Guía emocional para padres

Ciencia
Publicado el 30/06/2017 a las 0h37
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“Todas las emociones son buenas porque aportan riqueza, personalidad, sabiduría, posibilidad y capacidad. Pero la intensidad, frecuencia, inhibición y cambios en su forma de ser o actuar es lo que determina que haya en nuestros hijos un equilibrio o desequilibrio emocional y, en consecuencia, que las emociones les beneficien o perjudiquen en un momento dado de su vida. De ahí la necesidad de darles una educación emocional acertada como padres”, subraya Fernando Alberca en el libro “Cómo entrenar a su dragón interior. Aprende a gestionar las emociones de tu hijo”.

Alberca comenta que, por lo general, los adultos no hemos recibido una adecuada educación emocional y, a menudo, no sabemos diferenciar emociones y sentimientos.

En este sentido, el profesor explica que una emoción “es una agitación en el interior (con manifestación externa) involuntaria pero consciente. Por ejemplo, el miedo, la ira o la euforia”. Los sentimientos, en cambio, son voluntarios y, en palabras del especialista, “están en un lugar superior a las emociones”.

Así, señala que sentir egoísmo es algo involuntario y, por lo tanto, es una emoción. Sin embargo, ser egocéntrico (sentimiento) es voluntario. De igual modo, la emoción del asombro es involuntaria, mientras que sentir admiración (sentimiento) por algo o por alguien es voluntario.

Trece grupos emocionales

El especialista sostiene que existen cuatro emociones básicas que han ido evolucionando y formando variaciones hasta dar origen a 13 grupos emocionales distintos, con un total de 41 emociones y 19 sentimientos. Estas emociones básicas son: miedo, tristeza,  ira y alegría.

Alberca compara nuestras emociones con una montaña en cuyo valle estarían el miedo y la tristeza, en la falda, la ira y en la cumbre, la alegría.

El camino hacia la cima se recorre paso a paso desde el valle hasta lo más alto, de modo que para experimentar una emoción es necesario conocer las anteriores. “Todas y cada una de ellas son necesarias para conquistar la cumbre, el Everest de nuestra emoción y, en buena parte, de nuestra vida”, destaca.

El miedo consiste en una reacción ante lo que consideramos que es un verdadero peligro. Está formado por el individualismo y el temor. “El primero normalmente pasa desapercibido como emoción pero, sin duda, es la base que explica muchos de los comportamientos y manifestaciones emocionales de nuestros hijos”, expone el profesor.

El individualismo es la tendencia a opinar, pensar y actuar sin tener en cuenta a nadie, considerando que no deben someterse a las normas que afectan a otros, incluso a las que todos deben cumplir a su edad. Está formado por el egoísmo, el orgullo, la susceptibilidad, la vergüenza, el complejo, la timidez, el egocentrismo, el narcisismo, el perfeccionismo y la posesión.

El conocido egocentrismo

En lo relativo al egocentrismo, Alberca destaca: “a partir de los tres años y, al menos hasta los siete, es necesario que los hijos aprendan que no son el centro de la familia, excepto en días especiales como el de su cumpleaños o el de los Reyes Magos”.

Sobre la posesión, el profesor indica que algunos niños consideran que los demás viven para ellos, les pertenecen, son su posesión. Por lo tanto, son capaces de amenazar o atemorizar con agresividad o chantaje emocional si no se atienden sus deseos. “Dentro del sentimiento de posesión estarían los celos”, apunta.

Por otro lado, el temor, que también forma parte de la emoción básica del miedo, está compuesto por la inseguridad, la ansiedad, el terror y el pánico.

Para enseñar a gestionar el miedo, Alberca aconseja no solucionarles a los niños los problemas que ya pueden resolver ellos solos. “La sobreprotección les hace tiranos, individualistas e infelices”.

Otra de sus recomendaciones es no concederles lo que pidan si lo hacen de malos modos. Según explica el especialista, esto es especialmente importante entre los tres y los siete años pues a esta edad los niños ensayan lo que repetirán entre los 12 y los 18.

Asimismo, afirma que hay que halagar las cosas buenas que tiene y hace el niño, pues subraya que el halago es el mejor antídoto contra la vanidad.

