Remesas y Covid-19
A punto de superar un récord de caída del empleo en el mundo, parece que los más afectados en América Latina serán las familias que dependen desde hace muchos años de las remesas. Este flujo de efectivos, representó para Bolivia durante los últimos 15 años alrededor de 1.000 millones de dólares anuales. A pesar de algunas caídas en algunos periodos esos ingresos fueron importantes para mejorar la calidad de vida de muchas familias de migrantes.
Desde inicios de este año, la situación ha venido cambiado a escenarios cada vez más difíciles. En un reciente informe, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) ha señalado que los migrantes con salarios más bajos son los más vulnerables a los efectos de la pandemia de Covid-19 y también indica que el papel que juegan esos trabajadores migrantes en la reactivación de la economía es fundamental porque muchos de ellos trabajan en sectores esenciales.
De acuerdo con estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) del año 2017, alrededor de 164 millones de personas eran trabajadores migrantes y representaban cerca del 21 al 18% de todos los trabajadores en Norteamérica y en Europa, respectivamente.
Esto significa, aproximadamente, que uno de cada cinco trabajadores en esos países son migrantes y que, por efecto de la pandemia, han estado entre los más afectados por los despidos y las restricciones de movimiento, lo que directamente incide en la generación de medios de vida, efecto de la pérdida de sus negocios o empleos.
Las historias son numerosas y están ocurriendo desde México hasta el extremo sur de Sud América. En el caso de Bolivia, muchas familias del área rural y de las áreas periurbanas han sido afectadas directamente. Miles viven del dinero que envían sus familiares desde el exterior. Los montos de esas remesas varían desde los 50 hasta los 400 dólares, mensuales. Los flujos principales vienen principalmente de España e Italia. También de Estados Unidos y otros países, todos sufren o han sufrido los efectos de la pandemia.
Recibir esos “dineritos” les ha permitido ampliar sus ingresos familiares que, ahora, se han visto mermados por la caída brusca del empleo en los países de donde se las envían. Son familias que están ahora imposibilitadas de pagar las pensiones escolares, cubrir su alimentación o pagar deudas bancarias y esa situación representa para ellas un duro golpe.
Para el caso de Bolivia, una estimación de lo que se ha reducido ese flujo de ingresos que reciben de parientes que han emigrado al exterior se sitúa en un 70%. Esa disminución de sus ingresos se suma a la desocupación resultante del cierre de negocios y de los ajustes de planillas que realizan las empresas ajustes y que pueden incrementarse en los próximos meses, afectando de manera significativa los niveles de ocupación laboral.
La realidad de las familias bolivianas que viven en condiciones económicas próximas a la pobreza es muy compleja y difícil de sobrellevar sin esas remesas que se convirtieron en una verdadera bendición para el país.
El flujo de ingresos que esos envíos representaban, por encima de los 900 millones de dólares anuales, se está viendo afectado sensiblemente desde el primer trimestre de este año y se agravará en el segundo trimestre por efectos de la pandemia.
Un shock económico y social que afecta a la mayor parte de las familias dependientes de las remesas y si bien los bonos familiares que hoy se han puesto en vigencia en el país, han sido importantes, resultan insuficientes para una situación tan precaria. Si a eso se le suman las cuarentenas extendidas, la situación se complejiza y sus perspectivas no son muy halagüeñas.
El autor es analista del Ceres
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