La Habana para un Infante difunto

Columna
BITÁCORA DEL BÚHO
Publicado el 14/03/2024

¿Recuerdas haber escrito en tu Diario: “la libertad es poder decir que dos más dos son cuatro?”.  -Sí -dijo Winston.  O’Brien levantó la mano izquierda y le preguntó- ¿Cuántos dedos hay aquí, Winston? -Cuatro.

¿Y si el Partido dice que son cinco? (“1984”, George Orwell).

Hay una gran frase del fallecido escritor cubano Eliseo Alberto que me seduce por su contenido nostálgico: “Los hombres de las islas siempre somos náufragos, siempre estamos mirando el horizonte”.

Yo diría que vivir sitiado en la sombra de la soledad es similar a la visión que poseen los que habitan en las islas. En ellas, los dos grandes sucesos de la vida cotidiana son que alguien se va o alguien regresa: el que se va es porque quiere saber qué carajo hay detrás de la línea del horizonte y el que regresa es porque trae cuentos de lo que vio.

Desde hace algunas semanas, he estado releyendo las obras del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, me propuse hacerlo, no sólo  porque en estos tiempos de nauseabundos discursos politiqueros y de torpes aleteos revanchistas, se hace necesario equilibrar el culebrón circense en el que este gobierno se embarcó hacia un horizonte tenebroso e incierto y que, de una manera indirecta, se esfuerza  por hacernos llegar sus olores repugnantes, con una lectura gozosa y profunda de la obra de uno de los más prolíficos escritores latinoamericanos, G. Caín, su seudónimo.

El pasado 21 de febrero se recordaron 19 años sin Guillermo Cabrera Infante. Sin su lengua exquisita y bífida, sin ese don que tienen los gibaros para masticar los avatares de la vida y sin ese su “Cine o sardina” que, a pesar de tenerlo dispuesto en un gran libraco de 480 páginas, siempre era un gran festín verlo en entrevistas, haciendo gala de su humor fino, casi siempre y, ácido, siempre. 

Comencé con “Todo está hecho con espejos”, un libro que reúne 18 cuentos escritos entre 1952 y 1992, con un fuerte contenido autobiográfico.

En este libro, cuyo título toma prestado de los magos de salón que desaparecen dentro de una caja de espejos, Cabrera Infante reconoce que el recorrido que tuvo que hacer desde que abandonó la Habana y la vida que le tocó asumir en el exilio fue desgarradora en el primero, y gratificante en el segundo.

En “La Habana para un infante difunto”, existe una prolongación de la tendencia experimental de esa nueva narrativa latinoamericana que se había iniciado con escritores de talla mayor.

Es una sucesión de relatos que tiene como inicio la autodescripción de un niño, de su vida diaria y de esos pasajes tan vitales que sólo el ambiente en el que se respira con placidez hace las veces de cómplice para reafirmarse con esa trilogía tan humanamente marcada en la literatura del exilio; la presencia, la ausencia y la recurrencia.

En este libro, los cuadros casi turísticos hacen que el proceso de formación, de vivencias y de experiencias del niño de Gibara desemboquen, como una impredecible situación, en el sentimiento más fértil y menos razonable, el amor y su relación indirecta con el sexo.

Desde José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Reynaldo Arenas, Virgilio Piñera, Eliseo Diego, Eliseo Alberto, Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante y tantos otros, la presencia  irresuelta de las pasiones por la isla siempre fueron como esa mirada náufraga que está observando el horizonte.

“Clemencia es una palabra que se usa poco”, dice el comienzo en “Caracol Beach”, de Eliseo Alberto. Yo diría también que orfandad es una condición involuntaria que a menudo se respira en el exilio. Sin embargo no existe la necesidad de quitarse de encima ese sentimiento tan prometedor que impulsa, paradójicamente, la idea casi obsesiva del retorno.

Revisando mi videoteca, encontré algunas entrevistas a Cabrera Infante. La que más disfruto una y otra vez, es la que sostuvo con Joaquín Soler Serrano en su extraordinario programa “A fondo” transmitido por Televisión Española a partir de 1976. “Jamás me sentí partícipe del “boom”, asegura Infante con una mirada infame y contundente.

“Tres tristes tigres” para una Cuba de un Infante difunto. A Guillermo Cabrera Infante la melancolía y los acontecimientos fuertes le vinieron a muy temprana edad. La literatura, (comenzó a escribir a los 18 años) el arresto de sus padres por fuerzas castristras.

Su relación precoz con el amor, la desazón y el desengaño de la revolución le hicieron ver la vida menos luminosa, lo contrario al cuerpo esencialmente nocturno y vívido en Tres tristes tigres.

Una aproximación a la vida con cierto desparpajo, eso que en Cuba se llama “choteo”, burlarse de la realidad, aceptarla con una risa, a veces con una carcajada.

“Yo creo que la revolución se traicionó así misma y que Castro fue el Robespierre y el Napoleón de la revolución y que su afán de poder lo llevó a adoptar el comunismo”. Anotaba Infante con un gesto irónico.

Amo la libertad que tengo en Londres, decía.

Sin duda, esa que refleja en sus obras como una constante inclaudicable, como una sombra que jamás debería abandonarnos.  Memoria y recuerdo son amantes tormentos que se atraen y se repugnan. La primera, nos fue dada para anestesiar el pasado que a veces se hace presente en la ausencia de esperanza. El segundo, para no morir en los abismos del olvido.

Cuerpo divino el de Cabrera Infante. Su obra monumental como escritor refleja la batalla interminable por defender la libertad a pensar distinto. También, esa prestancia para aquilatar la presencia fantasmagórica de la coerción y la ausencia más dolorosa de la felicidad. Recurrencias y ocurrencias de la memoria.

En estos tiempos de hastío, en donde los inventores de revoluciones y procesos de cambio se prenden medallitas en sus pechos tísicos para luego darse la mano y besarse las mejillas enrojecidas por la estafa, la traición y la mentira, redescubrir a Cabrera Infante es una huida placentera hacia la reivindicación de la palabra y la libertad. Sin temor a decirle al mandamás que son cuatro los dedos que se ve, aunque el tirano gruña y se revuelque en el fango para obligarnos a decir que son cinco.

El autor es comunicador social

 

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