Otra emoción básica es la tristeza, que se compone del aislamiento, la pena y el pesar. En palabras de Alberca, “es una emoción básica buena porque nos hace darnos cuenta de que no somos perfectos”. Además, señala que la tristeza es una alarma que evita enfermedades como la depresión.

Su recomendación es dejar que los niños sientan esta emoción básica, que aprendan a gestionarla sin hundirse y acudir al rescate cuando veamos que la tristeza les sobrepasa, pero no antes.

Para gestionar esta emoción, el experto propone a los padres que dejen que los niños lloren sin impedírselo.

Nunca justificar la violencia

Del mismo modo, aconseja pedirles que les cuenten qué creen que les hace sentirse así; procurar distraerles con algo que sea más gratificante y premiarles con su satisfacción cada vez que sobrelleven una contrariedad o un dolor físico, por ejemplo.

Si el miedo y la tristeza estaban en el valle, la ira se encuentra en el centro emocional. Consiste en una combinación de repulsa, enojo, indignación y agresividad. Alberca afirma que esta emoción es buena, como el resto. Otra cosa es la violencia, que nunca está justificada.

No obstante, el profesor expone que son muchos los niños que, a partir de los tres o cuatro años, manifiestan una gran violencia gestual, verbal y física. “Suelen ser chicos y chicas más sobreprotegidos de lo que debieran”, destaca.

El experto expresa que el control de la ira se aprende también por imitación, por lo que subraya que, delante de los hijos, hay que actuar dando ejemplo de cómo la ira puede controlarse siempre. “Cuanto más gritan los padres, más difícil es que sean obedecidos adecuadamente y aún más serlo la próxima vez”, añade.

Hay que explicarle al niño que irritarse en exceso, es decir, que se note en sus malos modos “es síntoma de inmadurez, descontrol, demuestra su debilidad de carácter y le hace parecer antipático, maleducado y primitivo”, aconseja.

Para enseñar a gestionar la ira, Alberca recomienda pedirles a los niños que cuenten hasta diez cuando sientan que su enfado e irritación ascienden, antes de decir nada.

También señala que hay que acostumbrarles a pensar en lo peor que puede acarrearles un enfado. Otro de sus consejos es hacer que se miren en un espejo durante un buen rato cuando estén muy enfadados, pues el ridículo del enfado a menudo provoca la relajación y el cambio de actitud.

Afecto y capacidad de superación

Tras haber caminado a través del miedo, la tristeza y la ira, llegamos a la cima de la montaña, donde se halla la alegría. Esta emoción básica engloba el agrado, la serenidad, el contento, la aceptación, la compasión y el afecto.

El autor de “Cómo entrenar a su dragón interior” sostiene que el afecto “es el remate de nuestra conquista emocional. Tiene tres emociones involuntarias (compañerismo, afinidad y enamoramiento) a las que siguen tres sentimientos definitivos: la amistad, el compromiso voluntario y el amor”.

El profesor manifiesta que las emociones de la alegría, como el compañerismo y el enamoramiento, o los sentimientos como la amistad y el amor, son tan sensibles e importantes que cualquier exceso conlleva errores, malentendidos y deterioros de consecuencias desagradables.

Así, detalla que la gestión de la alegría está directamente relacionada con valores decisivos en la vida, por ejemplo, la capacidad para superar obstáculos, el optimismo y el equilibrio emocional.

“Debemos explicar a nuestros hijos que la vida tiene al menos un problema que resolver cada día y que la felicidad es totalmente compatible con ellos. Si uno espera no tener preocupaciones para ser feliz, nunca lo será porque la vida está llena de contratiempos”, aclara.

 

“La sobreprotección les hace tiranos, individualistas e infelices”, afirma el especialista.

“Debemos explicarles a nuestros hijos que la vida tiene al menos un problema que resolver cada día y que la felicidad es totalmente compatible con ellos”, destaca Fernando Alberca, autor del libro “Cómo entrenar a su dragón interior”.

El experto expresa que el control de la ira se aprende también por imitación, por lo que subraya que, delante de los hijos, “hay que actuar dando ejemplo de cómo la ira puede controlarse siempre”.

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