Vivir en democracia
La vida es el valor supremo, trasciende cualquier ideología, y la democracia es el sistema más justo para vivir en sociedad. Dos conceptos profundos que, de ser asimilados, construirían una sociedad de bienestar. La política como opción de vida, libro íntimo, testimonial de Antonio Araníbar Quiroga, reflexiona sobre estos temas, y nos recuerda la larga y sacrificada lucha de dieciocho años contra la dictadura militar, de la gente valiosa que dio su vida, o la arriesgó, para alcanzar la democracia que ahora zarandeamos.
Los oportunistas de siempre, comenta Araníbar, inmediatistas e inescrupulosos, creen que la vida es apenas una carrera de cien metros que sólo sirve para ocupar el poder lo antes posible y a como dé lugar. Es cierto. En su obtuso y antiestético correteo, buscan estar bien con Dios y el diablo, con sindicatos, militares, sectores sociales y las embajadas estadounidense, rusa o china, según su pretendida y manifiesta inclinación, tan lejos ella de la verdad de su conducta. También están pronto dispuestos a pactar con cualquier rival, por supuesto, con tal de no “perder espacio”, aunque no haya ninguna coincidencia ideológica o programática que los acerque entre sí.
Pero en algún momento su armadura se triza y se derrumba, y de repente quedan desnudos, sin la posibilidad de esconder su alma turbia, sus colmillos filos, sus uñas largas, demostrando que para conservar el poder estiraron el concepto de democracia como si fuera un pedazo de plastilina, y lo moldearon de acuerdo con sus ambiciones acendradas.
Pero lo cierto es que la vida debe concebirse, más bien, como una maratón, opina el mismo Araníbar, donde el proyecto sólido se construye a largo plazo, y donde debemos persistir por ser coherentes con nuestras ideas y consecuentes con nuestros principios aun cuando el piso tiemble y nos agobie la presión. En política, la motivación principal debe ser contribuir a mejorar la calidad de vida de la sociedad. Para ello hay que encontrar una posición equidistante entre el gélido socialismo y el miserable capitalismo. Ahora es muy fácil ser un masista fanático, defensor a ultranza de Evo y sus excesos, o un opositor con mentalidad pre-1952, dedicado a compartir idiotas memes racistas en lugar de trabajar en un proyecto alternativo de carácter nacional. El desafío principal del político es ser demócrata, tener en lo posible un criterio propio, reconocer los aciertos del rival, criticar sus equivocaciones con lógica constructiva, y contribuir en todo momento al progreso.
En la larga maratón habrá conflictos sociales, decepcionantes casos de corrupción perpetrados por propios y extraños, sacudidas en la economía, y hasta una inesperada pandemia como la que hoy nos azota. Pero ningún contexto, por muy dramático que sea, debe ser resuelto violentamente. No podemos dar ningún espacio a individuos primarios que, con la excusa del “orden” y el “escarmiento” a comunistas o reaccionarios, toman el poder y saquean el Estado a manos llenas vulnerando los derechos humanos.
Como bien dice Araníbar, el gobierno del MAS es el resultado de diversas luchas populares que se dieron en distintos momentos de la historia. No se explica su llegada sin la revolución del 52, donde una irrupción campesina, obrera y popular definió un nuevo escenario, tampoco sin la intensa lucha contra la dictadura, del 64 al 82. A pesar de todos sus atropellos y de los descomunales casos de corrupción, no se puede negar que, en su larga gestión de casi quince años, se introdujeron cambios importantes. Sin embargo, la persistencia inconstitucional de Evo Morales por permanecer en el poder, y la apropiación prepotente de instituciones que debieran ser independientes, fisuran y hasta quiebran la valiosa democracia.
Lo que corresponde hoy es trabajar por un proyecto alternativo al MAS en el que no se promueva un tonto retroceso, sino un salto adelante, consolidando la democracia plurinacional y pluricultural, con instituciones independientes, transparentes, que velen por los derechos de todos, inclusive de aquellos que estuvieran en desacuerdo. Un proyecto que no gire alrededor de ningún pretencioso diosecillo, que más bien promueva el trabajo en equipo –interdisciplinario, intergeneracional, con equidad de género–, para que nadie pretenda adueñarse de este país que nos pertenece a todos.
El autor es arquitecto, lemadennis@gmail.com
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