Covid-19: nuestra poquedad

Columna
DÁRSENA DE PAPEL
Publicado el 30/03/2020

Toda orden que implique la supresión de la libertad no cae bien a nadie; al menos a nadie debería parecerle bueno –pienso yo– que le ordenasen quedarse en su casa, so pena de arresto y multa económica, a no ser que fuese por su propio bien.

El ideal del bien –propio y ajeno– no está entre las virtudes primordiales del hombre de hoy, sobre todo, en sociedades poco conscientes como la nuestra. Si para lograr ese bien se nos pide quedarnos en casa y no lo hacemos más que por decreto de cuarentena obligatoria y bajo amenazas de sanciones extremadamente duras, quiere decir que andamos escasos de responsabilidad con nosotros mismos y con los demás.

La pandemia del coronavirus trajo al mundo una renovada sensación de que somos pequeñísimos frente a la inmensidad de lo desconocido, y, pese a la tragedia sin distingos de ninguna clase, la única certidumbre de que nuestra inteligencia resulta insuficiente para resolver a tiempo problemas incluso relativos a la supervivencia se presenta como una buena oportunidad para mejorar como especie.

Otra cosa es el pesimismo de quienes, como yo, no creemos que los seres humanos seamos bastante inteligentes como para saber aprovechar esa oportunidad.

De trabajar por uno mismo para beneficiarse individualmente y a la vez beneficiar a los demás; de mejorar uno para mejorar la sociedad hablaron y enseñaron, hace más de dos mil años, con profundo juicio, los estoicos.

Dentro del mismo concepto de individuo que vive en sociedad, calculo que el súmmum de la virtud –como parte de una ética que es propia del estoicismo– podría alcanzarse, quizá, encumbrando una palabra clave: ayudar.

Generalmente, cuando uno piensa en ayudar piensa en la bondadosa entrega de algo material, propio, a alguien que no es uno. Pero es posible ayudar (a otro, a los demás) ayudándose también a uno mismo. Este es el caso de la cuarentena por el Covid-19.

Por otra parte, ser más virtuosos podría ayudarnos a ser menos idiotas, por ejemplo, para no salir de casa cuando se nos dice casi a punta de fusil que solo así podemos minimizar el riesgo de contraer el temido coronavirus.

Pero eso tan sencillo de entender está condicionado al uso de la razón; otra palabra clave. El razonamiento, como pilar de conducta, tampoco aparece entre las virtudes sustanciales de la humanidad, desde siempre débil y por eso sometida a sus emociones o viceversa: harto emotiva y por eso frágil

No quiero decir con esto que las emociones sean malas, obviamente que no, pero sí que dejarse llevar (solo) por ellas suele traer dolores de cabeza que podrían evitarse con el uso (más disculpable) de la razón.

Con un mundo absorto, de cabo a rabo desconcertado, es toda una ironía que el coronavirus pueda dejarnos cosas positivas, lecciones o enseñanzas de vida para los que seguimos adelante mientras él decide atrozmente a quién matar y a quién no.

Y es que el maldito virus ha llegado para cambiar la historia, y a movernos el piso. Este es un tiempo de sacudón de los cimientos, como cuando de la nada se desatan los terremotos y uno queda librado al capricho de la naturaleza o del destino. Un momento en que algunos aprovecharán para repensarse y plantearse cómo ser un poco menos ellos, absurdamente ellos; una porción de humana humanidad soñándose, algún día, mejor.

Mejorar es posible, aunque bordeando los cincuenta me queda poco de soñador y no tengo esperanzas en que la indispensable condición de la responsabilidad individual y comunitaria vaya a darse algún día. La estoica sabiduría –adivinen– tampoco se encuentra en el catálogo de virtudes de este mundo irrefrenablemente contagiado no solo de un virus nuevo, sino también de necedad.

No, las privaciones de la cuarentena no nos convierten en abstinentes ascetas de purificadas almas; ahora falta que nos sintamos mártires por unos días o unos meses sin salir de casa...

En medio de la vorágine de estos siglos, de la abrumadora predisposición a lo anodino como forma de existencia, para esa gente que lo tiene todo o no padece de grandes necesidades, algo de escasez material y humildad espiritual –¡conciencia de nuestra poquedad!– no viene nada mal.

 

El autor es periodista y escritor

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