Para que no me olvides
Esta columna se adelanta en una semana, exactamente al 6 de junio, fecha en que se celebra el Día del Maestro. Por mi vida escolar y universitaria, además de tener otros maestros en diversos campos de vida, en todos estos viajes han pasado maestros a los que no olvido: esos que me hicieron conocer la pasión como fuerza impelente que abre geografías vastas y magníficas a los estudiantes.
Carl Gustav Jung afirma: “Uno recuerda con aprecio a sus maestros brillantes, pero con gratitud a aquellos que tocaron nuestros sentimientos”, nada más cierto que eso, el recuerdo más lejano que resguardo en la memoria es a una profesora de literatura en el colegio, ella es Melita del Carpio, con quien hoy la vida nos encuentra en un proyecto creativo, mi maestra de letras, con ella conocí por primera vez a Julio Cortázar, recuerdo además que bajo su iniciativa, siendo una adolescente, trabajamos junto a mis compañeras en un periódico creado y gestionado por el curso. Ahí se inició una definitiva y larga relación con las palabras.
Y claro está, también guardo el recuerdo de la directora del colegio y de muchos profesores con los que atravesé esas aguas, a veces, turbulentas del conocimiento. Uno puede olvidar el apellido de sus maestros, pero nunca el primer nombre y sobre todo el rostro, esos rostros que se quedan en un archivo cuasi nostálgico de la etapa escolar. Tengo así un espacio concurrido de profesores que arriban ahora mismo, al momento de la escritura de esta columna y, de verdad, irrumpe una sonrisa y constato el poder que tienen sobre nosotros los buenos maestros, como afirma Andy Rooney: “La mayoría de nosotros no tenemos más de cinco o seis personas que nos recuerdan. Los maestros tienen miles de personas que les recuerdan por el resto de sus vidas”.
En la etapa universitaria hubo muchos otros, para una tímida bachiller de un colegio de monjas, la Universidad fue toda una travesía. En la carrera de Comunicación tuve maestros con los que terminé de decidir que lo mío era el mundo de las palabras y también de la docencia, además, cabe recordar que mi padre ejerció hasta la jubilación una labor docente con absoluta entrega. Por tanto, el escenario estaba listo, hoy ejerzo la misma vocación desde la virtualidad y hace un tiempo en las aulas cuando no había pandemia. En este sentido y en todos los sentidos, va este reconocimiento a todos los maestros y el influjo de su pasión que se replica en las aulas y también a todos los colegas que ejercen esta inigualable vocación de entrega.
La autora es escritora y docente universitaria
Columnas de CECILIA ROMERO






















