Venezuela, Ucrania y las esferas de influencia (II)
En cuanto a esferas de influencia se refiere, Ucrania sería la Venezuela de Rusia, pero con una salvedad: EEUU consideraba, hasta la presidencia de Joseph Biden, que todo el mundo era su esfera de influencia.
Al desaparecer la Unión Soviética recuperaron su soberanía las varias naciones que habían conformado ese imperio. Algunas de esas naciones, particularmente las islámicas del Asia central, no tenían nada en común con la civilización rusa.
En cambio, Ucrania era particularmente cercana histórica y culturalmente a Rusia, por tanto, formaba parte natural de la esfera de influencia rusa, tanto geográfica –comparten una larga frontera– como políticamente. Pero al volverse el mundo unipolar, Ucrania también se encontró en la esfera de influencia de EEUU.
Tanto es así, que EEUU tuvo una actuación activa mediante altos personeros diplomáticos y políticos en las masivas demostraciones que forzaron la renuncia del presidente ucraniano proruso Viktor Yanukovych el 2014, lo cual a su vez dio lugar a que Rusia capture Crimea y el extremo oriental de Ucrania.
Si bien la emergencia de China como un creíble rival de EEUU, y la relativa recuperación e irredentismo de Rusia, han cambiado la figura del mundo unipolar existente inmediatamente después de la caída del muro de Berlín, EEUU aún es la mayor potencia militar del mundo y, hasta el Gobierno de Biden al menos, empeñada, en la medida de lo posible, a mantener a todo el mundo como su esfera de influencia.
Es por eso que Biden consideró la posterior invasión de Rusia a Ucrania en 2022 una violación a la esfera de influencia de EEUU, aun cuando Ucrania también formaba parte de la esfera de influencia tradicional rusa, por más que Rusia ya sólo fuera una potencia regional. Ucrania tuvo el infortunio de estar justo en la frontera de las esferas de influencia de estas dos potencias.
El apoyo masivo de EEUU a Ucrania durante la presidencia de Biden fue presentado como la defensa del orden mundial sujeto a reglas universales de comportamiento entre naciones, o sea, la defensa de la independencia y soberanía de Ucrania democrática contra la invasión de la Rusia autocrática, –esos valores coincidiendo convenientemente en ese caso con el interés geopolítico de EEUU– cuando en realidad la guerra en Ucrania es una pugna geopolítica por determinar a qué esfera de influencia pertenece ese país.
En cambio, el gobierno de Trump no comparte, uno, la posición de que se debe defender Ucrania al máximo –con la única limitante siendo la de no entrar en guerra con Rusia– y dos, la pretensión de EEUU de tener a todo el mundo como su esfera de influencia.
La filosofía del actual gobierno de EEUU se ejemplifica con la cita del historiador griego Tucídides en su libro Historia de las guerras del Peloponeso, en el siglo quinto A.C., en las que Atenas disputaba el liderazgo del mundo griego con Esparta. En esa guerra, Atenas consideraba que había que controlar la isla de Melos. Por tanto, dieron a sus habitantes un ultimátum: o se someten o los conquistaremos, lo cual procedieron a hacer ante la negativa de la isla a someterse, ejemplificando la máxima “los poderosos hacen lo que les permiten sus fuerzas y los débiles ceden ante ellos”.
En otras palabras, cuando las reglas actuales de comportamiento entre naciones, que se supone debían ser acatadas por todos, entran en conflicto con los intereses de las potencias capaces de imponer su voluntad, se impone el interés de las potencias, así sea por la fuerza.
Dicho esto, esas reglas al menos lograban atenuar la lógica del más fuerte, mientras que ahora estas son reemplazadas abierta y expresamente por la ley del más fuerte.
Esa es la diferencia entre la política exterior del gobierno de Biden, representante por excelencia del antiguo consenso estadounidense poscaída del Muro de Berlín, de la política exterior estadounidense de su actual Gobierno.
Es así que Trump resucita la doctrina Monroe, por la cual EEUU se declara hegemónica en el hemisferio occidental, sin lugar a que otras potencias extra hemisferio puedan interferir. Esta visión significa la existencia de una simetría respecto a otras potencias, las cuales tendrían el mismo derecho en sus respectivas esferas de influencia compuestas por sus entornos geográficos inmediatos.
En ese sentido, el mundo de Trump se asemeja mucho más al mundo de principios del siglo XX que al de la Guerra Fría, cuando existía un enfrentamiento geopolítico e ideológico con la Unión Soviética. El mejor ejemplo de esa realidad lo dio el presidente Theodore Roosevelt. Roosevelt no tenía escrúpulos en intervenir cuando así lo dictaba el interés nacional, arrancando a Panamá de Colombia para construir el Canal de Panamá, permitiéndole de ese modo el control del estratégico trafico marítimo entre los océanos Pacifico y Atlántico.
Es por eso que Trump no apoya incondicionalmente a Ucrania, y más bien tiende a darle más la razón a Rusia, cuando éste país condiciona la paz a sus demandas maximalistas en cuanto a territorio, seguridad e intervención externa se refiere.
Y también es por eso que Trump intervino en Venezuela, pues el régimen de Maduro cometió el pecado de desafiar a EEUU y de aliarse con potencias extrahemisféricas.
El autor es economista
Columnas de CARLOS GUEVARA RODRÍGUEZ

















