El Informe Chilcot y el juicio de la historia
Mientras se espera el juicio de la historia, cabe esperar que sea ante la consciencia de la opinión pública que se vayan esclareciendo los hechos de modo que disminuya el riesgo de reincidir en similares errores
La publicación, el pasado miércoles, en Londres, del Informe Chilcot sobre la participación del Reino Unido en Irak en 2003, ha sido recibida como una señal esperanzadora en momentos en los que las malas noticias que dan cuenta del continuo avance de las corrientes más violentas e intolerantes llegan a ser abrumadoras.
Se trata de una buena noticia porque abre la posibilidad de que por fin, 13 años después de que el por entonces presidente de Estados Unidos George W. Bush iniciara los ataques contra Irak, se inicie un proceso de esclarecimiento histórico sobre el mayor desacierto de la política internacional de los últimos tiempos.
Es importante que eso ocurra porque, pese al tiempo transcurrido, las funestas consecuencias de la equivocación estadounidense están siendo todavía pagadas por el mundo entero. Y no será posible rectificar el rumbo de los acontecimientos que se encaminan a ritmo acelerado hacia una exacerbación de la violencia si previamente no se identifica a los culpables del crimen cometido en 2003 contra la paz mundial y, lo más importante, si no se desvelan los fundamentos políticos e ideológicos en los que tales actos se inspiraron.
Por ahora, son quienes gobernaban el Reino Unido en 2003 los más directamente involucrados en el informe. Es sobre Tony Blair, primer Ministro en aquella época, que cae la mayor responsabilidad, pero a través de él se pone en tela de juicio a todo el sistema político británico que fracasó de manera rotunda a la hora de discernir entre lo que era correcto y lo que no lo era.
El Gobierno español de aquellos años, encabezado por José María Aznar, que por entonces tenía un papel de primer orden en las Naciones Unidas por haber sido miembro del Consejo de Seguridad, aparece también como un principal blanco de las críticas. Y eso también involucra a Mariano Rajoy, quien era vicepresidente del Gobierno que alineó a España tras las tropas estadounidenses en una actitud servil que hirió los sentimientos del pueblo español.
Por la naturaleza del Informe Chilcot, cuyo objeto se limita a la participación del Reino Unido en aquella guerra, quedan fuera de su alcance los principales autores de la guerra, los gobernantes estadounidenses.
Por ahora, de manera casi unánime, el sistema político estadounidense, más allá de las crecientes discrepancias entre las corrientes que lo conforman, ha optado por eludir cualquier debate sobre el tema y no ha dado ninguna señal favorable hacia la apertura de un enjuiciamiento. Sin embargo, el asunto no podrá quedar indefinidamente pendiente y tarde o temprano, los principales responsables tendrán que afrontar el juicio de la historia y el informe británico sin duda dará un buen impulso a ese proceso.
Mientras tanto, y aún asumiendo la posibilidad de que transcurra algún tiempo antes de que en Estados Unidos se haga justicia, cabe esperar que sea ante la consciencia de la opinión pública que se vayan esclareciendo los hechos de modo que, a la hora de elegir a los nuevos Gobiernos, disminuya el riesgo de reincidir en similares errores.






















