EE. UU: La idea es sacar a China de la foto

Columna
BITÁCORA DEL BÚHO
Publicado el 22/01/2026

Durante gran parte del siglo XX, Estados Unidos consideró a América Latina como un espacio de influencia casi exclusiva. La Doctrina Monroe, las intervenciones militares, los acuerdos comerciales y la presión diplomática consolidaron una relación asimétrica en la que Washington actuaba como actor dominante. Sin embargo, el siglo XXI introdujo un cambio profundo en este esquema: la llegada de China como socio económico, financiero y político de numerosos países latinoamericanos.

Frente a este escenario, la política estadounidense ha comenzado a orientarse hacia un objetivo claro: limitar, desplazar o directamente excluir a China de los espacios de decisión estratégica en la región.

En el escenario geopolítico contemporáneo, América Latina ocupa una posición intermedia entre dos grandes potencias: Estados Unidos y China. Ambas compiten por influencia económica, política y estratégica en la región, disputando mercados, recursos naturales y alianzas diplomáticas. Sin embargo, el verdadero desafío no reside únicamente en esta rivalidad, sino en la capacidad de América Latina para dejar de ser un objeto de disputa y convertirse en un sujeto activo capaz de negociar de igual a igual con ambos actores.

La expansión china en América Latina no es un fenómeno menor ni circunstancial. China se ha convertido en uno de los principales socios comerciales de varios países de la región, especialmente en sectores como la soya, el litio, el cobre, el petróleo y otros recursos estratégicos. Además, su capacidad de otorgar financiamiento sin las condicionalidades políticas tradicionales del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial ha resultado particularmente atractiva para gobiernos con limitaciones fiscales o conflictos con los organismos financieros occidentales. Frente a esta realidad, resulta evidente que estos no son cuentos chinos, sino transformaciones estructurales en la economía política latinoamericana. ¿Ejemplos? Claro: Bolivia, Chile, Brasil, Ecuador, Argentina, Venezuela, Perú, El Salvador y otros. Es decir, existe una rueda de negocios macroeconómica constante y sonante que está incomodando las políticas expansionistas de Trump. “Business is business, and that's your big problem, Mr. Orange”.

China viene expandiéndose por Latinoamérica desde hace muchos años, en esos en los que Estados Unidos miraba para el lado contrario y subestimaba el comercio con América Latina.    

Desde una perspectiva crítica, la reacción de Estados Unidos revela una contradicción central. Durante décadas, Washington promovió políticas neoliberales que redujeron el rol del Estado, debilitaron la industria local y profundizaron la dependencia de las exportaciones primarias. Cuando China aparece ofreciendo comercio, inversión e infraestructura —aunque no exentas de problemas— Estados Unidos denuncia los riesgos de dependencia y pérdida de soberanía. Este discurso resulta poco creíble para muchos países latinoamericanos que han sufrido históricamente las consecuencias de la subordinación a los intereses estadounidenses.

La estrategia estadounidense para “sacar a China de la mesa” se manifiesta en diversos planos. En el ámbito diplomático, se intensifican las advertencias sobre el supuesto carácter “depredador” del modelo chino. En el plano tecnológico, Estados Unidos ha presionado activamente para excluir a empresas chinas de redes 5G, puertos y sistemas energéticos, argumentando razones de seguridad nacional. En el plano político, se refuerza la idea de que China representa una amenaza a la democracia y a los valores occidentales, una narrativa que busca legitimar su exclusión de la región.

No obstante, este enfoque ignora deliberadamente las responsabilidades históricas de Estados Unidos en América Latina. Golpes de Estado apoyados directa o indirectamente por Washington, imposición de sanciones económicas, respaldo a regímenes autoritarios y políticas comerciales desiguales han dejado una profunda huella de desconfianza, ahora resucitadas por el discurso brutalmente beligerante de Trump.

En este contexto, la presentación de Estados Unidos como defensor de la democracia y el desarrollo aparece, para muchos sectores, como un ejercicio de hipocresía política. De nuevo, estos no son cuentos chinos, sino hechos documentados que explican por qué la región busca alternativas.

