Tavoosi: viví buscando desesperadamente un lugar al que pueda llamar hogar
“Los nombres de las flores” fue su primer gran reto en la industria cinematográfica. La película realizada en Bolivia y basada en la historia de la profesora que sirvió la última sopa al Che Guevara fue exitosamente estrenada y galardonada.
Sin embargo, cuando finalmente llegó el momento de que la cinta inicie una más amplia travesía en el circuito de festivales internacionales, el coronavirus golpeó al mundo.
Además de su mundo profesional y la promoción de “Los nombres de las flores”, las determinaciones oficiales que se tomaron por la pandemia también afectaron las rutinas personales en el hogar actual del cineasta iraní, en la ciudad de México.
Bahman Tavoosi trabajó por cinco largos años en las altas montañas bolivianas para este debut. Y, como millones de personas, pasa las horas de los días, semanas y meses en casa; tratando de reconectarse con “esta tediosa arquitectura, con las paredes blancas, las cerámicas marrones en el piso, las ventanas con marcos de metal, las plantas amarillas y mi gatito al que llamo Richard Parker el tigre”.
“’El mundo es un lugar extraño en estos días’, hubiera dicho mi padre si estuviera vivo”, reflexiona Tavoosi e inmediatamente se pregunta “¿dónde está el hogar de uno?, ¿dónde uno podría llamar su hogar?, ¿dónde uno se sentiría en casa?”.
“Como para muchos de ustedes, para mí el hogar fue donde alguna vez sentí pertenecer, donde vivía junto a mi familia, donde tenía tres comidas al día y donde todos los días cerraba y abría los ojos al mundo”, expresa.
Cuentos de dos hogares
Tavoosi nació en medio de una guerra de ocho años en Teherán, Irán. El médico de su madre, cuenta el cineasta, tenía programado dejar Teherán para ir al frente de guerra, donde su equipo médico atendía a los soldados heridos. Por tanto, su “pequeña y frágil” madre con 18 años, y con Tavoosi en su vientre, fue alentada para llevar a cabo el parto dos semanas antes de lo programado, antes de la partida de su médico hacia el frente.
Sin embargo, había un problema, la guerra había dejado a su familia en bancarrota y no había fondos disponibles para pagar el parto urgente.
Al final, su padre no tuvo más opción que llegar a la “última solución”: vender su amada espada militar blanca, que le fue otorgada por su universidad, para poder pagar el hospital.
“Nací a costa de una espada militar, mientras se lanzaban bombas. Mis padres me llamaron Bahman y me llevaron felizmente a casa”, manifiesta.
En la casa donde Bahman creció residían muchos miembros de su familia, además de sus padres: tías junto a sus esposos, tíos y abuelos. “Sentada en una vieja alfombra persa y tomando té en tazas pequeñas, mi gran familia veía muchas películas extranjeras en la televisión nacional, esto sólo cuando había electricidad o cuando no nos escondíamos en búnkeres de guerra”, cuenta.
“A lo largo de varios fríos inviernos de Teherán, vimos a Chaplin, Keaton, Kurosawa, Tarkovsky, a los hermanos Taviani y a Costa Gavras en el canal uno o dos de la televisión. También vimos algunas de Laurel & Hardy y Jerry Luis, pero la mayoría de las películas de Hollywood y Walt Disney fueron prohibidas”.
Tavoosi asegura que vivía, junto a su familia, una vida posrevolución islámica, en una isla alejada del resto del mundo. Más tarde, cuando iba a elegir el cine como una carrera profesional, a los 14 años, se dio cuenta de cómo esas películas en blanco y negro, transmitidas en la televisión nacional durante la guerra, habían formado su sentido de la estética visual, su comprensión del cine, del sonido, de luz, de oscuridad y, otra vez, de oscuridad.
“El segundo hogar del que me gustaría hablarles, es más bien lo que todos llamamos patria, el país en el que nacemos, el país que forma nuestra visión del mundo, nuestra historia y nuestra identidad simbólica”.
El director dejó Irán cuando era adolescente y nunca tuvo la oportunidad de regresar debido a restricciones políticas. En el extranjero había hecho películas que no estaban a favor del régimen político en Irán, y si alguna vez regresaba tendría que enfrentarse a consecuencias difíciles como un largo encarcelamiento o la prohibición de salir del país.
Como resultado, durante largos años, vivió “como un gitano” en muchos países de Norteamérica, América del Sur y Europa mientras trataba de “comprender mi nueva posición en la vida”.
Durante todos estos años y hasta el día de hoy, Bahman se negó firmemente a llamarse una persona en el exilio, en ninguna entrevista con la prensa, ni en conversaciones con amigos, ni siquiera en sus discusiones internas.
“El exilio y su tono y connotación trágicos nunca fue realmente el término adecuado para describir mi vida. A pesar de todo, aprendí una gran lección: una vez pierdes tu hogar, perderás hogares por el resto de tu vida”.
Durante los últimos años, Tavoosi vivió en muchas ciudades “buscando desesperadamente” un lugar al que pueda llamar hogar, “donde pueda desarrollar un sentido de pertenencia y conexión, como en el que solía vivir con mi familia durante los años de guerra en Irán”.
Un hogar donde pasaría muchos años “criando una familia, mimando a los niños, entrenando perros y mirando televisión”. “Simplemente encontré tal hogar imposible y lejos de ser una realidad para mí”.
El cineasta cuenta que cualquier lugar al que llegaba se convertía rápidamente en sujeto de su gran aburrimiento y sentido de falta de pertenencia. Constantemente encontraba una mayor necesidad de pasar al siguiente lugar, al próximo país. El promedio de tiempo de permanencia en una casa o ciudad se había convertido en no más de unos pocos meses.
“Poco a poco, a través del tiempo, aprendí que, por un lado fuerte de mi psique y emociones, ansiaba y anhelaba la estabilidad y pertenecer a personas y lugares; y, por otro lado, tenía un monstruo que constantemente soñaba con correr y huir”.
“Por lo tanto, irónicamente, habiendo vivido en tantos hogares, sin tener uno, abandoné la idea de tener un hogar de una vez y para siempre”.
“Hoy, mientras miraba a Richard Parker comer su desayuno en el patio, en el calor de la ciudad de México, recordé esta frase de Buda: ‘Si se vive sabiamente, uno siempre estará en casa. Te conviertes en exiliado cuando vives imprudentemente’”.




















