Auto de buen gobierno y otros autos
Para añadirnos más restricciones, se dictó (¡cómo no, siempre hay dictadores!) lo que se conoce como el “auto de buen gobierno”. Ese tiempo fue algo especial, sin duda: no transitaban autos por las calles ni por ninguna otra parte; por solidaridad con el otro “auto”, no tenía que haber estridencias de ninguna clase. Silencio sepulcral reinaba en la ciudad. Estaba prohibido pensar; y, por consiguiente, tampoco se podía hablar mucho.
La vida es a veces contradictoria. Si lo que se llama “buen gobierno” restringe libertades, el malo debe ser aquel que no coarta; más bien debe ser concesivo, tolerante y, en todo caso, más gobierno. El primero, al revés de lo que sucede con el malo, debe ser libertario y reivindicativo, debe ser el de los antihéroes, de esos que haciendo mal, por ser malos, se distinguen. Los políticos pertenecen a esa categoría: son buenos por ser malos. Por eso Bolivia es la nación más próspera del planeta.
Me place escuchar música; cada día oigo por lo menos alguna melodía sentimental y romántica. Y ese día malo, bueno por consiguiente, cámaras y micrófonos monopolizaban el espacio y las pantallas como si estuvieran en competencia. Todos mostraban o hablaban de elecciones. Ese era el único tema. ¡Qué días más malos, es decir, buenos, buenísimos, los que hemos soportado con callada resignación! Por culpa de los azules, en poco tiempo hemos tenido cuatro elecciones, con sus respectivos “autos”.
No hace mucho que estuve de paso en Madrid. Y me topé casualmente con una jornada de elecciones. Si alguien no me avisaba, no me hubiera enterado, porque los españoles no paralizan su ciudad con ese motivo; son menos inteligentes que nosotros, los originarios kollasuyeños. Fue un día normal y corriente. A ningún gobernador se le ocurrió ser bueno ese día, después de ser malo todo el año. Los autos de toda clase transitaban con toda libertad por las calles y avenidas.
A su turno, el régimen del “proceso de cambio” también dictó sus “autos de buen gobierno”, tenía la intención de ser tolerante y flexible. De golpe y porrazo, como quien dice, incorporó al parque automotor más de 100.000 autos chutos, y éstos en seguida se fueron a vaciar los surtidores. El caudillo quiso hacerse el Robin Hood criollo; quería que los cocaleros, los originarios y contrabandistas tengan también su autito. El Gobierno les facilitaría después los papeles para nacionalizarlos. Ese arranque de generosidad era parte sin duda de la “revolución democrática y cultural”, de cuya ventaja se ufanan tanto los azules y los azulejos.
Ojalá que estos “autos” no vuelvan pronto, por lo menos no con la frecuencia de ahora último. Como tenemos harta plata, “le metemos nomás”. Pese a que se apodan “de buen gobierno” eran malos, malísimos, hasta se aliaron en su momento con la pandemia; atacaron ambulancias, dinamitaron puentes y caminos. ¡Son terribles!
El autor es columnista independiente
Columnas de DEMETRIO REYNOLDS




















