La purga

Columna
Publicado el 22/04/2021

Los viejos tiempos no están muy lejanos, el fantasma de José Stalin anda suelto y el coreano Kim Jong-un tiene colegas sudamericanos que quieren seguir sus pasos. La historia tiene sus caprichos y no es difícil encontrar a la vuelta de la esquina personajes que parecen extraídos de antiguos manifiestos.

Al expresidente Evo Morales nunca le gustaron las críticas. Si llegó a ser el máximo dirigente de los cocaleros en la década de los 90 del siglo pasado seguramente no fue por sus buenas maneras, ni por su apertura, sino por la férrea disciplina que impuso para que nadie observara sus decisiones.

De las múltiples anécdotas que se cuentan sobre su presidencia, sobresalen aquellas que tienen que ver con la torpeza con la que trataba a sus ministros y el desprecio por la dignidad de sus ministras. Los comentarios machistas u homofóbicos eran frecuentes en público y en privado.

Y ni qué decir en materia de horarios. No es malo que un presidente madrugue y comience a trabajar a las 5:00 de la madrugada, pero de ahí a que obligue a embajadores, representantes de organismos internacionales y hasta delegados presidenciales de otros países a reunirse con él en esos horarios, hay una distancia que bien puede medirse como abuso y prepotencia, una “melgarejeada” por decir lo menos.

Morales, además, fue un mal perdedor. En noviembre de 2019 no admitió que debía ir a una segunda vuelta luego de no conseguir la diferencia necesaria para ganar en la primera y optó por huir del país e inventar, con asesoría externa, la teoría de un golpe de Estado inexistente sobre el que se ha polemizado abundantemente.

Con el fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya sobre el diferendo boliviano chileno sucedió algo parecido. Para Morales no se trató, como en realidad fue, de una derrota catastrófica, no cruenta como la de fines del siglo XIX, pero de consecuencias similares para la reivindicación histórica del país, sino de un mero traspié diplomático. De hecho, la visión del vencido fue que ese tribunal en realidad instó a ambos países a dialogar para encontrar una solución a sus diferencias. Demás está decir que no solo Chile, sino el mundo entero, no entendió así el resultado. Pero vaya y pase.

Y en el plano más frívolo y cotidiano, al expresidente le gustaba jugar al fútbol, pero siempre y cuando tuviera garantizada la victoria. Obviamente los partidos, televisados casi todos, se jugaban en una cancha “inclinada”, no solo porque en el equipo de Morales jugaban ex futbolistas profesionales, sino porque cuando el “capitán” –siempre lo fue– recibía el balón debía abrírsele un callejón que lo llevara derechito al gol y sin obstáculos. La única vez que alguien se atrevió a marcarlo, se llevó como “premio” presidencial un furibundo rodillazo.

El tiempo de la derrota llegó para Morales, más allá de los triunfos de su partido. Su vida ya no es la misma, claro. Durante 13 años lo tuvo todo a mano: aviones, viajes –oficiales y de turismo deportivo– edecanes, varias vagonetas de seguridad, un canal para filmar todos sus caprichos, un helicóptero “al techo”, un costoso museo personal y un auténtico séquito que le aplaudía por todo y por nada, además claro de millonarios recursos para llenar el país con las imágenes de su supuesto éxito.

Al exmandatario, el poder que todavía ejerce sobre los cocaleros y el partido no le es suficiente. No es lo mismo mandar en el Chapare que en Palacio y eso debe ser doloroso para quien disfrutaba de la autoridad “suprema”. Lo enfada no inspirar miedo, que ya nadie le rinda culto o que los pasajeros de un vuelo comercial lo obliguen a bajar de un avión a punta de insultos.

Ahora todo juega en su contra, incluso los resultados electorales. Ya no es el rey Midas de la política. No todo lo que toca se vuelve oro, mucho menos los candidatos que recibieron su bendición y fueron derrotados en los principales municipios y en la mayoría de las gobernaciones.

Para remate, ya no tiene el monopolio de la representación étnica, ni es el único indígena políticamente exitoso. Varios exmilitantes de su partido o de organizaciones afines van por su cuenta y con buenos resultados. Es el caso de Eva Copa en El Alto, que incluso lo llamó “mentiroso” en respuesta a denuncias infundadas que Morales lanzó contra ella, o de Santos Quispe que puso en duda su “hombría”. Más respondones que sumisos, ambos se han convertido en un ejemplo a seguir por otros que hasta hace poco permanecían intimidados por el que se hacía llamar Jefazo.

Morales carece del aura de inocencia, de sencillez y de víctima que explotaba siempre para responder a sus críticos “blancos”. Hoy no tiene argumentos para rebatir los cuestionamientos frecuentes de los propios indígenas a su liderazgo y se refugia, porque no le queda más, en la adulación de quienes compartieron con él las mieles de su gobierno y que, como él, quisieran ir siempre en busca del tiempo perdido.

Y entonces, el líder venido a menos amenaza con una “purga” en el partido y el Gobierno, para ver “qué hacemos con algunos dirigentes, inclusive asambleístas permanentemente hablando contra algunos exministros, contra Evo, hasta contra el Gobierno, ya nos damos cuenta que no son militantes, porque el militante tiene que tener disciplina y vamos a avanzar en la disciplina”.

Poco a poco, Morales se ha ido convirtiendo en el principal adversario de Arce. No solo por su intención de realizar una limpieza de los críticos partidarios, sino porque es el causante de las tensiones internas que han derivado en contrastes electorales y en el sabotaje a la gestión de algunos ministros.

Sin el poder de antes, el exmandatario solo es noticia desde la agresión y la polémica. “Yo quiero decir a todos los compañeros, con mucha paciencia aguanté, aguanté por la unidad y por la campaña, y casi todos los que estuvieron en la reunión dijeron que ese antievismo ya está en el Gobierno”, advirtió hace poco.

Por preservar la fuerza declinante del “evismo”, Morales arriesga la fortaleza y unidad de su propio partido, y de paso dificulta la gestión del Gobierno.

Como Stalin o Kim Jon-un, aunque desde la orilla de un poder que ya no ejerce, el expresidente apunta hacia varias direcciones para escarmentar a quienes han tenido el atrevimiento de criticarle. Quiere seguir siendo el líder, el capitán, el “10” del equipo, el retrato multiplicado hasta el cansancio en calles, despachos y avenidas, el “padre” del MAS, el “líder supremo”, la estatua parlante que da instrucciones desde su trono de mármol. Pero el tiempo pasa y lo que todos, incluido Morales deberían entender, es que la historia también hace sus purgas.

 

El autor es periodista

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