En la lógica del agravio
La dimensión del funcionario público en cuanto a la responsabilidad que le es inherente y a la naturaleza de la que está revestida, genera deberes y obligaciones ineludibles a la hora de evaluar conductas. Nadie más obligado a demostrar mesura y circunspección que aquél que desempeña una función pública. Las circunstancias así lo exigen. El contacto y vinculación con la opinión pública también. Cuando así no acontece, el escarnio es implacable. Y debe serlo. Las razones, por obviedad, escapan a cualquier ponderación.
Y es que en Bolivia, en nuestra azarosa vida política, nos hemos encontrado con personajes de diferente talla y cualidad. El paso de las décadas ayudó a decantar conductas, otra obviedad. Hoy, impensable que se produzcan y exterioricen conductas como las de Melgarejo en su momento. Nadie haría disparar a su camisa, por ejemplo.
Al ser así, la evolución del conocimiento, que trae consigo, además, la de la conducta de las personas, no permite ser condescendiente con hechos que afectan la sensibilidad humana o con aquellos que por su indiscutible vulgaridad, constituyen ofensas que cuando menos, exigen la censura colectiva.
Percy Fernández debe ser, guardando relación de espacio y tiempo y, por supuesto, datos históricos, el Melgarejo de hoy por su incansable esfuerzo por ser vulgar. Lo son también, por supuesto, todos aquellos que aplauden gestos y actitudes que no condicen con la evolución del conocimiento y la conducta, y que de manera servil, aplauden gestos impropios en una sociedad que en pleno siglo XXI exige otro tipo de talante. Y no solo me estoy refiriendo a ofensas hacia la dignidad de las personas, también hacia la condición de la mujer y, recientemente, hacia la sensibilidad de los paceños.
Me resulta intolerable que una autoridad electa, por serlo, haga gala de un nivel de irrespeto y que al hacerlo probablemente acuda al expediente de ampararse en cuentos urbanos, en tradiciones costumbristas o en formas de ser del pasado. Nada de eso es válido en coyunturas como la actual y no solo en Bolivia, también en el mundo civilizado.
Las lecciones que la vida te da deben servir para reconducir estados de comportamiento e incluso formas de pensar. Cambiar el estribillo “Oh linda La Paz” a la que añadió “colla incapaz” es propio de una persona que vulgaridad por delante, demuestra una absoluta falta de ubicación en escenarios, lugares y de perspectiva del entorno en el que se halla.
Con propiedad, Cecilia Chacón condenó esas expresiones: “es condenable que las máximas autoridades que nos representan, incurran en estereotipos que afectan la dignidad de las personas, que implican además temas de discriminación. Es una conducta que da un pésimo ejemplo y no corresponde a una autoridad de la jerarquía que él tiene”, dijo.
El código de conducta que exige circunspección en una autoridad electa, más aun cuando la misma trae consigo un bagaje de experiencia, no tiene porqué tener límites. El respeto hacia los demás, autoridad o no, tampoco. La diferencia la hace aquél que gracias al voto de la gente accede a un cargo público frente al compromiso que asume mientras ejerce competencia del mismo. Por tanto, es inaceptable que seamos tolerantes con actitudes que exigen la máxima condena ciudadana.
El ejemplo que se da, fácilmente puede dar cabida a actos posteriores, en generaciones más jóvenes, no solo en su relacionamiento entre pares, sino con personas de diverso sexo y con la mirada que puedan tener sobre las instituciones y su manejo. Este no es un hecho que deba ser soslayado y que deba ser puesto como una anécdota más de una persona que constituye un vergüenza para la sociedad. Fernández podrá ser un buen o mal alcalde; podrá ser querido o resistido. No importa. Lo que sí queda claro, es que está obligado a respetar al país y a los bolivianos, de donde provengan. Tan simple como eso. No lo entendió Melgarejo en 1864, no lo hace Fernández el 2019.
El autor es abogado.
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