Catorce años de resistir a Evo Morales
Cuando Evo Morales ganó las elecciones de 2005, los bolivianos y el mundo quedamos asombrados. Por primera vez un indígena ganaba la elección de forma legítima con el 53% de los votos.
Fue un hecho histórico. El mundo lo abrazó y lo vio como un Mandela, salido de la pobreza, que tomaba el poder para mitigar las diferencias sociales y económicas en un país donde la mayoría de sus habitantes son indígenas.
Su gobierno se desarrolló en un contexto excepcional. Implementó el modelo económico extractivista y los precios, principalmente del gas, se fueron al cielo y los ingresos fiscales se multiplicaron.
El Gobierno aprovechó la bonanza a pesar de que no diversificó las exportaciones para realizar transformaciones estructurales de fondo, ni aplicó políticas públicas en favor de los marginados.
El poder lo obnubiló. Cometió el error de seguir siendo presidente de las seis federaciones cocaleras del Chapare y permitió el aumento de cultivos de coca. También hizo la vista gorda al contrabando, al mercado informal y empezó a gastar el dinero de los bolivianos como nuevo rico.
Obtuvo mayoría parlamentaria y cambió las leyes a su favor. Quitó la independencia del Poder Judicial y del Electoral. Empezó a perseguir a las voces disidentes, coartar la libertad de prensa y a enjuiciar a sus opositores sin verdadero justificativo. Muchos oponentes se autoexiliaron por temor a los juicios. Jóvenes que habían estudiado en el exterior se quedaron allí porque aquí no conseguían empleos.
A esto se sumó la corrupción desmedida y hoy se ha iniciado procesos a los masistas y muchos están siendo detenidos.
Sólo un ejemplo. Gastó siete millones de dólares en la construcción del Museo de Orinoca, en el lugar donde nació, que hace culto a su imagen, en vez de invertir esa suma en su pueblo, ubicado en medio de la nada que carecía de luz, agua y servicios básicos.
Otro acto de egocentrismo fue cuando mandó a hacer bustos con su imagen y los colocó en plazas al estilo Hussein y Stalin. También mandó a construir la “Casa del pueblo” y otros edificios innecesarios en lugar de hacer hospitales y colegios. A esto se sumó la compra de aviones y se hizo cientos de otros gastos absurdos.
Aquél carismático pastor de llamas sin instrucción, que apenas habla español, desvaneció aquellos deseos de hacer una Bolivia incluyente y plural y todo acabó en retórica.
¿En qué quedó lo fundamental que es el acceso a la salud, la educación, servicios básicos y sacar a la mayoría de la pobreza y el marginamiento?
La oposición temerosa y sin liderazgo quedó inerte. La ira de los bolivianos, sin embargo, creció a pasos agigantados.
Todo estalló el 21F cuando Evo convocó a un referéndum para su reelección (que además era ilegal) y lo perdió. Este, sin embargo, se presentó a las elecciones de octubre pasado e hizo un fraude monumental que fue comprobado por la OEA y los comicios se anularon.
Aquello indignó a los bolivianos y toda la rabia contenida de 14 años fue expresada de forma espontánea cuando los bolivianos salimos a las calles a protestar de forma pacífica en lo que se llamó la rebelión de las pititas.
El movimiento fue encabezado por la nueva generación de jóvenes –que no había conocido a otro presidente– y las mujeres. Fue tan genuino que dio resultados. Morales se sintió acorralado y terminó renunciado y huyendo. Fue la sociedad civil quien lo hizo caer y no un golpe como se sigue afirmando.
Hubo una sucesión constitucional, y hoy contamos con una presidenta legítima, Jeanine Áñez que ha convocado a nuevas elecciones para el próximo 3 de mayo.
La autora es periodista y escritora
Columnas de VERÓNICA ORMACHEA






















