mis 18 años cuando ingresé a la universidad y debía cursar la materia de Lógica que correspondía al primer semestre.
Él nos introdujo al campo de la lógica, aquel que permite conocer las leyes, reglas y procedimientos de nuestro pensamiento. Seguro que, en ese entonces, yo no entendía de manera cabal cómo me serviría la misma, los silogismos y el análisis de la argumentación. Poco después comprendí que con la lógica se distinguen los argumentos correctos de los falaces. Aquellos que parecen verdaderos, pero que en la estructura del razonamiento planteado resultan errados.
Y mucho más tarde, sin darme cuenta, apliqué aquello que el profe Juan me había enseñado para evitar cometer falacias o sofismas en el razonamiento. Aún recuerdo los ejemplos de los silogismos que nos planteaba en la pizarra. Escritas con su letra tan peculiar, las premisas claras, objetivas y en las que algunas veces utilizando los nombres de los y las estudiantes el ejemplo quedaba así:
“Todos los seres vivos respiran. Marcia es un ser vivo, por tanto, Marcia respira.
U otros ejemplos utilizados que resultaban más poéticos, como: “Si llueve entonces me mojo, y llueve, entonces, me mojo”.
Más tarde me encontraría con el profesor Juan en los pasillos de la universidad, esta vez ya no como estudiante, sino como colega. Sin embargo, no dejaba de llamarlo Profe y él siempre me contestaba por mi nombre, con su particular acento chileno y su voz suave y calmada.
La veta de poeta la conocí más tarde, entonces la amalgama entre filosofía y poesía era perfecta en él. Una particularidad suya que daba a conocer a través de las redes era la inventiva de versos a través del recorte de palabras de periódicos, con las que formaba haikus. Finalmente, me quedo con el último gesto, cuando una mañana de octubre del año pasado, me escribió para decirme que me había dejado un sobre en la secretaría de “la Carrera”. Mi curiosidad me llevó inmediatamente a dirigirme a recogerlo, y mi sorpresa fue grande y grata cuando vi su último poemario La Mariposa Ojo, con una dedicatoria incluida. Pensé entonces, que ese gesto, ese detalle correspondía a una persona noble y con una sensibilidad extraordinaria, y claro no pude evitar sentirme halagada, muy halagada.
El profe Juan ha partido, y su vida merece ser celebrada, y agradecida.
Aquí su haiku 90 “Acaso sea oportuno celebrar la vida hoy día” (Juan Araos Úzqueda).
GRACIAS, JUAN, POR TU LEGADO
CARLOS ARCE MORENO
Editor independiente y músico
Por esa inmediatez del Facebook me enteré, como muchos, de la muerte de Juan Araos Úzqueda, el mismo día del infausto suceso. Primero leí un posteo de su esposa, Cecilia Estrada, con una frase hermosa —“Amor, estará en cada colibrí que vea y logre fotografiar…”— pero no explícita de lo que acababa de ocurrir. Empecé a sentir una suerte de desazón.
Al poco rato, Juan Eduardo Araos Chaparro (primogénito de Juan), amigo mío de juventud (al igual que Claudio y Jimena), posteó un texto definitivo: “Me aferro a que te fuiste feliz, junto al mar como tanto te gustaba, en tu Antofagasta, cerca de Coloso…”. La desazón se convirtió en honda pena. Las palabras eran insuficientes. Deseé, con fervor, estar al lado de sus hijos y su esposa y darles un efusivo y silencioso abrazo.
Tenía pendiente decirle algo a Juan, y ahora que me invitan a sumarme a este homenaje, no desaprovecho la oportunidad.
¿Te acuerdas, Juan, cómo nos conocimos? Fue en 1993, a inicios de ese año, cuando tú nos estabas esperando en la puerta de ingreso al aula donde unos 15 alumnos —entre laicos y seminaristas— nos iniciamos en el estudio de la filosofía. Tú me estrechaste la mano, como a todos los demás, y me dijiste “hola, soy Juan”, “yo, Carlos”, respondí. Por supuesto que me llamó la atención tu fisonomía, con esa melena exuberante y desprolija y esos bigotes estilo Nietzsche —mi amigo y condiscípulo de entonces Óscar Jordán no me dejará mentir—.
Luego me fui familiarizando con la cadencia de tu voz —sea en tus clases o en alguna charla o reunión informal— que le daba tanta relevancia al silencio. Lo que aprendí de ti es muchísimo, pero me limitaré a remitirme a esta frase de Henry Adams: “Un profesor trabaja sobre la eternidad; nadie puede decir dónde acaba su influencia”.
