Estados fallidos e inviables
Existen teorías que establecen la existencia de estados fallidos y estados inviables. Los estados inviables serían aquellos que conquistaron su independencia frustrada en los siglos XIX y XX y que hasta el presente no poseen soberanía. Estos estados se debaten en la pobreza, el autoritarismo, con economías débiles basadas generalmente en el extractivismo constituyéndose en sociedades violentas, caóticas y con gobiernos dirigidos desde el exterior.
Por su parte, conceptúan a los estados fallidos, a aquellos que no pueden dotar ni de servicios básicos a su población, que carecen de riquezas naturales suficientes y que viven en la miseria.
El común denominador de ambas clases de estados es la corrupción política y la podredumbre judicial de las que se desprende el resto de las degeneraciones estatales.
Señalan que en muchos de estos estados el poder es detentado por poderosos grupos ligados al narcotráfico, por lo que estos teóricos hacen referencia a la existencia de narco-Estados.
Pero debe tenerse en cuenta también (más allá de esta clasificación) que el nuevo poder mundial, encarnado en el “Nuevo Orden Mundial”, conocido con la abreviatura NOM liderado por la plutocracia occidental y que de manera separada en la China se presenta en la modernización del expansivo “Sistema de Tianxia” que ya fuera establecido en la Dinastía Zhou en 1.046-256 a. C., ambos poderes tienen por finalidad debilitar y destruir a cada uno de los estados del mundo para establecer un solo “Estado Mundial”, con una sola “gobernanza” (neologismo que en buenas cuentas reemplaza a la palabra gobernabilidad).
En cuanto a lo nuestro sólo nos queda el recuerdo de la reticencia de Bolívar para constituir Bolivia como Estado, pero prosigue la lucha por consolidar nuestra soberanía, siendo evidente que nuestro país jamás vivió tan dramática desmantelación institucional como la actual. Ni en las guerras del Acre, del Pacífico, del Chaco, ni en la truculenta Guerra Civil Federal, encontramos hecho destructivo tan profundo.
Bolivia está sumida en el horror, el terror, el descontrol, la violencia, el imperio de la delincuencia y la inversión de valores. Territorios libres dentro del territorio. Gente que baila mientras otra llora a sus muertos. La vergüenza o dignidad personal, de hombres y mujeres, está desapareciendo. Los buenos están siendo sustituidos por los malos. Todo es normal, el blanqueo de capitales, el carterista que opera en los buses, los funcionarios públicos que exigen coimas hasta para poner un sello, los hospitales públicos y la Caja Nacional de Salud transformados en antros despiadados, los ítems fantasmas; los basurales (vertederos) convertidos en fuente de grisáceas negociaciones.
Secuestros, asesinatos, “arreglo de cuentas” a punta de bala; sobreprecios en construcciones públicas, venta libre de narcóticos en universidades, colegios y hasta en escuelas. El sistema judicial encanallado, operadores judiciales que venden sentencias, simples oficiales de diligencias convertidos en altos magistrados, el delincuente puede ser administrador de justicia y el inocente puede estar en la cárcel.
Las personas en las calles, plazas, lugares de trabajo, en los restaurantes, seguramente también en los servicios higiénicos con sus ojos enclavados en el infaltable teléfono celular que provoca disociación social anclada en la idiotización.
Reaparecen momias políticas colgadas de la leva del candidato presidencial con la insaciable ambición de trepar nuevamente al poder, vagos y malentretenidos apetitosos de encaramarse en algún cargo público conformando barras altisonantes apuntalando a su pretendiente presidencial.
La enumeración de estas distorsiones sociales puede extenderse “ad infinitum”. El lector tendrá que definir si las teorías de estados fallidos, inviables y el imperio del NOM y Tianxia no son más que invenciones.
El autor es jurista
Columnas de GONZALO PEÑARANDA TAIDA

















