Festejos no matan luchas
Tenemos que seguir haciendo esfuerzos para seducir y convencer a las y los jóvenes de que la igualdad se trata de un horizonte posible, que los convoca y compromete. Y nada espanta más que un lenguaje agrio y una posición de víctima
El pasado 8 de marzo, fecha en la que se conmemora el Día Internacional de la Mujer, hubo una serie de artículos de prensa y de mensajes alusivos en sitios y observatorios especializados, y en las redes sociales, aquí en Bolivia y también en otros países. Muchos textos se refirieron exclusivamente a todo lo que aún nos falta por avanzar en el cumplimiento de derechos, otros incluso desdeñaron las felicitaciones, que han comenzado a extenderse desde hace años, exigiendo, en cambio, coherencia entre el discurso y la práctica.
La historia nos dice que el 8 de marzo de 1857, un grupo de obreras textiles tomó la decisión de salir a las calles de Nueva York a protestar por las condiciones miserables en las que trabajaban. El 5 de marzo de 1908, también en Nueva York, se realizó la huelga de un grupo de mujeres reclamando igualdad salarial, disminución de la jornada laboral a 10 horas y un tiempo para dar de mamar a sus hijos. Murieron más de un centenar, quemadas en una fábrica de la empresa Sirtwoot Cotton, en un incendio que se atribuyó al dueño de la fábrica para acallar la protesta.
Dos años después, durante la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague, a propuesta de la activista Clara Zetkin, más de 100 mujeres aprobaron declarar el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, cuya primera conmemoración se realizó un año después en varios países de Europa. “En 1972, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) declaró 1975 Año Internacional de la Mujer y en 1977 invitó a todos los Estados a declarar, conforme a sus tradiciones históricas y costumbres nacionales, un día como Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional”.
Coincido con el interés por resaltar que la conmemoración del 8 de marzo no es una fecha que pueda equipararse con otras usuales en el calendario festivo del “día de tal o cual cosa”, señaladas ya sea para festejar algo o para aminorar la mala conciencia social con una celebración (recuerdos, flores, discursos) y borrar las responsabilidades de todo el año. Por el contrario, se trata de hacer memoria a través de la ceremonia (eso quiere decir conmemorar) de una serie de hechos históricos que no fueron precisamente alegres, sino más bien dramáticos.
Sin embargo, no coincido con el tono pesimista y airado con el que se desestiman los avances o las felicitaciones, aunque muchos sean de contenido pueril y superficial. En primer lugar porque, si bien falta acumular fuerzas y añadir resultados para el ejercicio pleno de los derechos de las mujeres, y para una plena posición en la sociedad, ni qué se diga, debemos reconocer lo logrado hasta ahora por muchas generaciones de luchadoras cuyo legado incluye, precisamente, la fecha que se conmemora. Para visualizar logros no tenemos siquiera que ir tan lejos como a principios del Siglo XX, basta con mirar Bolivia durante los últimos 30 años en democracia.
También porque estoy convencida de que feministas y activistas de los movimientos de mujeres tenemos que seguir haciendo esfuerzos para seducir y convencer a las y los jóvenes de que la igualdad se trata de un horizonte posible, que los convoca y compromete. Y nada espanta más que un lenguaje agrio y una posición de víctimas.
La alegría combativa, la ironía y la fiesta han caracterizado siempre la lucha de las mujeres. No las perdamos.
La autora es comunicadora social.
Columnas de CARMEN BEATRIZ RUIZ


