Tal parece que la única que la tenía clara la figura, era la general Laura Richardson, jefa del Comando Sur de Estados Unidos desde el 29 de octubre de 2021 hasta el 7 de noviembre de 2024 que, en reiteradas oportunidades, advirtió que “China continuaba expandiendo su influencia económica, diplomática, tecnológica, informativa y militar en América Latina y el Caribe".

“China ha ampliado su capacidad para extraer recursos, establecer puertos, manipular a los gobiernos a través de prácticas de inversión depredadoras”, dijo. Después, hubo “un silencio bastante parecido a la estupidez” en Latinoamérica, incluyendo a Estados Unidos.

Sin embargo, la presencia de China en Latinoamérica no está exenta de críticas. China persigue sus propios intereses, reproduce patrones extractivistas y, en muchos casos, no contribuye a la industrialización ni al desarrollo tecnológico local. Sin embargo, la diferencia fundamental radica en que China no exige alineamientos ideológicos explícitos ni intervenciones políticas directas. Para muchos gobiernos latinoamericanos, esta neutralidad aparente representa un margen de maniobra que Estados Unidos históricamente no ha tolerado.

El verdadero problema para Washington no es China en sí misma, sino la pérdida del monopolio de influencia, sobre todas las cosas, económica. América Latina ya no depende de un solo actor y, por primera vez en décadas, puede negociar con más de una potencia global. La competencia entre Estados Unidos y China revela que la región dejó de ser un espacio periférico y pasivo para convertirse en un terreno estratégico dentro de la disputa por el orden mundial. En este sentido, el intento de sacar a China de la mesa económica latinoamericana no solo es poco realista, sino también contraproducente, ya que refuerza la percepción de que Estados Unidos no acepta un mundo multipolar y multieconómico.

Para males de Trump, la Comunidad Europea también ha decidido mirar de frente a Latinoamérica. El Mercosur, con sus claroscuros, pretende convertirse en una panacea económica y de intercambio comercial agrícola para los europeos, frente a la gran dependencia de Estados Unidos. Europa ya no desea ser un monigote, Trump, insiste en impulsar su autoritarismo ventrílocuo.

La idea de que Estados Unidos busca excluir a China de América Latina debe entenderse como parte de una lucha más amplia por el poder global. Sin embargo, América Latina no es un tablero ajeno ni una ficha intercambiable. La región tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de definir sus propias estrategias de desarrollo, evitando nuevas formas de dependencia, ya sea con Estados Unidos o con China. Reconocer esta complejidad implica aceptar que estos no son cuentos chinos, sino decisiones políticas reales que marcarán el futuro de la región en el siglo XXI.

En el contexto actual de rivalidad global entre China y Estados Unidos, América Latina se encuentra una vez más en una posición incómoda: ser el terreno de disputa entre potencias externas. Ambas ofrecen inversiones, comercio y cooperación, pero ninguna lo hace de manera desinteresada. Frente a este escenario, el verdadero desafío para la región no es elegir entre uno u otro, sino construir una estrategia propia que le permita defender sus intereses y definir su propio camino de desarrollo.

Durante décadas, América Latina dependió política y económicamente de Estados Unidos, lo que derivó en relaciones asimétricas, ciclos de endeudamiento y una inserción internacional basada en la exportación de materias primas. En los últimos años, China emergió como una alternativa que amplió el margen de maniobra regional, pero no modificó de fondo esa lógica. Cambió el socio, pero no el modelo. La región continúa vendiendo recursos naturales e importando productos con alto valor agregado, reproduciendo una dependencia estructural.

Reitero, el dilema no es China o Estados Unidos. El dilema es dependencia o autonomía. América Latina necesita dejar de reaccionar a las estrategias de las grandes potencias y comenzar a diseñar la suya. Solo así podrá transformar su posición en el sistema internacional y dejar de ser un espacio de disputa para convertirse en un actor con voz propia en el escenario global.

¿Paradoja de paradojas? Ahí va: "No importa el color del gato, con tal que cace ratones". Esta frase pertenece a Deng Xiaoping, líder chino y uno de los principales artífices de la apertura económica de China en el siglo XX al mundo.

Traducido en cristiano: No importa la ideología; comunista o capitalista, lo importante es que los gobiernos y sus políticas funcionen y saquen al país de la miseria. ¿Cómo se llama esta película? Pragmatismo puro y duro, frente al anquilosamiento y al dogmatismo político.

El autor es comunicador social

 

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