Envejecer es un privilegio
Hace poco escuché en la calle a una persona de unos veintitantos años referirse a otra, en muy mal tono, como ¡vieja! También lo leí hace unas semanas, en las redes sociales, cuando se referían a una señora como “vieja de M” cuando ésta maltrataba a otra.
Sin entrar en detalles acerca del racismo, la xenofobia y otros males que aquejan al país, me sorprende el hecho de usar la palabra “viejo” o “vieja” como un insulto.
Los adultos mayores, según el Instituto Nacional de Estadística, pasarán a representar el 9,5% de la población dentro de dos años y el 2030 serán el 11,5%, reflejando el inicio del proceso de envejecimiento de la población.
Se calcula que la edad media está por los 27 años, y la esperanza de vida promedio llega a los 72,5 años: 69,1 años para hombres y 75,9 años para mujeres. Para el 2020 la esperanza de vida para los hombres subirá a 70,5 años y 77,5 años para las mujeres. Ello implica que no nos ponemos más jóvenes, sino más viejos.
A los números fríos se añade este escalofriante dato: según Cáritas en Bolivia se atienden mensualmente entre 250 a 300 casos de maltrato a las personas adultas mayores, lo que da una media de tres a seis casos día, de los cuales, cuatro o cinco responden al maltrato originado en la familia y la comunidad.
Entonces, surge la pregunta obligada: si queremos vivir mucho más ¿cómo es que no hemos aprendido a respetar a los mayores?
Sabemos que la vejez conlleva muchos problemas de salud y deterioro. Si le añadimos la pesada carga social de transformarla en un epíteto, ¿hacia dónde vamos?
Probablemente a un abismo insondable y contradictorio, porque queremos vivir mucho pero no ser viejos. Pocos llegan a la vejez. Muchos abandonan este planeta sin haber probado sus alegrías y tristezas. Alejandro Magno era viejo a sus 33. Sucre fue asesinado a sus 35. Bolívar falleció a los 47. Y así podría seguir en un inmenso listado. Por eso, considero que llegar a vieja es un privilegio que no todos tienen. Y no es sólo un tema de cantidad de años sino la habilidad de disfrutar de cada momento, respetando sus oportunidades y desafíos.
También es importante que cada generación entienda y explique a la siguiente el respeto por la vida en cualquiera de sus fases y la sabiduría para que cada gobierno administre los recursos en pro de la población, no sólo por aquellos que votarán viendo si los pueden seducir a su favor.
Al mismo tiempo, corresponde a cada familia dedicarle unos momentos a revisar su sino, a verificar que el rol de cada quien esté consolidado y fortalecido por una serie de valores y respeto al otro, para que, finalmente, la esperanza de vida no sea sólo una sumatoria de años, sino una vida con esperanza.
La autora es máster en comunicación social y periodista.
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