¿Te acuerdas, Juan, de la vez que entré a tu gabinete —siempre atiborrado de libros, ahí en la universidad de la Ramón Rivero— y tú me presentaste a Jorge Luis Borges? ¿Te acuerdas que llevé para mostrarte el esbozo de un cuento mío que se refería a Teseo, el Minotauro, Ariadna y el laberinto?
¿Te acuerdas? Sacaste de uno de los estantes un libro, me lo prestaste y me sugeriste leer La casa de Asterión.
¿Te acuerdas, Juan, de cuando asististe con tu esposa a un recital de música mío —donde era solo yo, con mi voz y mi teclado tocando mis composiciones— que organizó el Marcelino Antezana en una versión efímera de las Misk’i cositas en pleno centro de la ciudad? ¡Qué humildad del maestro la de ir a escucharme! Siendo que yo a veces me creía eso de que soy un “organillero de quinta”, como alguien me espetó alguna vez.
Un día me dijiste, “Carlos, una de las virtudes que tienes es ser generoso”, desde entonces traté de hacerme responsable de eso en los ámbitos donde me ha tocado estar: bibliotecas, aulas, salas de redacción, escenarios musicales, calles, bares, psiquiátricos, centros de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos, y ahora en mi familia. ¿Qué podría decirte, Juan? Fuiste un hombre pletórico de virtudes no solo en la academia, sino también en el seno de tu familia, en los círculos de amigos donde alguna vez coincidimos…
Otro día, Juan, caminaba por el Correo y encontré una traducción tuya del Cantar de los Cantares. La compré y se la obsequié a mi padre. En la dedicatoria decía: “Todo lo que empieza en el mar, termina en el mar”.
Donde estés, siéntete feliz, Juan, siéntete en paz, has logrado lo que pocos: sembrar un trascendental legado filosófico, espiritual, humano en muchísimas personas en esta tierra, entre las cuales me cuento, a mucha honra. Gracias, maestro y amigo.
JUAN WÁLTER ARAOS ÚZQUEDA
7 DE FEBRERO DE 1952 - 12 DE FEBRERO DE 2022
Nació en Antofagasta, Chile, el 7 de febrero de 1952. Era licenciado en Filosofía con mención en Lenguas Clásicas, por la Universidad de Chile, donde ejerció la docencia hasta 1983.
Maestro universitario, poeta y uno de los investigadores en estudios clásicos más prolífico que se ha tenido en Bolivia, falleció el 12 de febrero de 2022 en su ciudad natal.
Radicado en Cochabamba desde 1984, fue docente de la Universidad Mayor de San Simón y de la Universidad Católica Boliviana San Pablo (UCB/INSET), en esta última dictó clases hasta 2016.
Fue profesor de griego antiguo, latín, filosofía griega, filosofía medieval, hermenéutica, lógica, epistemología y otras materias. Su pasión principal era el estudio de los textos platónicos y de los fragmentos presocráticos de Parménides y Heráclito.
Tradujo del griego al español el libro bíblico Cantar de los Cantares (Editorial UCB, 1999), mostrando ya un amor incansable por hallar la sonoridad poética del texto, además de los Fragmentos, de Heráclito, Poema, de Parménides y obras varias de Platón.
Escribió diversos artículos filosóficos y literarios en la revista Yachay (de la cual fue editor) y en otras publicaciones nacionales e internacionales.
También publicó los libros de poesía Escala real (Centro Simón y Patiño, 1996) y, muy recientemente, La Mariposa Ojo (Editorial 3600, 2021), donde reúne 132 haikus.
Fue fundador del Instituto de Investigaciones de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UMSS, en 1984, miembro de la Sociedad Boliviana de Estudios Clásicos y de la Sociedad Platónica Internacional.
Araos Úzqueda siempre sintió un amor inconmensurable por Bolivia, por Uyuni —la tierra natal de su madre Dora Adela— por Antofagasta y el mar. Estaba casado con Cecilia Estrada Ponce y era padre de ocho hijos: Juan Eduardo, Claudio, Jimena, Walter, Camila, Renata, Sol y Luciana.
El destino quiso que el sábado 12 de febrero muriera en las costas antofagastinas, en su mar entrañable, cinco días después de cumplir 70 años.

























