La gran incógnita del próximo Gobierno
La gran incógnita del Gobierno entrante se llama Rodrigo Paz. Existía, y existe aún –si bien Paz ha dado señales, buenas y malas– una gran interrogante sobre su capacidad como gobernante.
Paz es, a diferencia de sus principales excontendores, todos candidatos a la presidencia más de una vez, una figura nueva a nivel nacional, y como tal más una esperanza que una certeza.
Antes de la elección Paz tampoco tenía, a diferencia, por ejemplo, de Tuto Quiroga o Evo Morales, un perfil ideológico bien definido. Su sorpresivo éxito electoral se debió a la exigencia del electorado de renovación, también en la oposición, más bien que por su posicionamiento en el espectro político. O sea, como reza el dicho popular, no era ni chicha ni limonada.
Su campaña demostró signos inconfundibles de improvisación. Su lista de candidatos a la Asamblea estaba incompleta al terminar la primera vuelta. Aparentemente su bancada tiene muchos exmasistas oportunistas. Su plan de gobierno, especialmente en el tema económico, se manifestaba esquemático, más un índice de un plan que un plan completo.
Cuando debatió con Tuto Quiroga leía los encabezados del texto del plan de gobierno, demostrando, uno, que no tenía el dominio de la materia, y dos, que eran solo eso, encabezados. Su primer candidato a la vicepresidencia, un empresario, renunció al poco tiempo de haber sido elegido. Su reemplazante, un populista, provenía del otro extremo del espectro ideológico y, por si fuera poco, le salió respondón.
La percepción a la que dio lugar la actuación de Paz resultó en un aumento significativo en el precio del dólar en el mercado paralelo a poco que se conoció el resultado de la segunda vuelta, reflejando la incertidumbre y desconfianza con el nuevo presidente electo.
En contraposición de la impresión de improvisación que daba su candidatura, Paz desde que ganó la elección en segunda vuelta ha dado señales de madurez política, realismo y pragmatismo.
Así lo demuestra su repudio al MAS y a la ALBA, su acercamiento a EEUU –que no va a ser gratis, lo cual es sujeto de todo un otro análisis– a las instituciones multilaterales de crédito, y al deseo expresado de hacer de Bolivia un destino interesante a la inversión extranjera y local.
Lo mismo muestra la incorporación a su equipo de los principales asesores económicos de la campaña de la alianza Unidad, todo lo cual ha ido lejos en hacer retornar la confianza hacia su futura gestión; no otra cosa significó el retorno del precio del dólar a los niveles imperantes inmediatamente anteriores a su elección, poco después de la misma.
Aparentemente el nuevo Gobierno gozará de un apoyo condicionado en la Asamblea por parte de la Alianza Libre, condicionado no a cargos en el Gobierno sino más bien al criterio de esa agrupación respecto de las medidas de gobierno que se adopten. Además, contaría con el apoyo de la tercera y cuarta bancadas más grandes con lo cual al menos tendría una mayoría si es que Alianza Libre se desmarcara, con lo cual contaría con una base sólida de gobernabilidad.
Sin embargo, lograr la estabilización y sinceramiento de la economía será incomparablemente más difícil que dar señales adecuadas para la gobernabilidad. El nuevo Gobierno tendrá que tomar medidas impopulares para equilibrar la economía y parar la inflación.
Para tener una idea de cuán difícil será implementar un plan de estabilización sólo bastan las declaraciones de dirigentes transportistas que aun antes de asumir el nuevo Gobierno ya se oponían a que se quiten los subsidios a los hidrocarburos y tengan que pagar un precio que refleje el valor real de los mismos, esto a pesar de que son los principales perjudicados de tener que hacer largas filas para conseguir diésel y gasolina.
Evo Morales intentará nuevamente, como es su muy conocido modus operandi, desestabilizar al Gobierno haciendo ingobernable el país con bloqueos y marchas en su intento de que se lo habilite para ser otra vez candidato presidencial en elecciones anticipadas.
También eso fue lo que intentó en el gobierno de Luis Arce. Sin embargo, el fracaso de esos intentos demostró que Morales ya no tiene la capacidad de hacer renunciar un Gobierno.
Su capacidad de movilización se ha visto grandemente disminuida, a tal punto que se podría considerarla como un problema más que afrontar y no como una amenaza existencial, excepto por la reacción popular que significará la aplicación de un programa de estabilización.
Lo que tendrá que afrontar el Gobierno es que Morales se monte encima de la reacción popular en contra de medidas particularmente impopulares, medidas imprescindibles para salir de la recesión-inflación en que nos encontramos, aumentando grandemente su capacidad de convulsionar el país.
En sistemas presidencialistas como el nuestro, el poder Ejecutivo, el cual encabeza el presidente, es, donde los poderes del Estado son formalmente iguales, “más igual que los otros poderes”, y por tanto determinante en la función de gobernar. Es en esa medida que Bolivia depende de Rodrigo Paz.
¿Implementará un programa de estabilización digno del nombre? Más importante aún, y también más difícil de hacer ¿tendrá la habilidad política y la fortaleza, venga lo que venga, para implementarla hasta que tenga éxito y rinda sus frutos?
El autor es economista
Columnas de CARLOS GUEVARA RODRÍGUEZ

















