El Gringo Favre en la música boliviana
Miguel Ulises Jiménez (*)
Durante mis años de estudiante en París, leí un artículo que titulaba algo así como “La música andina, antes y después del Condorpasa”. No recuerdo el nombre del autor del citado artículo, pero ya en ese tiempo pensé que en algún momento yo debería escribir un artículo titulado “La música folklórica boliviana, antes y después del Gringo Favre”, pues sigo convencido de que este formidable músico bohemio suizo, él solito, cambió la historia de la música boliviana.
Traducción: Altiplano, Norte-Potosí, charangos, quenas, zampoñas, Los Payas, Los Kory Huayras, Los Kjarkas, Kalamarka, Mercedes Sosa, Yma Sumac, Atahuallpa Yupanqui.
Todos estos artistas, instrumentos, y lugares les son probablemente familiares, pero, ¿Se acuerdan de Gilbert Favre? ¿El mítico gringo que tocaba tan divinamente la quena con el grupo Los Jairas? ¡Qué personaje era este gringo!
En pocas palabras se puede afirmar que este singular quenista suizo, sin pensarlo, modificó el curso de la música andina en Bolivia.
E aquí la historia de Gilbert Favre, un suizo con un trayecto atípico y pasablemente agitado. A comienzos de los años 60 y luego de haber vivido de diversos pequeños trabajos, este joven ginebrés, clarinetista y entusiasta de la música Jazz, se encuentra un buen día en el desierto de Atacama, en Chile, como acompañante de un arqueólogo. Sus objetivos: abandonar una vida banal, partir a la aventura con mayúsculas y descubrir por fin algo nuevo.
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Camino a Bolivia
Sus disposiciones para la arqueología resultan siendo bastante limitadas y no tarda en aburrirse, tanto del arqueólogo como de sus innumerables piedras y guijarros y decide dejar todo eso para dirigirse hacia el Oeste, en dirección del océano Pacífico, muy a pesar de tener que hacerlo a pie y enfrentarse completamente solo con el terrible desierto de Atacama.
Al cabo de tres largos días y tres largas noches, habiendo sentido la muerte de cerca, hambriento y agotado, llega a la ciudad de Santiago de Chile y pocos días más tarde, cruza el camino de la gran folklorista chilena Violeta Parra. Este encuentro cambiará el rumbo de sus vidas, ya que entre ambos nace un amor apasionado y devastador. De esta llama ardiente, forzosamente fuente de inspiración, surgirán las melodías y los textos más hermosos, que aseguraran la notoriedad y perennidad de ambos artistas. Especialmente la bellísima canción “Gracias a la vida” de Violeta Parra, que se convirtió en un éxito mundial, gracias a la interpretación de la cantante norteamericana Joan Baez.
Durante el tiempo que estuvieron juntos, Violeta inicia y anima a Gilbert a tocar la quena. A medida que éste último hace progresos en su ejecución, aumenta también su amor por el instrumento, cuya sonoridad evoca a ella sola, toda la vida andina. La joven Violeta, locamente enamorada, le impone entonces una manera particular de tocar (¿tal vez con el propósito que Gilbert no pueda seducir a ninguna otra doncella…?) Gilbert contaba: “Ella me hacía tocar con los ojos cerrados”.
Pero al cabo de cuatro años de vida común, su tumultuosa relación se hace cada vez más insoportable y Gilbert, que Violeta apoda afectuosamente ‘’Run-run’’, decide partir hacia el norte, hacia Bolivia. Fruto de ese adiós es también la conocidísima canción en ritmo de Rin: ‘’Run-run’’ de Violeta Parra.
Luego de innumerables peripecias, dignas de los más avezados aventureros, el joven suizo es grandemente impresionado por la autenticidad del nuevo país, por la acogida de sus gentes y por su música extraordinaria. Cabe notar que en ese entonces, en Bolivia, la música de los campesinos era despreciada por la clase media. Existiendo así, un verdadero vacío de expresión folklórica autóctona.
Pero poco importa, Gilbert tiene la descabellada idea de abrir una ‘’Peña’’ (o bar musical), donde pueda escucharse justamente ese tipo de música... Su obstinación le permite encontrar la energía y la ayuda necesarias para financiar y realizar el proyecto y la magia opera.
Los intrigados habitantes de La Paz, quieren descubrir al singular gringo que toca tan divinamente la quena. El éxito es rotundo y este hecho contribuirá significativamente para que la música popular boliviana recobre sus letras de nobleza. Todas las clases sociales se apretujan en la Peña Nayra, para descubrir o redescubrir su música folklórica.
Los flojos
La favorable respuesta del público paceño permite también a Gilbert encontrar músicos como: Ernesto Cavour, charanguista ya bastante conocido en ese entonces en el continente sudamericano; Yayo Joffre, cantante y compositor; y Julio Godoy, guitarrista. Estos cuatro músicos fundan el emblemático grupo Los Jayras, cuya traducción literal significa “Los flojos” y relanzan la música tradicional boliviana, la cual desaparecía en provecho de otras músicas extranjeras.
La canción “El llanto de mi madre”, verdadera oda a la madre, les permite ganar el primer premio en un Festival Nacional realizado en Cochabamba, éste es su primer éxito fulgurante y gracias a esta canción se hacen rápidamente conocer en toda la América Latina.
A partir de ese momento el grupo Los Jairas va a revolucionar la música tradicional y sobre todo, la apreciación de ésta por todos los estratos de la sociedad boliviana, quienes comienzan a reconocerse en ese medio de expresión, pues, esta música se convierte en “su música” y, así, es asociada a cada instante de la vida cotidiana. Todo evento, sea éste alegre o triste, posee su propia melodía, impregnada de fiesta, alegría, de lucha, de humor o de amor, según las circunstancias.
Domínguez, Cavour y Favre
El último encuentro significativo que Gilbert Favre tuvo en Bolivia fue con el guitarrista y talentoso artista autodidacta Alfredo Domínguez, músico de desbordante creatividad, enriquecedor del acervo musical boliviano con numerosas melodías y músicas para cine.
Uno de los acontecimientos más importantes en el campo de la música en esos tiempos, fue justamente la reunión de Domínguez, Cavour y Favre. De estos tres músicos excepcionales, nacerá el nuevo aliento de la música boliviana, posteriormente bautizado como neo-folklore.
“El Gringo Bandolero”
He querido relatarles este episodio de la historia de la música universal, ya que es ignorada por muchos de nosotros y porque sólo algunos especialistas europeos conocen la importancia de este singular ciudadano suizo.
En Bolivia, cuando se evoca el nombre de “El Gringo Bandolero”, los ojos brillan y los rostros se iluminan. Los bolivianos recuerdan a Gilbert como a un hombre de corazón amplio y gran sonrisa comunicativa. Su sed de libertad, su alegría de vivir y su amor por la música andina, tejieron el lazo musical entre nuestros dos continentes.
Gilbert Favre falleció en diciembre de 1998.
“Uno de los acontecimientos más importantes en el campo de la música en esos tiempos, fue justamente la reunión de Domínguez, Cavour y Favre. De estos tres músicos excepcionales, nacerá el nuevo aliento de la música boliviana, posteriormente bautizado como neo-folklore.”
(*) El autor es músico y compositor.





















