Unasur y su agonía
Los procesos de integración son útiles cuando integran. Las razones son obvias si entendemos que bajo esos cánones, las posibilidades de crecimiento y desarrollo aumentan. Cuando la tónica adquiere matices ideológicos, los procesos se estancan. Y ojo, no es que la ideología no esté presente en los tiempos políticos de los países de la zona. Lo negativo es cuando estando presente, ésta se antepone a todo criterio económico y de complementariedad, en una pérdida de visión periférica y de mundo que todo gobernante debe evitar en todo momento.
Cuando así acontece, y cuando lo que pesa es la fuerte carga ideológica que imprimen quienes solamente tienen el objeto de posicionar posturas políticas, el fracaso es inevitable. Eso aconteció con Unasur. Surgió motivada por el capricho, billetera e hígado de Chávez y fue secundado por sus acólitos que, rebosantes de alegría, creían que la mejor vía para mofarse del autocreado y gratuito enemigo común como es Estados Unidos, pasaba por dar vida a bloques sudamericanos que tenían que ser los respondones de los gobiernos de la órbita chavista. Su primera señal fue clara: Néstor Kirchner, primer Secretario General.
En teoría, no existe un solo bloque que se constituya sin fines cuando menos comunes y de interés de sus integrantes. Prima, sin duda, una lírica muy propia de los políticos en la que pretenden mostrar que dando vida a este tipo de organizaciones y por arte de magia, la economía mejorará, se abrirán más mercados y se producirá más. ¿Por qué entonces Unasur terminó en una total inactividad fruto de su ineficiencia e improductividad? Lo que aconteció fue que al haberse dotado desde su génesis con una carga ideológica radical, antidemocrática –como es todo lo que engloba el socialismo del siglo XXI–, confrontacionista y notoriamente inepta si la comparamos con otros bloques de integración, su futuro dependía de los cambios políticos en los gobiernos del continente. Cuando primó nuevamente la racionalidad en Argentina, Ecuador, Brasil, Chile, y se ratificaron las señales mesuradas de Colombia y Paraguay, entonces los abanderados de Unasur –ya muy pocos– quedaron en la orfandad.
Ahí es cuando uno se da cuenta de que todo lo que pudo haberse escrito cuando se fundó no sirvió para absolutamente nada y sí para edificar elefantes blancos como el Parlamento asentado en el Valle Alto. Los caprichos de una nomenclatura chavista que tuvo acceso a fondos públicos en cada uno de sus países son la señal más elocuente del grado de ignominia al que puede llegar la política.
Unasur pudo haber sido un eslabón más en el proceso siempre necesario de integración regional. No lo fue porque sirvió a otros propósitos. Si acaso desde su inicio se hubiese constituido en un referente de verdadera integración, alejado de posturas radicales que vociferaban contra todo lo que no fuera chavismo y su perorata, olvidándose que en materia de integración económica no existen colores políticos, probablemente Bolivia no estaría tan sola en el ejercicio de la Presidencia pro témpore.
Así los hechos, los gestores ideológicos de Unasur creyeron que podían vivir del discurso de masas –el que arenga en todo momento contra todos los que asumen posiciones diversas– y del estilo populista que con sus tónicas es lo más demagógico que se ha conocido hasta ahora. Se equivocaron, y con el yerro se llevaron por delante millones de dólares del erario público en obras inexplicables.
Hoy, Choquehuanca habla de la necesidad de una voluntad política de presidentes. Dudo así acontezca, si aun hay satélites tan cerca al fascismo y tan lejos de la democracia. Nicaragua y Venezuela son un ejemplo. Estamos, por tanto, en la postrimería del entierro de uno de los fraudes y estafas políticas más grandes de la historia sudamericana. Hablo de Unasur.
El autor es abogado.
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