Olas de odio en Estados Unidos
Un nuevo brote de violencia, esta vez en El Paso (Texas) y Dayton (Ohio), donde sendos tiroteos causaron la muerte de una treintena de personas y dejaron heridas a varias decenas, ha vuelto encender las señales de alarma sobre lo lejos que está llegando y lo rápido que está avanzando una espiral ascendente de fanatismo en Estados Unidos.
El tema no es nada nuevo. Por el contrario, matanzas como las de los últimos días tienden a ser parte de la cotidianidad estadounidense. Tanto, que ya son merecedoras de la atención mediática sólo cuando los muertos se cuentan por decenas. Y pasan desapercibidas muchísimas otras, que se producen casi a diario pero sólo se registran en las estadísticas rutinarias, porque las víctimas son sólo dos o tres o, más desdeñable aún, porque son negros, latinos o miembros de alguna de las minorías que son objeto de creciente discriminación.
Si a las matanzas más visibles, como las dos más recientes, se suman las decenas de agresiones criminales inspiradas en el odio y la intolerancia que afectan a menos de 10 personas, las cifras alcanzan dimensiones espeluznantes.
Las causas de ese fenómeno son muchas, pero hay una que ha sido identificada como la principal. Se trata del odio promovido por las organizaciones que enarbolan la supremacía WASP (======white, anglosaxon and protestants====) como su bandera principal. Una bandera que acoge las más diversas vertientes del fanatismo y la intolerancia.
Clara muestra de lo anterior es el lugar protagónico que durante los últimos tiempos han adquirido en el escenario político estadounidense movimientos extremistas. El Ku Klux Klan (KKK) y decenas de agrupaciones que cada vez más franca y abiertamente reconocen su filiación neonazi son solo algunos ejemplos de lo dicho.
El fenómeno, gravísimo de por sí, lo es más si se considera que muchos de los más reconocidos propagandistas de esa causa operan desde los más altos niveles del gobierno de Estados Unidos. Nada menos que el presidente de ese país es uno de sus líderes principales.
En Donald Trump se encarna lo lejos que ha llegado la connivencia entre organizaciones supremacistas y gruesas corrientes de la élite gobernante, con el cada vez más explícito propósito de desafiar los fundamentos básicos de la institucionalidad democrática y republicana de su país.
Algo de tranquilidad da el vigor con que se multiplican las reacciones en contra de esa tendencia. Pero eso no basta para despejar el temor de que las tendencias se estén inclinando hacia la peor de las posibilidades.















