A la Eva de todos los días
No sé, nadie lo sabe en definitiva, cuál será nuestro último adiós, nuestras últimas palabras, ese adiós que a diario y en silencio va tallando su inevitable destino a la sombra tenue de nuestra existencia.
Si la vida misma es incierta, la muerte ha de ser uno de los hechos más enigmáticos de la humanidad, una pérdida insustituible que, aun estando seguros de su llegada, nos aterra pensar que tarde o temprano nos llevará sin remedio alguno.
“Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! Dice el poeta de Santiago de Chuco, César Vallejo. Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte”. (…)
La muerte llegará naturalmente con el tiempo como su mejor aliado, se presume. Será en el ocaso de la vida, cargando los años: 60, 70, 80. Aun así difícilmente será una resignación inmediata.
Pero para una niña de 12 años, Eva, que apenas estaba conociendo los nombres esenciales de las cosas, las tenues virtudes de la humanidad para reparar en el semejante, cayendo en la cuenta de que las necesidades más vitales existen y se les aparece cada día, como potros de bárbaros Atilas, en la mesa y en el plato vacío de los que tienen poco o nada, su temprana muerte es una afrenta, una infamia. Eva murió de hambre, ese es un agravio, una ignominia.
Pero también es un telón que redescubre la otra pobreza de este país, la de sus gobernantes y su política demagógica e ineficiente. La de los intereses personales y partidistas que reduce a nada el verdadero poder de servicio y de gestión. El ogro filantrópico que se tropieza en su propia torpeza, en sus “dones” y en su obtuso poder de mando para dar y derrochar los recursos con fines políticos que convengan al mandamás y sus huestes.
Eva ya está en el paraíso que le negó su país y su Gobierno o, cuando menos, una vida digna, donde su alimentación, salud, educación, vivienda y servicios básicos tendrían que haber estado garantizados como derechos humanos elementales.
El rostro de Eva y sus necesidades se reproducen en los de las niñas y niños que aún se mueren de hambre en esta Bolivia que balbucea su “bienestar”. Siempre será una prueba irrefutable de que aún continuamos siendo un país disfuncional con un Gobierno que se gasta y vocifera lo que no tiene, asumiendo, sin pudor, que se está ingresando rápidamente a un club de países prósperos y equilibrados.
Eva debe ser una sonaja que nos recuerde constantemente cuán importante es aceptarnos simplemente humanos, generosos y comunes, sin arrogancias ni soberbias, donde nuestro elemental sentido común nos guíe hacia los ojos que nos miran desde la precariedad y la necesidad.
Las grandes ideologías de derechas e izquierdas se deben hacer añicos frente a esta afrenta: morir de hambre en un siglo aciago en el que Marte está cada vez más próximo a ser conquistado que la erradicación de la extrema pobreza y la muerte por inanición en este mundo ancho y ni tan ajeno. Esas ideologías que no sirven para nada sino se fijan como meta esencial y prioritaria una gestión para la humanidad y desde la humanidad, ha probado, sin presupuesto, su estafa y su demagogia. Sus desmedidas ambiciones han conducido hasta el sinsentido de su existencia.
En Bolivia, puede más el laberinto del poder y la sed de acaparar espacios y de decidir quién va preso y quién no, qué se hace con el dinero de sus gobernados y qué no, quiénes se benefician y quiénes no, que construir la equidad desde la justicia y la distribución de la riqueza desde la prioridad social. En esta Bolivia que nos aqueja y duele todos los días, las carencias sociales y las necesidades de los que tienen menos están como siempre: idas, olvidadas, profundas.
Eva y toda su familia es una prueba irrefutable de cómo se están manejando los destinos de este país, cómo, sin ningún pudor, se malgastan millones en monumentos a la egolatría, al capricho, a la apariencia. Felicidades compradas, bienestar social a plan de dádivas. Construyendo un país pedigüeño, sujetando el futuro y las esperanzas de su gente a la buena o mala voluntad de sus gobernantes.
Eva de todos los días, de la verdadera realidad que se hace carne en el drama más repulsivo e increíble de este siglo: pasar hambre, no tener qué llevarse a la boca en el día y, literalmente, morir en el intento.
Canalla ha de ser ese Gobierno que no invierta en el estado de Bienestar de su país, en las necesidades más urgentes de sus habitantes, en salud, en vivienda, en vivir dignamente y sin humillaciones. Sin pasar hambre, miseria y desconsuelo.
Eva de todos los días, de ver que su inocente rostro y su delicado cuerpecito se multiplican en todos los que pasan hambre, abandono y que, pese a todo eso, continuarán permaneciendo en las mismas condiciones: ignorados, sin que nada haya cambiado, sin que nadie pueda tener la voluntad de cambiarlas.
Eva ha dejado una zanja profunda entre la mentira y la verdad. La primera, utilizada como instrumento político que muestra una realidad que no es. La segunda, una impostergable obligación de este Gobierno de hacer gestión y gobernar desde los cimientos. Dejar de ser un ogro filantrópico que siempre aplica las políticas del parche y los bonos. Ocuparse de problemas sociales reales. Invertir dinero, esfuerzo y voluntad en hacer sostenible una vida digna, impidiendo que esos golpes de la vida, tan fuertes, que siempre se posan en los más desprotegidos, eviten continuar abriendo zanjas oscuras en los lomos más débiles.
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.



















