Repensar las ciudades
El mundo entero, interpelado por la pandemia, se encuentra revisando sus categorías de relacionamiento, producción y sostenibilidad.
Continuar repitiendo que nadie estaba preparado para enfrentar una situación de esta gravedad puede convertirse en un acto de irresponsabilidad frente a la necesidad de tomar decisiones imprescindibles y urgentes. No se encuentra de por medio una necesidad cuya solución permita tomarnos un tiempo que no existe. Está de por medio el bien más preciado y el único que justifica cualquier sacrificio y atención: la vida de las personas.
En este periodo de ensayo y error, se han desarrollado –desde la perspectiva de la medicina– protocolos básicos que permiten aprovechar la información existente y proponer conductas para prevenir, en la medida de lo posible, el contagio. Utilizar barbijo, lavarse las manos, distanciamiento social, evitar concentraciones y reuniones en lugares cerrados son normas de bioseguridad de las que, al parecernos tan elementales, no alcanzamos a tomar consciencia cabal del peso que ellas tienen.
Sin embargo, las consecuencias de la falta de ejercicio de esas actitudes, la omisión de repetirlas sin cesar, llevan a enfrentar consecuencias que se cuentan con ausencias. Difícilmente hay en este momento un núcleo humano que ya no cuente con un miembro despedido.
Unida a la urgencia, están las otras conductas, las que traemos desde antes de marzo de 2020, para evaluar las consecuencias de nuestros comportamientos, individuales y colectivos. Y como las concentraciones humanas se producen en ciudades, ahí está el punto de mayor atención. Se han multiplicado los webinarios para debatir los retos de esta categoría que se denomina “pensar la ciudad” y así identificar las urgencias y priorizarlas.
Revisando las agendas y el listado de necesidades que requieren respuestas, encontramos con ironía que las planteadas en los burgos de la Edad Media no difieren radicalmente de nuestras urgencias actuales, modificando solamente volúmenes y proporciones. Seguridad ciudadana, mercados, basura, provisiones alimenticias, servicios básicos, utilización del agua, espacios públicos continúan siendo las preocupaciones de las hoy llamadas mega ciudades, áreas metropolitanas o ciudades intermedias.
Igual que con las medidas de bioseguridad que impone la pandemia, hay otro listado sobre el que necesitamos tomar consciencia a marcha forzada. En Bolivia no existe consciencia urbana… no están resueltos temas básicos como la vialidad, la gestión de los residuos sólidos, el ocio productivo… No existe consciencia medioambiental… somos décimos en el mundo, en términos de emisiones de carbono per cápita, debido a la acelerada tala de bosques y a los chaqueos. Necesitamos que la vida, la sociedad, la economía y el gobierno que se desarrollan en las ciudades, sean eficientes, transparentes, habitables, amigables y sostenibles. Debemos sentirnos habitantes, ciudadanos, administrados para quienes trabajan en la burocracia y la gestión pública, y no a la inversa…
Frente a todo ello, proponemos construir un modelo de ciudades inteligentes y productivas a la medida de nuestras necesidades y que, considerando a las ciudades intermedias, puedan gestionarse territorialmente de manera integral. Cuando aceptemos que en Bolivia sólo existen 24 municipios sobre un total de 339, con población mayor a 50.000 habitantes, recién comprenderemos cómo soportan los 315 municipios restantes la presión migratoria por las necesidades insatisfechas de su población.
Necesitamos construir un pacto de cohesión social, un acuerdo entre diversos, para encontrar la solución. Solos, eso será imposible.
El autor es director de Innovación del Cepad
Columnas de CARLOS HUGO MOLINA


















