De penas a más penas
Hoy debería escribir sobre cosas buenas y bonitas; debería enviar felicitaciones, besos y abrazos, y sólo soy capaz de expresar mi tristeza y empute por cómo vivimos y cómo estamos la mayor parte de los bolivianos. La pobreza y la ignorancia, y la hija de ambas, el miedo, siguen cohabitando entre nosotros y cada vez con mayor presencia. Finalmente, siempre han resultado ser el mejor negocio para los gobiernos de turno, sobretodo, para los menos benignos.
Vuelvo la mirada 30 años y constato que lo único que ha cambiado es el pavimento de la calle principal. No hemos cambiado nosotros y no han cambiado las autoridades; no ha cambiado el pobre honesto y tampoco el pendejo de la cuadra.
La anterior semana, mientras la zona Sur de Cochabamba se inundaba en 15 minutos de fama, como consecuencia de la decadencia del sistema (de valores), una ahijada me pedía ayuda económica para el pie de un lote de terreno que no tiene papeles, ni dueños, ni planos, ni servicios, ni condiciones más que ser la luz de esperanza en la lucha crónica a la que la joven se enfrenta ahora que le toca comenzar a vivir en serio.
Hace un año acabó la carrera de Arquitectura en la pública. Consiguió un trabajo medio trucho –porque hasta ahora la universidad no le entrega su título– con un sueldo trucho y medio de Bs. 1.900, salario que no le alcanza más que para acudir a la ayuda de alguien para acceder a un pedazo de tierra ilegal que le permita vivir en un país en el que el poder, con sus abogados, le meten nomás a la ilegalidad.
Y así, la zona Sur –donde la ahijada quiere comprar el lote ilegal con un Presidente que quiere ser ilegal– se convirtió en río dejando al día siguiente una huella que habla de un desastre moral de proporciones mayúsculas: De loteadores y loteados informados; de autoridades que dicen haber cambiado la cara de la ciudad con un reloj de flores y una ciclovía de kilómetro y medio; de un Gobernador que nadie sabe si gobierna realmente; y de un sistema acostumbrado a vivir de muchos pobres, de la ignorancia de la mayoría y del silencio de los pocos acomodados.
Una pena pues la realidad que se inunda, que se embarra, que se ahoga en ese eterno lamento boliviano por culpa de otro igual que sólo llega –sonriente y besucón– a la altura de la jardinera, esa misma que se lleva el agua por falta de normas, de canales, de desagües, de boca tormentas, por falta de lo esencial y exceso de simpáticos clichés que resultan –en cualquier época– seductores.
Y mientras ellos se ahogan ante la estupidez de las sonrisas de unas autoridades, los otros que somos el resto, sufrimos las penas impuestas por otros gobernantes, por ese grupo de levanta manos que cree que siempre estará en el poder y que ha aprobado un código penal sin haber redactado ni revisado ni entendido una sola palabra.
Es decir, además de las penas que nos recuerdan el exceso o la falta de agua, los salarios de miseria y el trato del sistema, el pueblo boliviano ahora deberá lidiar con unas penas que castigarán su desobediencia al rey, perdón, a la ley.
Somos una sociedad sometida y acostumbrada a vivir como sea: preferimos normar la muerte que la prevención; optamos por el castigo y no por la educación; nos encanta ser iguales porque nos aterra ser diferentes; apenas alcanzamos a comprar lotes ilegales, pero nos seducen los relojes de flores; nos gobierna un dirigente cocalero y un tumba arcas universitarias, mientras los profesionales somos penalizados por ser profesionales.
Mónica Olmos Campos
Comunicadora Social y Doctora en Ciencias de la Educación.
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