Cuando disentir se vuelve soberbia
Nuestro país atraviesa una dinámica recurrente de conflictividad social que ha normalizado marchas, bloqueos y paros como formas de interacción política. Este patrón no es nuevo, pero hoy adquiere mayor intensidad en un contexto de crisis heredada y de intentos gubernamentales por reorganizar el Estado.
La sensación de vivir en un conflicto sostenido no es solo percepción, sino reflejo de una estructura política donde los desacuerdos no logran canalizarse institucionalmente. En este escenario, el problema no es la existencia del conflicto, sino su incapacidad para transformarse en solución.
Hasta ahora, el Gobierno de Rodrigo Paz Pereira, en su esfuerzo por estabilizar la economía y ordenar la administración estatal, enfrenta una oposición frontal de la Central Obrera Boliviana (COB), actor histórico con capacidad real de presión.
Las demandas planteadas, como el incremento salarial del 20 % o, la continuidad de empresas deficitarias, además de otras que incluyen en un pliego petitorio, se presentan sin una propuesta clara de sostenibilidad, mientras que el Gobierno defiende medidas ya adoptadas.
Esta incompatibilidad no solo revela intereses divergentes, sino una ruptura en la lógica del diálogo, donde cada parte se atrinchera en su posición sin construir puentes hacia el acuerdo.
Entonces, en términos políticos, el conflicto muestra una tensión entre poder y disenso. La COB ejerce presión desde la movilización, mientras el Gobierno intenta sostener su legitimidad desde la gestión. Sin embargo, cuando el disenso se convierte en oposición sistemática sin alternativas, deja de cumplir su función crítica y se transforma en un obstáculo para la gobernabilidad.
“Donde hay soberbia, allí habrá ignominia…”, reza el proverbio bíblico, y es precisamente esa soberbia política la que impide reconocer límites, evaluar consecuencias y abrirse a soluciones compartidas.
Con esto en mente, el disenso en una democracia, es indispensable. Permite cuestionar, corregir y evitar la imposición de un pensamiento único que anule la pluralidad. No obstante, su valor depende de su orientación.
Cuando el desacuerdo se limita a negar sin proponer, pierde su carácter deliberativo y se vuelve estéril; en cambio, cuando incorpora alternativas, fortalece la deliberación y mejora la calidad de las decisiones públicas. La diferencia es sustancial: entre bloquear y proponer se define la utilidad del disenso.
En el caso analizado, el disenso ha derivado en una práctica intransigente que dificulta cualquier posibilidad de consenso. La COB no solo cuestiona las decisiones del Gobierno, sino que reduce el espacio de negociación al imponer demandas sin considerar la realidad económica del Estado.
Esta postura no fortalece la democracia, sino que la tensiona, porque sustituye el diálogo por la presión y la deliberación por la imposición, debilitando así la institucionalidad.
Quiero concluir señalando, por lo tanto, que Bolivia se encuentra ante un desafío mayor: reconstruir el sentido del disenso como herramienta crítica orientada a la solución y no al bloqueo. La política exige oposición, pero también responsabilidad.
Cuando el disenso se convierte en negación permanente y el diálogo en una formalidad vacía, la gobernabilidad se debilita y la estabilidad del Estado entra en riesgo. Recuperar el equilibrio entre crítica y propuesta no es solo una necesidad coyuntural, sino una condición indispensable para el funcionamiento democrático.
El autor es docente de la carrera de Ciencia Política de la UMSS
Columnas de EDGAR FERNANDO FLORES PÉREZ




















