Corrupción y democracia
Como ya es habitual desde hace algunos años, el informe anual de Transparencia Internacional (TI) sobre el estado de la lucha contra la corrupción en diferentes países del mundo ha sido tema de muchas polémicas durante los últimos días.
Se trata de un informe que merece ser tomado en serio, pues ofrece un parámetro fiable sobre la manera cómo algunas de las principales organizaciones del ámbito financiero internacional, además de empresarios de primer nivel, perciben lo que ocurre en cada país, lo que es asumido como uno de los principales elementos de juicio de inversionistas, políticos y gobernantes a la hora de tomar decisiones sobre sus vínculos con cada país analizado.
En lo que a Bolivia corresponde, el último informe ofrece un dato esperanzador. Es que si bien nuestro país todavía figura entre los peor ubicados en el Índice de Percepción de la Corrupción, este año muestra una leve tendencia positiva. Aparece en el puesto 123, frente al 132 del año anterior, entre 180 países analizados.
Esa mejora, muy relativa por lo demás, es insuficiente para que Bolivia salga del grupo de los peor calificados, junto con Venezuela y Nicaragua, lejos de los que avanzan en la dirección correcta, como Chile y Uruguay, países que aparecen como dos excepciones en medio de Latinoamérica que vuelve a aparecer como la región del planeta más afectada por la corrupción.
Lo más alarmante, además del obvio daño económico que la corrupción ocasiona, es que la proliferación de prácticas corruptas se presenta en nuestro continente como un directo resultado de "clara tendencia" a "restringir el espacio de la sociedad civil" en una región en la que proliferan líderes autoritarios y populistas.
Una característica de ese proceso de destrucción de la institucionalidad republicana, identificado como uno de los factores de los que se nutre la corrupción, es que no reconoce fronteras ideológicas. Así, por ejemplo, líderes tan dispares como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Nicolás Maduro y Daniel Ortega, unidos sólo por su espíritu autoritario, comparten el mismo desprecio por las instituciones fiscalizadoras, lo que según TI sería una de las causas de la tendencia general hacia un empeoramiento.
A partir de esos datos, TI llama la atención sobre lo directa que es la relación entre corrupción y salud democrática. Una razón más, como si no hubiera ya muchas, para velar por la preservación de nuestras instituciones.



















