Nuestra pasión victimista

Columna
CARTUCHOS DE HARINA
Publicado el 18/01/2026

Los mitos profundos de Bolivia del siempre actual libro de Guillermo Francovich ayudan a detectar otros, solo en parte heredados de la Revolución francesa.

Por ejemplo, este: el pueblo insurrecto es la forma de construir; es la fuente del progreso social. Eso tiene también que ver con el prurito iluminista de la libertad; en ciertas naciones, mutó en la liberación colectiva o en fulminar el régimen colonial. El núcleo del discurso de la independencia es gráfico: “somos víctimas, nos oprimen, rompemos cadenas”.

Y el cristianismo es la fuente de la compasión por la víctima. El victimismo ha sido una vía de desahogo para este pueblo de memoria agraria, criado en el catolicismo. Su molde es la historia bíblica de judíos vejados por egipcios y romanos. Enrique Dussel ensaya una explicación así, por ejemplo. En esa prédica religiosa mucho después se montó el nacionalismo o la izquierda.

Criada en esas matrices afectivas y prepolíticas, la gente sencilla repele a las élites. Son las premisas de la teología política boliviana. Se trata de sentimientos y prejuicios que forman una noción popular del bien, desde la que se parte.

Luego se le otorgará pretensión de verdad intemporal con argumentos, razones o teorías. Pero su origen emocional y cultural la precede. La épica del pueblo inocente y mártir, el pueblo de Dios que se alza, tiene potencia entre nosotros. Otras naciones también la portan, pero aquí es predominante.

Nada menos nietzscheano que uno de los sustratos del ideario –no de su práctica– de un boliviano promedio: quien se desprende de la colectividad es sospechoso de intereses espurios.

Ya la proclama de la Junta Tuitiva, no en vano redactada por un radical y religioso, el cura Medina, se inscribe en esa tradición. Está el victimismo: “degradándonos de la especie humana, nos ha mirado como a esclavos”. También la bajeza de los endemoniados: “estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el menor título, y conservadas con la mayor injusticia y tiranía”.

“La bastarda política de Madrid” serviría hoy de eslogan para todo uso: “la bastarda política de Washington”, por ejemplo. O “la bastarda política de La Paz”, para sus detractores regionales. En fin, el último conflicto bien pudo poner en boca de los maestros trotskistas: “la bastarda política del ‘español’ Paz Pereira”.

Son simplificaciones comunes en política, pero el centro de su mensaje es persistente en Bolivia. Sus causas pueden ser o no legítimas: el marco comunicacional es invariable.

Fue el informe del virrey Abascal el que usó la metáfora de la tea encendida, pero curiosamente esa frase fue recogida con pasión por historiadores, políticos y pueblo, asignándola al sublevado paceño de 1809, Pedro Domingo Murillo.

La alegoría del virrey encajaba así en la promesa de un edén en el que el fuego revolucionario aniquilaría la injusticia. Previamente, la rebelión de Katari dejó su propia liturgia de los abusos y el sufrimiento. Esto es independiente de que efectivamente hubiera hechos que confirmaran ese cuadro. La sensibilidad general es igual conmover(se) desde ese marco moral y afectivo.

Rossana Barragán reproduce en uno de sus trabajos la proclama de Mocomoco del 20 de septiembre de 1781, de Carlos Poma Katari. En esta se hallan los mismos motivos sentimentales: “las minas se componen todo de chapetones más ladrones que cristianos (…) y quienes los miraban en aquella Real mina a los infelices indios, peores como si fueran esclavos y allí trabajaban de día y de noche”.

O los “yanaconas que los arreaban los hacendados peores que a esclavos, haciéndoles trabajar desde los gallos hasta las ocho...como así a las pobres mujeres e hijos...”. Un centurión romano –y pagano– no habría derramado lágrima alguna.

Antes de la Revolución francesa y el marxismo, Poma Katari remataba el padecimiento con la redención, no en el paraíso, sino en este mundo: “en adelante no conocerán semejantes hacendados ni se dará nombre de yanacona, sino vivirán en una quietud, paz y concordia”.

Pues bien, esos son algunos trazos del alma política del pueblo boliviano. Por eso pululan en toda crisis social; la de estas semanas o cualquiera previa. Aunque se van desgastando, cambiarlos requiere aún de varias generaciones o de una conmoción profunda, de efectos duraderos. No veo a nadie que se anime a provocarla.

 

El autor es abogado

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